No es solución, pero...

La destitución de Dilma Rousseff no soluciona ni aclara la turbiedad del sistema político de Brasil

La destitución de Dilma Rousseff no soluciona ni aclara la turbiedad del sistema político de Brasil. Pero al menos abre el camino para comenzar a salir de una crítica recesión profunda que el año pasado produjo una caída de casi 4% del Producto Interno Bruto. El presidente Michel Temer, que ahora completará el período de Rousseff hasta 2019, ya ha anunciado un ajuste fiscal tan severo como ineludible para restablecer algo de confianza en la mayor economía de la región. Incluirá, entre otras medidas, una reducción aguda del gasto público en programas sociales, en el generoso sistema de pasividades y en otros rubros de erogaciones, como señal a los sectores productivos y a los inversores externos de que se ha tomado un camino impopular pero idóneo para recomponer las averiadas finanzas públicas.

Pero aunque las señales sean aceptadas, persiste un panorama político ensombrecido por una maraña de corrupción de la cual pocos dirigentes escapan. La víctima principal del descrédito ha sido obviamente el Partido de los Trabajadores (PT), hundido por haber dirigido, desde el gobierno que ejerció en los últimos 13 años, una red de amiguismo, gigantescas coimas y otras irregularidades que permearon toda la estructura partidaria. No solo ha caído la presidenta. Muchos de quienes fueron sus ministros están en la cárcel y hasta Luiz Inácio Lula da Silva está enjuiciado. El dos veces presidente, y hasta hace poco el líder más popular de Brasil, enfrenta en la Justicia cargos de haber obstruido la investigación de los fraudes que le costaron US$ 2.000 millones a Petrobras.

El juicio político a Rousseff acaba de culminar después de su vano y penoso ruego final, en una carta abierta al pueblo y al Senado, para que “no condenen a un inocente”. La destituida presidenta, una economista y exguerrillera de 68 años, no enfrenta cargos por la corrupción estatal pero se la acusa de manipular las cuentas públicas y de autorizaciones irregulares de gastos para financiar la campaña que la llevó a su reelección en 2014. Su caída marca el ocaso de este ciclo de izquierda, con el PT desmembrado, débil y desprestigiado, sin ver que rumbo tomar ante la debacle. Una aparente posibilidad de resurgimiento de la izquierda en el mediano plazo descansa en que los pedazos sean recogidos por Marina Silva, escindida años atrás del PT y que mantiene alta popularidad, siendo uno de los pocos dirigentes políticos de primera fila que no han sido manchados por denuncias de corrupción.

No es el caso de Temer ni de otras muchas figuras de su equipo. Pero el nuevo presidente y la dirigencia de los partidos de centro y de derecha, tradicionalmente alineados con los grandes sectores empresariales y financieros, son la única esperanza que tiene hoy Brasil para empezar a salir de la recesión y recuperar su perdido lugar entre las potencias del mundo emergente. Los ayudarán dos factores. Uno es que el escándalo de Petrobras y de otras instancias de corrupción parecen haberse atenuado en la atención pública, relegados en parte por la euforia de los recientes Juegos Olímpicos. El otro, de trascendencia más duradera, es que quienes han asumido la conducción del país y sus colaboradores, todas las áreas de gobierno hayan aprendido la lección y actúen en esta nueva etapa brasileña con la rectitud y la transparencia que durante tantos años le han faltado a la mayor parte de la estructura partidaria del país.


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