No me digan Doctor

Lo esperamos del vicepresidente es que nos diga la verdad de su vida académica, de la cual nadie le pidió cuentas

“No me digan doctor, llámenme “señor”, me dijo un día una amigo abogado. Y para justificar su pedido me explicó: cualquiera, con un poco de esfuerzo, puede llegar a ser doctor (o contador o profesor) pero es mucho más difícil ser señor, a secas y a toda honra. Escasean los señores tanto como abundamos los doctores, contadores, profesores o licenciados. A quién no le gusta que lo anuncian “llegó el Doctor fulano”, “pase Contador”; les va a hablar “el Licenciado o el Profesor mengano”. Parece como que el título académico tiene un sabor especial.

El título académico nos dice acerca de lo que ha estudiado una persona y en general nos habla de su capacidad en un campo determinado de conocimiento. Guay de alguien que se ponga en manos de un médico que ha fraguado su título. Corre riesgo su vida. Si se pone en manos de un contador o un abogado que han fraguado sus respectivos estudios, pueden correr riesgos sus bienes o incluso su libertad. Por eso en algunas especialidades es necesaria la habilitación estatal para el ejercicio de la profesión. Al menos se acredita, si no la idoneidad total, el hecho de cubrió un curriculum de materias y que las aprobó. Lo que haya hecho después, si actualizó sus conocimientos, o si se dedicó a otros menesteres es algo que solo la experiencia podrá probar.

Pero más allá de ello, lo importante de los títulos académicos (y recomiendo el artículo de Juan Dubra publicado ayer sábado en El Observador), es que reflejen la verdad de lo ocurrido y nos den “señales” del carácter de esa persona. No es necesario ser doctor o licenciado para ser ministro o presidente de la República. Para mi amigo, y para mí, basta ser “señor”, en pleno sentido de la palabra. Ser una persona honesta, respetable y confiable. En el mundo anglosajón, nadie anda anteponiendo sus títulos académicos a su apellido y lo llaman simplemente “Mr” o “Ms”. Y a nadie le interesa si es abogado, contador o ingeniero o si hizo un “Master of arts”. Incluso los que hicieron un doctorado, con tesis incluida (PhD), lo ponen al final de su apellido. Y el médico, en su tarjeta de visita, solo al final de su apellido pone M.D (Medical Doctor).

Por otra parte, personas como Bill Gates y Steve Jobs no terminaron sus estudios universitarios pero fueron empresarios sumamente exitosos. Wilson Ferreira quedó a una materia de recibirse de abogado y eso no le añadió ni quitó nada a su brillante carrera política. Leonel Viera no era ingeniero recibido pero hizo grandes obras de ingeniería como el puente ondulado de La Barra. No es el título lo que debe llamar la atención sino la capacidad y la honorabilidad moral de la persona.

Pero en estas tierras nos fijamos demasiado en los títulos y quizá en esa trampa cayó Raúl Sendic y se vio necesitado de informar a la población que tenía una Licenciatura en Genética Humana, cuando no era así, cuando solo había cursado algunas materias. Nadie le pidió una “Licenciatura” para su carrera política como Presidente de ANCAP, como Ministro de Industria o como Vicepresidente de la República. No la necesitaba en absoluto. Lo que los uruguayos le pedíamos a él y a cualquier otro candidato, era, ante todo, ser una persona honesta, respetable y confiable. Y si además es inteligente y está preparado y tiene experiencia para ejercer determinado cargo, mejor aún. Pero no necesita ser licenciado. José Mujica no tiene título académico y fue ministro de Agricultura y luego Presidente de la República. Para algunos, lo habrá hecho bien y para otros mal. Pero sin necesidad de esgrimir título alguno.

A Raúl Sendic no lo perjudica en modo alguno no ser Licenciado en Genética. Lo perjudica haber echado a correr esa versión y no haber desmentido a tiempo.

En estos tiempos que corren, es mucho más importante lo que uno es que lo que uno estudió. No sé qué estudió Donald Trump, pero aunque tuviera un doctorado por Harvard o Stamford no lo votaría ni atado. Me basta escuchar los disparates y los exabruptos que dice para darme cuenta que no alcanza a cubrir el mínimo de decencia que se requiere para ser un buen padre de familia y menos presidente de un país.

Lo que los uruguayos esperamos del vicepresidente es que nos diga la verdad de su vida académica, de la cual nadie le pidió cuentas porque fue él quien la sacó a la luz. Y lo que esperamos de su partido es que asuman los hechos y dejen de culpar a la prensa. Como dijo en su cuenta de Twitter, Alfredo García, director del semanario Voces, “Me saturó el verso de que los medios son los responsables del ataque al FA. Como decía la abuela vasca de Seregni “los hechos son porfiados”.


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