"No me quedan las letras en la cabeza"

María y el eterno problema de que pocos tengan mucho, y muchos casi nada

María no sabe leer ni escribir. "No me quedan las letras en la cabeza, no me quedan", me contó hace unos días, con una sonrisa algo resignada. La conocí en la planta de clasificación de basura de La Paloma en el Cerro, donde ella trabaja.

Nunca pisó una escuela y recién ahora, con 47 años de edad, toma clases con un maestro que va dos veces por semana a la planta.

Toda la vida trabajó arriba de un carro, no hubo tiempo de cuadernos, libros ni tizas. Uno de sus grandes dramas es la falta de privacidad, aunque al lado de otros problemas pueda parecer una tontería. Cada vez que le llega un mensaje al celular tiene que pedir ayuda para que alguien se lo lea. Lo mismo ocurría cuando su hijo traía el carnet de la escuela.

Pienso en María y su rostro es uno más de esos que muestran lo injusto que puede ser vivir acá en el sur: la enorme brecha que separa a ricos y pobres, las desigualdades y la fragmentación social.

Es verdad que ese es un fenómeno que está muy lejos de ser uruguayo. América Latina es el continente más desigual y en todo el mundo las diferencias entre ricos y pobres llegaron a un nivel récord, según un informe que la OCDE publicó en 2015.

Hace cuatro años, investigué los índices de repetición en las escuelas públicas de Montevideo –un dato que hasta entonces las autoridades educativas se negaban a informar públicamente- y encontré que hay escuelas montevideanas con indicadores similares a Europa y otras con tasas de repetición superiores a los promedios del África Subsahariana.

Es triste y muy desalentador que tu futuro dependa de haber nacido en una familia que te puede brindar todas las comodidades o en una que no puede asegurar siquiera que esta noche duermas abrigado y con la panza llena.

Porque, mientras unos pocos tengan mucho y muchos tengan casi nada, será difícil que María y tantos otros salgan adelante.


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