No trivializar el perdón

Quizá el gesto más grande que puede tener un ser humano es perdonar

Juan José García, especial para El Observador

Quizá el gesto más grande que puede tener un ser humano es perdonar. También en esto el paradigma para los cristianos es Jesús, quien cuando lo estaban crucificando decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Pero sin tener esa fe hay personas magnánimas, ajenas a cualquier mezquindad, que saben perdonar,probablemente porque tienen la lucidez de atisbar en el fondo de la conciencia de quienes las han dañado, y advertir el desconocimiento del mal que han hecho. Para bien de todos, esos ejemplos abundan, y no solo entre personajes históricos: son muchos los que han tenido la grandeza de perdonar en vez de quedarse encerrados en el resentimiento y el rencor.

Pero como todo lo humano, también el perdón puede ser trivializado. Así como de lo sublime a lo ridículo hay solo un paso, algo similar ocurre a la hora de pedir perdón y de perdonar.

Es constante entre los seres humanos la tentación de desertar de la responsabilidad por los propios actos y de la obligación de rectificar. Por eso no es raro encontrar gente inmadura, aunque tengan cargos importantes de gobierno, que pretende solucionar sus injusticias pidiendo perdón a la ligera. Lo de menos es la falta de sinceridad con que puedan hacerlo, algo que queda en el recinto de su propia conciencia.Lo grave es que además casi exigen ser perdonadas. Y hasta acusan de resentimiento y poca generosidad a aquellos que se resisten a perdonarlos, desconociendo que quienes han sufrido ese daño consideran que perdonar públicamente sería un modo de legitimar la irresponsabilidad con la que se han tomado algunas decisiones, o la inconsciencia con la que se han realizado determinados actos.

Errar es humano: todos podemos equivocarnos. Pero hay modos y modos de hacerlo. No es lo mismo un error involuntario, que diligentemente ha tratado de evitarse tomando los recaudos previsibles, que decidir con ligereza sin prever las consecuencias de esas decisiones, sobre todo cuando afectan a personas. Cuando hay que decidir nadie pueda tener el control total de las consecuencias, y precisamente por esto hay que extremar las cautelas para que esa decisión no sea una arbitrariedad. Lo sería si solo se considerara un aspecto de la decisión, sin tomar en cuenta el resto.

En esos casos, cuando hay negligencia manifiesta y uno es el afectado, otorgar el perdón sería convalidar esa ligereza, esa falta de seriedad. Sobre todo cuando no se percibe un verdadero arrepentimiento que, al margen de lo que ocurre en la conciencia de cada uno, supone una reparación o al menos la rectificación posible a esa situación injusta que ha resultado de una decisión errónea –no digamos perversa, porque eso sería entrometerse en las intenciones de quienes la tomaron.

Pero si no hay esa franqueza de enfrentarse con las consecuencias aberrantes de lo decidido, aunque no hayan sido deseadas,si no se quiere mirar cuál ha sido el resultado de la decisión porque se cuenta con una razón para justificarla(cuando deberían haberse considerado varias, por ser lo adecuado a la hora de resolver cualquier situación humana) entonces no se diga que se está verdaderamente arrepentido. En ocasiones como esas no sería serio pedir perdón y menos aún exigirlo: olería a farsa.

Tampoco alcanza con retribuir a alguien con algo ajeno a aquello en lo que ha sido dañado. Por poner un ejemplo un tanto grotesco: si injustamente dañé a una persona en su honra, de nada vale que después le regale un auto porque sé que le gusta mucho, o lo necesita. Esto es manipulación, hasta coacción psicológica para que así el dañado se quede contento, una especie de soborno con el que se intenta adormecer la conciencia del daño recibido. En ese caso, para seguir con el ejemplo, habrá que reparar la buena fama dañada, quizá sin mala voluntad, simplemente porque se ha manejado una información incompleta o errónea, o porque se hizo un juicio precipitado. Y el modo de hacerlo será desdiciendo públicamente lo que se afirmó, ya sea de palabra o por escrito –en cada caso debería elegirse el medio por el que la rectificación tenga la mayor amplitud posible.

Sonará exagerado para nuestros oídos tan ajenos a escuchar que las cosas sean nombradas por su nombre, pero cuando no se procede de este modo –rectificando en la medida de lo posible lo dicho o actuado– y se pretende narcotizar la conciencia de los afectados con dádivas o beneficios injustificados, generalmente acompañados de discursos falaces, se está cayendo en un modo de prostitución, aunque la intención sea fomentar unas relaciones humanas amables, pues la amabilidad sin justicia es abominable.

Toda esta exigencia inflexible de reparación no es ningún impedimento para que íntimamente se disculpe a los culpables. No por una mal entendida “bondad” con la que a veces se pretende destacar la propia superioridad, sino por esa incapacidad de discernir qué pasa en el fondo de la conciencia de quienes dañan.También para no quedar secuestrados en el rencor, por lo que quizá no tenga otra explicación que la estupidez, patrimonio de la humanidad del que nadie puede considerarse ajeno.

Pero esa disculpa íntima no implica que externamente, en la conducta diaria, habitual, se pueda seguir como si nada hubiera pasado si quienes dañaron, aún habiendo pedido perdón, no demuestran una efectiva voluntad de rectificación; sería cohonestar esa irresponsabilidad. Implicaría una falta de responsabilidad, personal o corporativa, que va deteriorando las relaciones humanas y, en definitiva, la sociedad. Porque cuando en las relaciones humanas se desatiende lo que es justo,la amabilidad resulta una hipocresía indigesta y en la sociedad se genera el caldo de cultivo para cualquier tipo de violencia.

De ahí que sin una decidida voluntad de justicia,que solo se demuestra auténtica en una efectiva y adecuada reparación, pedir perdón sea trivializar el acto quizá de mayor nobleza que podemos realizar quienes por ser humanos estamos constantemente expuestos al error.


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