Nacional - SOCIEDAD
Vivir al día según un “cuidacoches modelo”
Tras una jornada de nueve a seis de la tarde, en la cuadra que le da de comer desde hace casi una década se lleva $ 500
Son las diez de la mañana en la esquina de las calles Miranda y Bahía Blanca, a pocos metros del Hospital Británico. La tranquilidad de esta zona arbolada solo parece interrumpirse por el sonido de las llantas de los autos sobre el asfalto mojado, algún que otro bocinazo y el “dale, dale, dale” de un cuidacoches bajito y grueso, que repite sus palabras como estribillos conocidos de memoria. Al otro lado de la calle, Marcelo Garate, un cuidacoches de 31 años, alto, de rasgos alargados y aspecto impecable, limpia metódico una camioneta roja y se integra en el ambiente sin estridencias. Tras una jornada de nueve a seis de la tarde, en la cuadra que le da de comer desde hace casi una década, el final del día trae un saldo positivo. Se lleva $ 500.
Marcelo es un “diez mil pesista”, uno de los más de 800 mil que sobreviven con $ 10 mil en Uruguay. Pero él no se queja, aunque reconoce que vive al día: “Me decís el lunes empezás a trabajar y me matás, porque vivís con la diaria”.
Hace tiempo que se acostumbró a que el ahorro sea imposible y a realizar una ocupación que lo sacó de apuros. “Yo empecé a cuidar coches el 14 de febrero de 2002, cuatro días antes había nacido mi primer hijo”, recuerda.
Optimismo resignado
Su trabajo no le gusta, pero igual lo defiende con dignidad. “Soy, como me dicen algunos clientes, un cuidacoches modelo”, comenta. Después de nueve años trabajando en esa calle, los vecinos y médicos del hospital le dejan sus autos para que los estacione, los lave, y de vez en cuando lo contratan para algún trabajo en sus casas. Incluso llegaron a regalarle una computadora, ropa, o a prestarle dinero. “Vos podés ir y preguntar por mí y estate seguro que no te vas a llevar una mala imagen”, dice, distanciándose de los cuidacoches “borrachos” o desaliñados.
Cincuenta pesos por limpiar cada auto; entre cinco y diez pesos por cuidarlos. No es mucho, pero se la rebusca para pagar un alquiler de $ 2.000 por mes en el barrio Peñarol y alimentar bien a su esposa y a sus cuatro hijos varones. Ayer cenó fideos con tuco y hoy su mujer va a cocinar un guiso, que le costó unos $ 425. Es cierto, no se da muchos gustos, pero sus costumbres son simples y familiares. Con los poco más de $ 400 que cobra por la asignación mensual por hijo les compra ropa a sus “gurises”. De todos modos, la situación era peor hace dos años, cuando aún compartía la cuadra que le asignó la Intendencia con otro cuidacoches, y ganaba la mitad.
“Teniendo salud, estando bien vestido, teniendo la conducta como tengo, lo material me va y me viene”, señala. Mientras conversa por la noche con El Observador en una parrillada de Garibaldi y Raña, espera al chico al que está apoyando para salir de su adicción a la pasta base, con ayuda de la Iglesia Evangélica. La misma que le da fuerzas para seguir adelante y que impulsó a su mujer a superar la depresión, después de que un curandero le hiciera un “trabajo”.
“Yo con un sueldo de $ 15.000 a $ 18.000 por mes me conformo”, comenta, aunque ese dinero extra lo ahorraría para el coche y la casa propia. Lo suyo es, en cierta forma, un optimismo resignado: “Peor de lo que estamos en este país no vamos a estar”. “El problema es que la plata está mal repartida. Vas al Palacio Legislativo y un ascensorista gana 20 palos por mes y vos estás en una empresa de limpieza en un hospital y ganás $ 6 mil por mes”.
Afuera las nubes se cargan de lluvia, y en la parrillada Marcelo sueña con ser chofer y dejar las labores duras que viene haciendo desde que de chico trabajaba en el campo, por Pajas Blancas. Atrás quedó su sueño de ser futbolista, cuando por el “orgullo de la camiseta” de Nacional rechazó jugar en la tercera de Peñarol. “Si yo tengo que morir cuidando coches para que mis hijos tengan un buen estudio, lo hago”, comenta. Sencillo y estoico, recoge el mate y se marcha.




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