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"Para ser buen empresario hay que ser buena persona"
El argentino Manuel Mas es el socio de Francis Mallmann en el restaurante Garzón de Maldonado. Los vinos de su bodega mendocina, Finca La Anita, acompañan la cocina del reconocido cocinero
Un caballo. Eso fue lo primero que vieron los argentinos Manuel Mas y Francis Mallmann al entrar al viejo y tapiado local que supo funcionar como almacén de ramos generales de Pueblo Garzón, en el departamento de Maldonado, muy cerca del límite con Rocha. Un año después, en el verano del 2005, el almacén se convertiría en el Hotel y Restaurant Garzón.
“Estaba abandonado y había un criollo que tenía una pieza al fondo y lo que era el comedor lo tenía como un box para el caballo”, contó Mas, socio del mediático chef Francis Mallmann en el emprendimiento, y dueño de la bodega mendocina Finca La Anita, proveedora de los vinos que se consumen en el lugar.
Un verano, Mas estaba almorzando en Los Negros, el restaurante que Mallmann tenía en José Ignacio. Su amigo y futuro socio se le acercó y le comentó que tenía ganas de mostrarle algo. “Agarramos el auto y vinimos por un camino de tierra que no terminaba más y llegamos acá, a este pueblo en el que no había nada. Era un pueblo que, sin querer ser ofensivo, se estaba extinguiendo”, recordó Mas.
La idea de Mallmann era instalar un hotel y restaurante para las personas que no estaban interesadas en pasar todo el día en la playa y sí en un lugar con más tranquilidad. “Francis me dijo que podríamos hacer una especie de ‘joint-venture’, comprar la esquina –él se ocuparía de los aspectos gastronómicos– y hacíamos un negocio juntos. Conociéndolo a Francis, me pareció una apuesta divertida”, explicó el empresario argentino.
Un año después, Garzón abría sus puertas, con la comida de Mallman y los vinos de Finca La Anita. Para Mas, los primeros dos años “fueron un poco duros”. Invitaba a amigos que estaban de vacaciones en Punta del Este y los llevaba a comer alguna noche. “Les encantaba y después no volvían más, porque tenían muchas otras opciones más cerca”, explicó.
Pero de a poco “empezó a caer gente”. Uno de los primeros fue un inglés, coleccionista de arte, que pasó una semana en el hotel y decidió construirse una casa en el pueblo. A él le siguieron otros extranjeros que veían en el pueblo un lugar como salido de otra época. “Comparado con Europa, esto es las antípodas. Es un lugar no contaminado, donde todavía hay sapos, luciérnagas, todas esas cosas que allá ya se han perdido”, apuntó Mas.
Cree que en algunos años Pueblo Garzón se va a convertir en un “pueblo del interior, algo que en Europa hay mucho. En el sur de Francia está la opción de la Costa Azul y lo que ellos llaman ‘el país de adentro’, para gente que no quiere estar en una playa en la resolana todo el día”, dijo.
El empresario no teme que el pueblo se convierta en un destino que atraiga muchos visitantes. “Los que se han hecho casas son gente sin hijos. El típico matrimonio con niños, bicicleta y tabla de surf acá no tiene nada que hacer”.
Una bodega que busca calidad
Mas, nacido en la provincia de Mendoza, tiene 67 años y es ingeniero químico. Proviene de una familia de médicos que nunca tuvo nada que ver con la vitivinicultura.
La mayor parte de su vida se dedicó a su profesión, “trabajando como una mula”, hasta que en 1992 compró una finca antigua en la región de Luján de Cuyo que al poco tiempo ya estaba produciendo vino y a la que bautizó con el nombre de su madre a modo de homenaje.
“A partir de mi visión empresarial, más el origen mendocino, armé Finca La Anita, que fue y sigue siendo una bodega chica superexitosa”, sostuvo.
Mas confiesa que el éxito en los comienzos fue “explosivo”. “En muy poco tiempo los vinos pasaron a tener mucho éxito. Me ocupé de que la cosa fuera muy profesional”. Por la época en la que inició su negocio, “ni en Uruguay ni en Argentina se había desarrollado aún el mercado de los vinos. En Uruguay el vino era para clericó”, recuerda.
La propuesta de Finca La Anita apuntaba a la producción de vinos de alta calidad. “En Argentina los vinos se instalaron rápidamente en los mejores sitios de comidas, restaurantes y vinotecas. A partir de ahí me empezaron a caer pedidos para exportar”. Actualmente, la mitad de la producción de la bodega se queda en el mercado argentino y la otra mitad se exporta.
De acuerdo a su dueño, los vinos de Finca La Anita son los que se exportan a precios más elevados. Mientras que la mayoría de las bodegas argentinas venden al exterior a US$ 3 la botella, algunos de sus vinos se exportan a US$ 40.
En el exterior, los vinos se colocan básicamente en Estados Unidos y Brasil. “Ahora hemos tenido la sorpresa de que se han interesado unos importadores chinos”. En diciembre de 2011, sus botellas arribaron al mercado de ese país asiático.
La crisis económica desatada en 2008 no afectó las ventas al exterior de Finca La Anita, indicó su dueño. “La gente que consume nuestros vinos no está sufriendo la crisis. Estoy en un sector donde, afortunadamente, no ha pegado fuerte”.
Mas opinó que es posible conjugar éxito económico con calidad del producto. Y esto se empieza a lograr haciendo vinos de muy buena calidad. También, manteniendo la imagen de la marca. Un buen comportamiento comercial y un trato no “leonino” con los clientes son otros dos factores para alcanzar el éxito.
“Creo que para ser un buen empresario necesitás ser una buena persona”, resumió. “Podés ganar plata explotando a la gente, no pagando los sueldos, haciendo tramoyas comerciales, cambiándote de un banco a otro, pero a mí eso no me da placer, todo lo contrario”, agregó.
Finca La Anita produce 120 mil botellas al año. Una cifra reducida si se la compara con lo que sale de las grandes bodegas argentinas: entre 2,5 millones y 3 millones de botellas. El empresario nunca quiso generar grandes volúmenes, sino que apostó por una producción reducida haciendo hincapié en la calidad.
“Muchas veces me han preguntado por qué no produzco más si vendo todo. Porque no, porque no quiero, porque quiero hacer cosas pequeñas de calidad controlable. Para mí esto es un placer y no un emprendimiento empresarial de esos que terminás con estrés”.
Es que su actividad en la bodega es “como bajar los decibeles y vivir de un proyecto divertido y saludable”.
Cuando le preguntan a Mas qué le hubiera gustado ser, contesta “heredero”. Sin embargo, todo lo que tiene lo consiguió fruto de su trabajo. “Entonces ya ahora quiero heredarme a mí mismo, autoheredarme”, bromeó el empresario.




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