Mundo - ANÁLISIS
Brasil mantiene política exterior
A pesar de algunas diferencias en el estilo y en la forma, la presidente Dilma Rousseff no cambió el rumbo fijado por Lula en política exterior
La última semana varios observadores de la política internacional vieron en la primera visita oficial de la presidente de Brasil, Dilma Rousseff, a Cuba la posibilidad de un cambio en la política exterior de su país. Había esperanza de que marcara un compromiso con los derechos humanos en la isla y de que se reuniera –aunque más no fuera en un foro informal– con los líderes de la disidencia cubana. El hecho de que días antes su gobierno había otorgado un visado a la bloguera Yoani Sánchez, símbolo mediático de la disidencia, abonaba esas expectativas.
Pero Rousseff dejó muy claro allí, como ya lo ha hecho en otros aspectos de la política exterior de su país, que en lo sustantivo las relaciones de Brasil con el mundo no han cambiado desde que Luiz Inácio Lula da Silva dejara el poder hace un año. A pesar de las diferencias de estilo con Lula y ciertas convicciones de Rousseff como mujer con relación a los derechos humanos, quienes esperaban un fuerte golpe de timón en la diplomacia brasileña se han decepcionado.
En Cuba, Dilma no se apartó un ápice de su agenda comercial, destinada a oficializar la concreción de multimillonarias inversiones brasileñas en la isla y a consolidar el proyecto de largo plazo concebido por Lula: el de apuntalar a Cuba como cabeza de playa para una mayor influencia en Centroamérica y el Caribe, y en el futuro como puente para el ingreso de sus productos al mercado de Estados Unidos. La mandataria brasileña no se reunió ni con la disidencia cubana ni con Yoani Sánchez, y el único encuentro de contenido, si se quiere, político que sostuvo fue precisamente con Fidel Castro, lo primero que hizo tras aterrizar en la isla.
Y es que el liderazgo de Brasil en la región, que capitaliza sobre el vacío dejado por Estados Unidos y la incapacidad del gobierno de Obama para descifrar a América Latina, se basa precisamente en eso: por un lado, afianzar lazos con los gobiernos de la región, aunque ello signifique a veces tener que mostrarse condescendiente con la retórica del presidente venezolano Hugo Chávez y otros líderes del bloque del ALBA; y por el otro, una extraordinaria expansión económica basada en el apalancamiento de múltiples proyectos e inversiones brasileñas en varios países de la región a través de créditos estatales, con un fuerte énfasis en la explotación de recursos minerales. Una copia casi al calco del modelo chino de expansión económica.
Es por ello que a veces su política exterior es vista como errática o ambivalente por algunos analistas. Pero allí están los resultados. Le ha venido ganando terreno a Estados Unidos en la región en forma vertiginosa, y el plan de Itamaraty siempre ha sido hacerlo con cuidado de que Brasil no vaya a ser tachado de “imperialista”, algo que tanto le ha costado a Estados Unidos. Por eso apoya decididamente a los gobiernos de izquierda en la región; más allá de una afinidad ideológica, que por lo menos en el caso de los países del ALBA no resulta tan cercana, hay una intención de liderazgo regional que a Brasil le ha servido para constituirse en el mandón de la región. Por eso apuntaló con tanto esmero la candidatura de Ollanta Humala en Perú, diseñó un foro a su medida e intereses como el de la Unasur y marca la agenda de la región de una manera más horizontal de como en el pasado lo hacía Estados Unidos.
Claro que el estilo de Dilma es más sobrio que el estrellato internacional que Lula generaba a su alrededor, quien era capaz de abrazarse con Ahmadineyad y que al mismo tiempo Obama lo llamara “my man” y dijera que era el político más popular del mundo. La impronta de Dilma tiene menos tintes del astro del fútbol que parecía Lula y más de ejecutiva, con una gestión extremadamente disciplinada –marcada por el pedido de renuncia a siete ministros sobre los que recaían denuncias de corrupción– y cada paso cuidadosamente sopesado; pero los resultados son los mismos.
Quizá en lo que más se haya distanciado de las políticas de Lula haya sido en su relacionamiento con Irán, cuyo régimen Lula apoyaba y hasta pretendió convertirse en su mediador con Estados Unidos y Europa. Dilma, en cambio, desde antes de asumir, dejó claro, en declaraciones al diario estadounidense The Washington Post, que, como mujer, ella no podía apoyar a un régimen que cercenaba de esa manera las libertades de sus congéneres iraníes. Y una vez en el gobierno, Brasil por primera vez votó en las Naciones Unidas en Ginebra a favor de la creación de una relatoría especial para investigar los derechos humanos en Irán.
Sus declaraciones y ese voto tan significativo en Ginebra alentaron aún más las expectativas de los analistas internacionales en el sentido de que efectivamente habría un cambio de rumbo en la política exterior de Brasil con respecto a los derechos humanos.
Sin embargo, a mediados de enero, Brasil se volvió a abstener en una votación en la Asamblea General de la ONU que condenaba las violaciones a los derechos humanos en Irán.
Es por ello que en el Departamento de Estado de EEUU, la política exterior de Brasil es vista como errática. Sin embargo, todavía existe en Washington una gran esperanza en torno a Dilma, de cara a la visita de ésta a Barack Obama, cuya fecha se está ajustando en este momento entre el Departamento de Estado e Itamaraty, pero que se espera se produzca en la segunda quincena de marzo. La Casa Blanca ha expresado en varias oportunidades que su intención no es rivalizar con Brasil por el liderazgo de la región, sino cooperar para su desarrollo. Pero las afirmaciones de Dilma, en la misma entrevista que concediera a The Washington Post, en cuanto a que las relaciones con Estados Unidos serían de prioridad para su gobierno (algo que en su momento le generó aplausos en Washington) ya no son tomadas al pie de la letra, sobre todo después de las tensiones que hubo entre ambos países por la intervención en Libia.
Precisamente la intención de Rousseff en este viaje que realizará a Estados Unidos es distender el clima de fricción que se creó entre ambos países a partir de entonces. Brasil, con su diplomacia de “amigo de todos y enemigo de nadie”, marca su agenda y pone condiciones como líder de la región, mientras que la influencia de Caracas y de Washington se diluye ante el paso, a veces ambivalente pero firme, de la sexta economía del mundo.




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