Tecnología - TECNOLOGÍA
Internet y el consumo de textos, o de cómo nuestro cerebro cambia para ella
Los nuevos modos de consumir textos en la red va condicionando al cerebro a operar de determinada forma y a tender conexiones marcadas por la exposición a la multiplicidad de impulsos e información.
El mundo parece que cada día se hace más pequeño, y nuestras vidas cada vez más parecidas. ¿Cuántas personas compartirán la misma vaga sensación de desasosiego cuando, estando en la oficina leyendo algún documento, consultan brevemente la web de un periódico apenas atendiendo a los titulares, para entrar a una noticia, cuya lectura se termina distrayendo por otra noticia relacionada que aparece en la columna adyacente, para, sin haber concluido, saltar a un blog de interés que será ojeado hasta que unos pasos cercanos les recordarán que se debe volver al trabajo?
La incapacidad de disfrutar de una lectura ininterrumpida y profunda se está convirtiendo en un fenómeno extendido y generalizado. Nicholas Carr, escritor cuyo libro Superficiales, ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? fue finalista del Pulitzer 2011, da cuenta de ello abanderando una de las críticas a internet de mayor espectro y proyección internacional. Este autor afianza el necesario contrapunto a una corriente de pensamiento que ve en las nuevas tecnologías el inicio de una nueva y prometedora era de creatividad, conocimiento y comunidad digital global.
Lectura en red
La tesis de este autor describe cómo internet está cambiando no solo nuestra forma de percibir sino también de pensar. Cuando abrimos una ventana en el navegador y entramos a cualquier sitio web, nuestra mirada se enfrenta simultáneamente a una serie de textos, imágenes, vídeos y sonidos que están distribuidos por la pantalla. La lectura de un artículo ahora se cruza con varios hipervínculos que no solo establecen una referencia sino que nos arrojan a ella. Y raramente se vuelve al texto anterior. Tantos estímulos saturan la mirada y el pensamiento. Nos volvemos distraídos y respondemos cada vez más a aquello que más llama nuestra atención. La información debe ser presentada de forma eficiente e inmediata para atrapar al lector, satisfacerlo y dejarlo ir hacia otros contenidos.
Esto provoca un cambio en la forma que toman los textos que leemos, y por lo tanto, hace que la forma en la que leemos sea diferente: el discurso de internet viene a sobreponerse a un estilo de presentar la información (la prensa escrita o la novela) que daba lugar a textos más largos y que requerían de una lectura reposada y atenta. En contraposición a esto, la lectura en la web es fragmentada y dispersa, buscando ganar rapidez. Si supimos leer interpretando, ahora la lectura online nos convierte en decodificadores de información.
El arte de la lectura y la modificación de conexiones neuronales
Las tecnologías con las que adquirimos conocimientos conforman nuestro proceso de pensamiento. Como afirma Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo de la Univerdad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain (Proust y el Calamar: Historia y Ciencia del Cerebro Lector), la lectura, a diferencia del discurso, no es algo innato en los seres humanos. Aprendemos y practicamos el arte de la lectura a través de distintas técnicas (el libro o internet, por ejemplo), y éstas influyen en la forma que toman las conexiones neuronales de nuestro cerebro. La forma sostenida y concentrada en la que solíamos leer hace unos años desencadenaba una serie de pensamientos que promovían nuestras propias injerencias e ideas, tendiendo redes de neuronales distintas a las que se tejen con la lectura en diagonal a través de la pantalla. Estas variaciones, afirma la autora, afectan a partes tan importantes de la cognición como la memoria o la interpretación de estímulos visuales y auditivos.
Ahora, ¿estos cambios son característicos y solamente afectan a las nuevas generaciones que han crecido con internet, o también afectan a otras personas que se han desarrollado con los modos tradicionales de lectura? La neurociencia responde con una palabra: neuroplasticidad. Las conexiones neuronales de nuestro cerebro se rompen formando otras nuevas. Esto significa que nuestro cerebro irá modificándose a lo largo de nuestra vida, condicionado por lo que hagamos con él.
La máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella
Del mismo modo que no lo hace la lectura, los sistemas de ideas y las representaciones con las que nos entendemos a nosotros mismos y a nuestra realidad, no nos vienen dados por naturaleza. Han sido construidos a lo largo de la historia. Así, la popularización del reloj mecánico hizo que las personas de su tiempo lo utilizaran, no solo para ordenar sus vidas, sino también como metáfora de su forma de funcionar y pensar, El ser humano y su cerebro se fueron convirtiendo en precisos mecanismo de relojería mas allá de la alegoría. A la organización del día en función de las necesidades biológicas o comunitarias se pasó a un ordenamiento en función de algo ajeno a éstas: el tiempo que marcaba un reloj que estaba afuera del cuerpo y sus relaciones. Hoy en día, creemos que nuestro cerebro se explica mejor según la imagen de la computadora, y como dice Nicholas Carr, gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, esta adaptación se produce también (y una vez más), a nivel biológico.
Primero moldear el pensamiento, luego pensar por nosotros
Quien más quien menos se ha sentido perplejo al tener que describirse a sí mismo y a sus relaciones según las categorías estandarizadas que ofrece Facebook, o se ha sorprendido cuando, tecleando una palabra, Google nos ha presentado los resultados y nos ha sugerido otra palabra que, según el buscador, podríamos haber querido escribir pero no escribimos.
Parecería, como dice Nicholas Carr, que Google quisiera pensar por nosotros, facilitándonos así la vida. Una vez más, la lógica de la red, en su afán de procesar, encontrar y ordenar la información, no deja demasiado lugar a los matices, la reflexión pausada o la contemplación, una forma de pensar tan característicamente humana que tan buenos resultados nos ha dado.
La lectura superficial: del texto escrito a otras formas de comunicación
Tal es la penetración de este estilo de lectura, que se ha expandido hacia otras formas de comunicación que no están ligadas al texto escrito. Esto se refleja en el hecho de que sea más y más frecuente encontrar realizadores audiovisuales que busquen crear piezas que atrapen la mirada de una audiencia que se distrae y aburre con facilidad, usando efectos especiales cada vez más impresionantes, o escondiendo elementos en la pantalla para que sean descubiertos y compartidos por los espectadores. En ambos casos, se estimula una forma de consumo que persigue la satisfacción inmediata pero que deja de lado un disfrute basado en la apreciación sosegada e interpretativa.
¿Y el factor humano?
A pesar de todo ello, las bondades de la red son innegables. Información de incalculable variedad y de rápido acceso; interactividad y capacidad de que cada uno de los usuarios hagamos nuestras aportaciones. Pero ¿dónde quedan las emociones y los afectos? Es raro lograr conmoverse con un texto que se encuentra en internet, y en el caso de que esto suceda, el momento de placidez corre el gran riesgo de ser sepultado por el apremiante y subsiguiente paquete de información.
Considerando que la forma de pensar que se estimula con el discurso de internet evoluciona hacia formas cada vez más superficiales, no vendría mal ponernos como fondo de pantalla la siguiente cita de Maryanne Wolf: la lectura profunda es indistinguible del pensamiento profundo.






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