Opinión - Editorial
Encrucijada venezolana
El inocultable agravamiento de la salud de Hugo Chávez pone a Venezuela en la encrucijada de persistir en el desastre creado por sus 13 años de autocracia ineficiente o tomar el camino de la recuperación nacional
El inocultable agravamiento de la salud de Hugo Chávez pone a Venezuela en la encrucijada de persistir en el desastre creado por sus 13 años de autocracia ineficiente o tomar el camino de la recuperación nacional. Hasta ahora Chávez mantiene su candidatura para una nueva reelección en los comicios presidenciales del 7 de octubre. Pero testimonios de personas allegadas al presidente le asignan pocos meses de vida. Reafirman esta presunción sus constantes viajes a Cuba, donde pasa más tiempo que en Venezuela para tratamientos que combatan el agravado cáncer que lo aqueja. Incluso antes de su último viaje a La Habana, por primera vez en muchos meses, delegó facultades gobernantes en un flamante Consejo de Estado. Y Wilmar Castro, coordinador de la campaña para la reelección de Chávez, admitió que "cualquier conflicto se puede desatar" por la grave declinación de su salud. Las encuestas le siguen asignando a Chávez ventaja sobre el candidato opositor Henrique Capriles si llega a la elección. Los pronósticos se basan en la popularidad que mantiene en sectores de menores recursos, en el respaldo de una estructura militar depurada de adversarios y su control absoluto de todos los resortes del poder. Pero la ausencia de Chávez en octubre cambiaría sustancialmente el panorama. Capriles, candidato único de partidos opositores que depusieron atinadamente sus diferencias para crear un solo frente contra el chavismo, triunfaría sobre cualquier otro postulante oficialista. De los posibles candidatos en reemplazo de Chávez, ni el vicepresidente Elías Jauá ni el canciller Nicolás Maduro ni el presidente del Parlamento, Diosdado Cabello, tienen el poder de convocatoria como para derrotar a Capriles, según las encuestas.
Un cambio de timón es lo mejor que puede pasarle a Venezuela, para salir del desastre en que la ha sumido Chávez. La inseguridad pública y la rampante corrupción, la fractura del estado de derecho con la represión a quienes se le opongan se agregan a la incompetencia administrativa y el despilfarro de la cuantiosa riqueza petrolera. El resultado ha sido debilidad financiera, escasez de artículos de consumo y la inflación más alta del continente, junto con la de Argentina. Pero aun en su debilitado estado actual, Chávez no deja de ser Chávez. Antes de su última partida a La Habana anunció, junto con la creación del Consejo de Estado, el retiro de Venezuela de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.
Su frágil argumento es que la comisión funciona en Washington y es presuntamente controlada por el poderío económico de Estados Unidos. Chávez responsabiliza a esa potencia de los males venezolanos creados por su propio autoritarismo desmesurado. Los motivos esgrimidos para abandonar el organismo de la OEA están en línea con los tradicionales enojos temperamentales de Chávez con quienes no le sigan el juego, dentro o fuera del país, aunque carezcan de base. Es como si Uruguay se hubiera retirado de la comisión de derechos humanos de la OEA porque en más de una oportunidad nos dio tirones de orejas. Lo primordial, de todos modos, es que el pueblo venezolano tiene la oportunidad de cerrar el funesto período chavista en octubre, terminando con la opresión y la mala administración de quien lo gobierna como si fuera un feudo personal.




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