Nacional - CRISIS CARCELARIA
“El olor de la cárcel me lo llevo a casa en la ropa y en la nariz”
El comisionado es “los oídos y la vista” de los parlamentarios en las prisiones y es respetado por los presos
El miércoles y jueves de la semana pasada en las afueras del Comcar quedó otra vez demostrado. En medio de los enfrentamientos entre los familiares de reclusos y la Policía, cuando el caos interior repicaba en los alrededores del centro penitenciario, apareció un mediador, de saco y corbata, y por unos minutos el silencio le ganó al bullicio. Cuando Álvaro Garcé habla, los familiares de los reclusos escuchan. El trabajo del comisionado parlamentario para cárceles no solo es respetado por los presos y sus familias, sino también por los legisladores, quienes el 3 de noviembre de 2010 votaron por unanimidad su permanencia en el cargo.
Horas después de visitar el Comcar, recuerda en su inundada oficina del anexo del Palacio Legislativo –“disculpen, se rompió un caño”– que un lluvioso viernes 13, “con una pierna rota por un partido de fútbol”, argumentó ante una comisión por qué quería ocupar el cargo. Explica que es una cuestión vocacional: “Al que no le gusta, no puede trabajar en una cárcel”.
Su trabajo consiste en hacer un seguimiento de la situación carcelaria para reportar al Parlamento. Visita establecimientos, recibe 1.500 quejas y denuncias en promedio por año, investiga casos. Se autodefine como un auditor técnico, que trabaja junto a un equipo de 15 personas (abogados, psicólogos, administrativos) para ser “los oídos y la vista de los parlamentarios en la cárcel”.
No tiene días libres. Tampoco noches. Más de una vez ha sonado su celular de madrugada y del otro lado se escucha la voz de un preso. Por esa razón, reconoce que aunque le gusta su trabajo, es una tarea “sumamente desgastante” que dejará cuando termine el segundo período de su gestión, en 2015. “Si existiera hipotéticamente la chance de otra reelección, yo no la buscaría, porque es buena la renovación”, afirma.
Discreto y con códigos
Garcé es hincha de Nacional, pero abandonó la práctica del fútbol hace un tiempo, cuando se rompió el tendón de Aquiles. Tiene 44 años, vive en Pocitos junto a su esposa, con quien se casó hace tres meses, y encuentra refugio en su familia, compuesta además por su única hija, fruto de otra relación.
Nunca fue detenido por la Policía, pero ha pedido que lo encierren en celdas, algunas veces en calabozos oscuros, para comprobar condiciones de ventilación y de luz. Le parecía importante para poder informar después al Parlamento cuál es la real situación que se puede vivir en ese momento.
“El de comisionado parlamentario es un cargo absolutamente técnico y así como los neutrales de la Asociación Uruguaya de Fútbol tienen cuadro pero son neutrales en sus decisiones, el comisionado es igualmente un neutral”. Con esta comparación futbolística elude la pregunta sobre su filiación política.
Cuando se lo consulta si es masón, se toma un segundo para pensarlo y contesta: “Si lo fuera no podría decirlo, por una cuestión de discreción, de acuerdo a los códigos de esa institución”.
Con el olor a casa
“Cuando llego a mi casa me quito el saco y la corbata y quedan afuera los problemas, la preocupación y todas las urgencias”, relata. Sin embargo, confiesa que algo sigue con él: “El olor de la cárcel me lo llevo en la ropa y la nariz”.
Garcé cuenta que “la cárcel tiene un ruido y un olor particular”. ¿Cómo es ese olor? “Es un olor difícil de describir, que cambia en verano y en invierno, es el olor que tiene que ver con la falta de higiene, es el olor que generan las personas cuando se encuentran en una situación de hacinamiento, cuando hay 10 en un espacio previsto para dos”.
A diferencia del olor, los gritos característicos de las cárceles quedan afuera del hogar. “Salvo las cárceles donde las cosas están ordenadas y donde no hay hacinamiento, el ruido de las cárceles son los gritos. Todo es a los gritos, hasta las cuestiones más mínimas de relacionamiento se procesan a los gritos. Es realmente enloquecedor”, cuenta. Los gritos quedan afuera, hasta que suena su celular a las 3 de la madrugada.
“Al que no le gusta, no puede trabajar en una cárcel”
“Salvo las cárceles donde las cosas están ordenadas y donde no hay hacinamiento, el ruido de las cárceles son los gritos”
Álvaro Garcé
Comisionado parlamentario para las cárceles




Envíala por email
Imprímela
Más Opciones