Especiales - CRÍTICA DE CINE
La violencia del héroe inocente
Gosling es el centro de una película en la que Winding Refn homenajea a un arquetipo clásico del cine
Si hay un personaje arquetípico del que ha bebido el cine hasta la saciedad ha sido el del héroe solitario y taciturno, aquel hombre marginado y viril, que actúa según sus propias reglas y de acuerdo a una serie de rituales que le permiten sobrevivir, debatiéndose entre el nihilismo y un violento sentido de la justicia.
El personaje sin nombre y sin pasado que interpreta Ryan Gosling en Drive, del danés Nicholas Winding Refn –premio a mejor director en el Festival de Cannes de 2011– no es sino la relectura cinéfila de un arquetipo y de un género al que este director homenajea.
Pero allí donde el hombre sin nombre personificado por Clint Eastwood en la trilogía de Sergio Leone o el Alain Delon de Le Samurai dotaban a sus personajes de un lirismo masculino en lejanía con el espectador –al menos con el público femenino– Gosling recrea al héroe de pocas palabras desde un andamiaje moderno y con mayor sentido de humanidad. Estamos hablando de quien es, en la actualidad, uno de más destacados jóvenes actores de Hollywood (junto a Michael Fassbender, magnífico, por cierto, en Shame).
Gosling encarna a un avezado conductor que trabaja en un taller mecánico y, de forma esporádica, también lo hace como especialista de cine y chofer para delincuentes (su personaje revela tener un gran talento para evadir a la policía tras un robo, del que él no participa, en la impresionante apertura de la película). Su vida transcurre en un hermetismo que solo trasciende cuando se encuentra al volante, acaso su única forma de comunicación con el mundo.
Hasta que un día conoce a su vecina Irene (Carey Mulligan), una joven cuyo marido está en prisión, con la que establece una especie de amor platónico. Como el conductor, Irene también se distancia de las convenciones del film noir y el neo noir y lejos de ser una femme fatale, encarna una inocencia casi angelical. Pero el periplo de ese misterioso chofer, no podía reducirse a su historia de amor, por más que ésta ocupe la primera parte del film.
Aun cuando el thriller por momentos parezca haberse vuelto meloso, el gigantesco escorpión dorado bordado en la espalda de la omnipresente campera platinada de Gosling funciona como un recordatorio kistch de la fábula de Esopo: el escorpión pica mortalmente a la rana sobre cuyo lomo cruzaba un río, causando la muerte de ambos, por culpa de un instinto imposible de refrenar.
Winding Refn sabe cómo dosificar el suspenso de la calma que precede a la tormenta a partir de la música, una exquisita iluminación y dirección de arte, pero también de los silencios de unos personajes que parecen ser capaces de anticipar lo que se les avecina.
Regreso al pasado
Poco es lo que se sabe por estos lares de Winding Refn, un director que, sin embargo, ha logrado renombre en los círculos cinéfilos con filmes como Bronson y la trilogía Pusher, que comparten con Drive la presencia de personajes que se vuelven violentos cuando son enfrentados a situaciones límite.
Pese a que Windign Refn adapta una novela de James Sallis para su última película, tan cinéfilo como sus seguidores, el danés convierte a su film en un sinfín de influencias y homenajes. Estas van desde la cinta de acción automovilística The Driver, de Walter Hill (con el Ryan carilindo de los setenta, O’Neil); Bullit, protagonizada por el máximo ícono del actor-conductor, Steve McQueen; o referencias a Michael Mann (Vicio en Miami, Colateral). Pero el estilo en la que se ve inmersa la ciudad de Los Ángeles proviene en música y estética de los ochenta, algo que el director deja en claro desde los créditos de la película (que perfectamente podrían provenir de un film de Tom Cruise de la época).
Otras claras deudas estilísticas provienen de Quentin Tarantino o David Lynch. Incluso el mismo director reconoció que se inspiró en las crudas imágenes de Irreversible, de Gaspar Noé, y en las edulcoradas y adolescentes historias de amor de John Hughes.
A todo esto se suma una banda sonora a cargo de Cliff Martínez, ex baterista de los Red Hot Chilli Peppers. Algunas de las canciones pecan de cursis y ochentosas y logran sacar al espectador de la película en vez de introducirlo en ella, pero su fuerte se encuentra en su capacidad de permanecer en la memoria mucho después de abandonar la sala de proyección.
Inocencia interrumpida
Si Drive fuera considerada como una película de acción automovilística, seguramente defraudaría a los fans del género, pues en el film las persecuciones duran menos tiempo y son menos espectaculares. Si fuera evaluada con referencia a su estetización de la violencia, probablemente quedaría en rezago de lo que ya han hecho cineastas como Tarantino y Robert Rodríguez. Si se lo tomara por su ángulo romántico, es evidente que perdería por goleada con un sinfín de largometrajes.
Lo que ofrece Drive, sin embargo, es un híbrido efectivo en su impecable realización, dirección de arte e iluminación (que logra en colores y sombras, el anhelo del film noir para el blanco y negro) y en sus actuaciones. A Gosling se le suma Carey Mulligan, la joven actriz inglesa que viene haciendo una carrera impresionante desde que debutara en el cine en Orgullo y prejuicio y se luce en Shame.
Pero es Gosling, si dudas, el que se roba la película. Un héroe solitario, entre vergonzoso y aniñado (en determinadas conversaciones con el hijo de Irene revela ser hasta más inocente que el propio niño), que hace de la violencia una manifestación más de esa inocencia. Está claro que si Hugh Jackman hubiera interpretado al conductor estaríamos hablando de una película diferente y mucho más convencional.
Lejos de esos lobos solitarios cargados de testosterona, el conductor de Gosling no es ajeno a la corriente de humanización de héroes y villanos que arrancó desde fines de los noventa y principios de siglo, pero le agrega al misterio de su soledad una dulzura construida de silencios y miradas que lo hacen irresistible.




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