Opinión - Editorial
Correa con la antorcha de Chávez
La declinante estrella de Hugo Chávez mientras lucha contra el cáncer ha convertido al presidente ecuatoriano Rafael Correa en portaestandarte del autoritarismo
La declinante estrella de Hugo Chávez mientras lucha contra el cáncer ha convertido al presidente ecuatoriano Rafael Correa en portaestandarte del autoritarismo con que el grupo "bolivariano" se escinde de los países que defienden en América Latina la democracia real. La Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en la ciudad boliviana de Cochabamba, se ha convertido en el escenario en que Correa procura denigrar las facultades de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y habilitar mayores restricciones a la libertad de prensa.
La Venezuela del presidente Chávez con el apoyo de sus acólitos regionales Correa y el mandatario boliviano Evo Morales se empeñan desde hace tiempo en limitar la autonomía de la CIDH. El intento no se basa en presuntas acciones sesgadas de la comisión, ya que ha censurado por igual violaciones a los derechos humanos en países de diferente tendencia política, desde Colombia y Cuba al bloque "bolivariano". Incluso Uruguay ha sido objeto de tirones de oreja por ignorar derechos humanos en instancias tan disímiles como el caso Gelman y el Código de Proceso Penal.
Pero el enojo de Chávez y de su delegado Correa está centrado en fallos de la comisión de la OEA que señalaron violaciones a esos derechos en Venezuela y Ecuador por la persecución a políticos opositores, sus groseras restricciones a la libertad de expresión, especialmente en la prensa, y otras formas de arbitrariedades y quebrantamiento del estado de derecho. Las presiones de los dos presidentes han desembocado incluso en la renuncia del director de la CIDH, el argentino Santiago Cantón. Luego de 11 años en el cargo, Cantón adujo "razones personales" para su dimisión. Pero el jerarca había admitido previamente que desde hace varios años está siendo presionado por varios países, fundamentalmente Venezuela, para que abandone la dirección de la OEA en la defensa de los derechos humanos en el continente.
La posición de Venezuela y Ecuador es compartida por Bolivia y Nicaragua, los otros dos miembros de ese bloque correctamente llamado "bolivariano", ya que refleja el fracasado socialismo del siglo XIX en que actuó Simón Bolívar, aunque pretenda barnizarse con una modernidad ficticia al bautizarse como "socialismo del siglo XXI". La posición de esos países es respaldada por el régimen kirchnerista de Argentina y algunos otros estados menores, pese a que su único efecto tangible es profundizar la división de América Latina entre las naciones con democracias genuinas y las que apenas muestran una engañosa fachada democrática de fantasía.
Chávez ha sido el gran inspirador y culpable de esta división. Su odio hacia Estados Unidos lo llevó a promover la creación de la Unasur, una fútil mini-OEA sin Estados Unidos, y del Banco del Sur, un experimento sin sentido y que ni siquiera ha podido despegar como competidor del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), una institución de utilidad indiscutida para todos los países de la región. Chávez va en camino de desaparecer como numen inspirador del descalabro continental. Y aunque la OEA no se caracteriza precisamente por su eficacia ante los problemas continentales, tiene que asegurarse en este caso que Correa no recoja la antorcha incendiaria de su mentor venezolano.




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