Deportes - HISTORIA DE UN ÍDOLO
El símbolo del Uruguay dorado
Alcides Edgardo Ghiggia, autor del gol en la recordada final de Maracaná -en la que Uruguay logró el título del mundial de 1950-, fue llevado por el pueblo al pedestal de los inmortales
El fútbol en los tiempos de la bohemia… “Jugábamos los partidos y luego volvíamos a la concentración y recuerdo que nos quedábamos e íbamos a la cocina, nos hacíamos unas costillas, y nos pasábamos jugando a las cartas o al billar hasta las 12, 1 de la mañana”.
El fútbol en los tiempos donde se jugaba por la camiseta… “Yo vivía en La Blanqueada, a una cuadra y media del Parque Central. Un día fui a casa y les comenté que me habían llamado de Nacional, y mi madre me dijo: “Si vos vas a Nacional no pisás más la casa”. Me fui a Sud América, donde empecé en la Cuarta como marcador de punta, pasé a Tercera de volante y llegué al Primero de puntero”.
El fútbol en la época dorada… “Yo ganaba 800 pesos por mes en Peñarol. Y eso era plata. Con un amigo nos íbamos de garufa con 10 pesos, y éramos unos reyes”.
El fútbol de las grandes ligas en Italia… “En dos años hice 12 millones de liras. No sé cuánto era, pero sé que me favorecía”. Contó alguna vez que tuvo tres Alfa Romeo. Fue al Palacio de los Deportes para ver a Cassius Clay coronarse campeón olímpico. Conoció a Ana Magnani y Gina Lollobrigida.
El fútbol en los tiempos de regreso… “Un día estaba en casa y vino gente de Danubio a hablarme y les dije: ‘Yo juego, pero usted sabe que tengo 37 años´ y me dicen: ‘Pero vimos que está bien´. Arreglé y jugué cinco años más”.
El fútbol en los tiempos de retiro… Trabajó en los casinos municipales. Se remató su medalla del Mundial, obtuvo una pensión graciable y se radicó en Las Piedras.
Alcides Edgardo Ghiggia recorrió todos los caminos. Jugó en los tiempos de la bohemia cuando, después de salir campeón del mundo con Uruguay, se fue con Míguez a defender al club del barrio en un partido. Integró una verdadera máquina a la hora de jugar como el Peñarol de 1949. Vivió los placeres de la vida en Italia y se dio los lujos que no podía en el país. Y se retiró del mismo modo en que empezó, en silencio.
Se inició en Sud América y en 1948 desembarcó en Peñarol, club con el que se consagró campeón Uruguayo al año siguiente. Sus actuaciones en los aurinegros le valieron la citación a la selección que jugó el Mundial de 1950. En Maracaná anotó uno de los goles más recordados de la historia de los mundiales. El impacto de aquella conquista fue inigualable. Pero no lo cambió. Una historia lo pinta de cuerpo y alma: “Cuando volvimos del Mundial, a los 15 días, yo salía mucho con Míguez, iba a su casa, éramos como hermanos. Jugamos en un campeonato en General Flores, en un equipo que se llamaba Galloway, y me acuerdo que jugamos un partido nocturno y el presidente de Peñarol se enteró, nos llamó a la sede nos pasó un rezongo bárbaro”.
Defendió a la celeste también en el torneo Sudamericano y volvió a ser campeón con Peñarol en 1951, pero una sanción lo radió de la actividad durante ocho meses.
En 1952 agredió al árbitro Juan Carlos Armental en un clásico y la AUF lo suspendió por un año y tres partidos. Llegaba la hora de armar la valija.
El 13 de julio de 1953 la hinchada de la Roma lo estaba esperando en el aeropuerto. Su presencia en la capital italiana generó situaciones increíbles como que, al otro día de su arribo, debutó en un amistoso contra Charlton y había 50 mil personas en la cancha. Ocho temporadas estuvo en el club y luego fue a Milan. Fue campeón de Europa y de la liga italiana.
Sus actuaciones determinaron que fuera convocado a la selección italiana. La defendió en las Eliminatorias para el Mundial de 1958, cuando coincidió con un viejo conocido: Juan Alberto Schiaffino. De todos modos, Italia no pudo clasificar.
En 1963 volvió al país. Se encontró con que todos sus compañeros de la hazaña de Maracaná se habían retirado, pero poco le importó. Defendió a Danubio y dejó el fútbol a poco de cumplir 42 años. Los tiempos sin ingresos fueron duros. Trabajó en los casinos municipales pero debió vender sus pertenencias. Primero una casa en El Pinar, donde veraneaba, luego la de Montevideo y hasta su medalla de Maracaná, cuyo comprador se la dio al verdadero dueño.
Pero con el paso del tiempo Ghiggia ganó el trofeo más preciado de su carrera: el reconocimiento de la gente. El pueblo lo colocó en el pedestal de los inmortales.
El video que acompaña la nota fue realizado el 3 de junio de 2010, previo al Mundial de Sudáfrica. Fue la última nota que le realizó El Observador al histórico goleador.



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