Tecnología - ALIMENTACIÓN
Se viene el hambre
En 2050 entre 3 y 4 mil millones de personas tengan una dieta basada en la carne, que es el alimento que cuesta más granos, tierra y agua, lo que empujará a la inanición a cientos de millones
Desde Thomas Malthus, los alarmistas vienen diciendo que el mundo tiene una cantidad finita de tierra fértil, en tanto que la población mundial sigue creciendo. El sentido común parecería dictar que eventualmente no habrá suficiente alimento para todos y entonces vendrán hambrunas catastróficas.
El ritmo increíble de innovación tecnológica ha evitado esa eventualidad por cientos de años, dejando mal parados a Malthus y sus seguidores, como Paul R. Ehrlich, quien en su libro de 1968, La bomba poblacional, predijo inanición masiva para las décadas de 1970 y 1980.
En cambio, una revolución tecnológica del agro trajo variedades de cultivo de alto rendimiento y fertilizantes y pesticidas a países como México e India, lo que duplicó la producción mundial de alimentos entre 1950 y 2010, con solo el 10% de aumento de los campos cultivados.
En la década pasada, además, el crecimiento de la población mundial decayó, una señal muy esperanzadora que ni Malthus ni Ehrlich sospecharon.
Sin embargo, el futuro de la comida del mundo está más comprometido que nunca. No por el número de personas o por la cantidad de tierras de cultivo disponibles, sino por el tipo de comida que elige esa población y cómo se usa la tierra disponible. En resumen: hay tierras fértiles suficientes como para alimentar a la población del mundo —pero no suficientes para darles Big Macs.
Si no aparece otra revolución de productividad, el siglo XXI puede ofrecer un nuevo desafío a los granjeros: si la carne provee la menor cantidad de calorías por hectárea requerida para generarlas, ¿qué cultivo provee la mayor?
Comida occidental
Hoy, cerca de mil millones de personas “comen como occidentales” en palabras del economista de la Universidad de Berkeley, David Zilberman. Eso significa, básicamente, que tragan una cantidad sin precedentes de carne y productos lácteos cada día, obteniendo de los animales más de la mitad de las calorías que consumen.
El consumo de carne parece haberse estabilizado en Estados Unidos y Europa pero está despegando en otras partes del mundo, como China. Zilberman cree que de aquí a 40 años habrá entre tres mil millones y cuatro mil millones de personas que comerán como occidentales.
Eso es un problema, porque cada kilo de carne requiere 20 kilos de granos para producirlo. Con un cuarto kilo de carne una persona puede alimentarse por un día. Con la misma cantidad de granos y se podrá alimentar a media docena de personas. Producir carne, además, requiere entre cinco y diez veces más agua que cultivar granos, y el agua puede revelarse como un recurso aun más escaso que la tierra.
En un estudio de 2009, la FAO estimó que la producción de alimentos debería aumentar un 70% para satisfacer las necesidades mundiales. Pero Zilberman y otros creen que el aumento continuo de la clase media en el mundo podría resultar en un número mucho más grande que ese.
Según sus estimaciones, incluso si se desarrollara toda la tierra fértil que queda en el mundo –la mayoría en Brasil y otros países latinoamericanos– tendríamos que lograr el doble de productividad por cada hectárea cultivada.
Si bien eso no es imposible, no será fácil. El agua es un obstáculo, al igual que la creciente proporción de granos que se usa para generar biocombustibles en lugar de comida. Un tercer problema, del que se habla menos, es que las prácticas de cultivo intensivas parecen estar degradando la tierra, lo que aumenta la posibilidad de que la cantidad de tierra fértil sea en realidad menor en las décadas futuras. El cambio climático podría exacerbar esta situación, ya que lo que hoy es tierra fértil, podría ser entonces desierto.
Alternativas
Si eso pasa, puede que la gente no tenga otro remedio que comer menos carne. ¿Qué comerían, en ese escenario? Los vegetales son muy importantes para la nutrición pero no son la fuente más potente de energía. Los granos son mejores, pero la gente ya los come a granel y no están en lo más alto de lla lista en términos de nivel de nutrición por cantidad de tierra.
Ese honor lo tienen las raíces y tubérculos como el ajo, la alcachofa y el boniato.
Un mundo de ´tuberculívoros´ no es muy creíble pero algunos ciudadanos preocupados por el tema ya se están preparando para lo peor. Uno de ellos es Jonh Jeavons, un activista californiano de lo que él llama “cultivos biointensivos”.
A comienzos de la década de 1970, cuando la gente todavía temía la explosión poblacional original, Jeavons empezó a investighar cómo las personas podían cultivar todo lo que necesitaban en la menor cantidad posible de terreno.
Basado en los trabajos del pionero de los cultivos orgánicos, Alan Chadwick, Jeavons desarrolló un sistema de jardinería de ocho puntos para plantas en espacios reducidos, un compost vigoroso y un buen mantenimiento del terreno, y el concepto de “cultivo calórico” que implica enfocarse en cultivos que produce la mayor cantida de nutrición en el menor espacio.
De acuerdo a la FAO, los boniatos están en lo más alto de la lista, con 70 mil calorías por hectárea por día, cerca del doble que el trigo, y mucho más que eso, si se usan variedades de crecimiento rápido.
Jeavons también recomienda a las papas, al puerro y a la espinaca para aquellos que buscan maximizar las calorías por hectárea cultuivada (la mandioca, un cultivo crucial para la subsistencia en muchos países en desarrollo, es menos eficiente porque demora más en crecer).
En la granja ideal para la subsistencia, dice Jeavon, las raíces y los tubérculos, se llevan el 30% del total de las tierras destinadas a la alimentación.
Sus técnicas, divulgadas a través de su organización sin fines de lucro Acción Ecológica, obtuvieron una buena recepción en algunos granjeros en países como Kenia, donde las tierras de cultivo son escasas y la gente tiene hambre.
La pregunta es: ¿ese movimiento tiene posibilidades de tener eco en la comunidad global?
Jeavons es optimista en cuanto a que los agricultores, los consumidores y las autoridades mundiales en la materia se pongan de acuerdo, una vez que la crisis alimentaria se vuelva evidente.
Negocios
Un problema difícil de obviar es que gran parte de la comida del mundo se produce bajo contrato con una multinacional que procesa y distribuye alimentos y cuyos intereses tienen que ver con maximizar la ganacia, no las calorías.
Las granjas-fábrica tienden a concentrarse en uno o dos cultivos, una estrategia que podría dañar la tierra con el tiempo, pero que es altamente eficiente en el corto plazo. Sugerirle a un ejecutivo de un negocio agrario que empiece a destinar la mitad de su tierra en el cultivo de compost y otra buena parte en la alcachofa, es exponerse a una carcajada burlona.
En cuanto a los consumidores, los gurús de la nueva ola nutritiva, como Michael Pollan, han vendido un montón de libros llamando a los estadounidenses a comer menos comidas rápidas y más vegetales orgánicos, y el consumo de carne en ese país parece haber alcanzado el cenit en 2007, pero los cultivos orgánicos obtienen menos comida por hectárea que los métodos tradicionales.
Y comparados con los vegetales frescos, las raíces y los tubérculos son productos más difíciles de vender a los consumidores. Incluso una suba importante de los precios podría no ser suficiente para hacer que los occidentales cambiaran su dieta de manera sustancial.
“Las cosas tendrían que ponerse realmente feas para que la gente dejara de comer carne y se pusiera a comer mandioca”, dice Zilberman. Lo que sí es probable que pase, es que la situación hunda más a los países que ya tienen problemas para adquirir alimentos.
En un mundo en el que no haya suficiente comida, una cosa seguramente no va a cambiar: el hambre va a seguir siendo un producto de la desigualdad más que de la escasez global. Solo que habrá mucha más hambre de la que hay hoy.




Envíala por email
Imprímela
Más Opciones