Espectáculos - CINE
El Cronenberg menos peligroso
La nueva película del canadiense sobre la relación entre Freud, Jung y Spielrein es demasiado tibia para su filmografía
Un espectador atento a la obra de David Cronenberg podría haber esperado que una película en la que aparecen Sigmund Freud y Carl Jung y en la que este último incursiona en el sexo sadomasoquista con Sabina Spielrein iba a ser como una especie de festín para el director canadiense.
Era previsible pensar que el cineasta iba a llevar al diván del creador del psicoanálisis las obsesiones que lo han acompañado durante toda su carrera, especialmente las referentes a las transformaciones psíquicas de sus personajes y a sus particulares formas de satisfacer sus pulsiones sexuales.
Era también esperable que un director que ha demostrado ser uno de los más vanguardistas y arriesgados de su generación, y que no ha dudado en mezclar en sus primeras tres décadas de cine la realidad con las manifestaciones onírico-fantásticas de la locura, la droga o la enfermedad hiciese de esta película una vuelta a las raíces o, más plausiblemente, que la convirtiera en otra gran obra de su período “formal”, que comenzó en el siglo XXI con la excelente Una historia violenta y continuó con la recomendable Promesas del Este.
Lejos de la transgresión que ha caracterizado a su cine, pero también de la atmósfera precisa y sofocante de sus dos thrillers anteriores, Un método peligroso se vuelve, en algún punto, una creatura un tanto desconocida para su propio creador y, paradójicamente, acaso la película menos peligrosa de su extensa filmografía.
Narrativo y contenido
La película narra la relación que se establece entre el joven psiquiatra Jung (Michael Fassbender) con su mentor, Freud (Viggo Mortensen), y con su paciente y posterior amante y psicoanalista, Sabina Spielrein (Keira Knightley, quien por momentos abusa de la sobreactuación y deja unos movimientos de mandíbula antológicos en sus ataques de histeria).
La historia se sitúa en los años previos a de la Primera Guerra Mundial en las ciudades de Zúrich y Viena y atestigua el cruce de caminos de estos tres psicólogos fundamentales, que dejará hondas huellas en su obra y en la disciplina misma.
Cronenberg acierta en la película en los aspectos formales, con una bella fotografía (aunque la digitalización es penosamente evidente en la escena del barco cuando Freud y Jung van a Estados Unidos) y una banda sonora inspirada a cargo de Howard Shore, colaborador habitual del canadiense.
Tal vez porque se trata de una de las pocas excepciones de su cine que transcurre en el pasado y se basa en una historia real, o porque se deja guiar excesivamente por la obra de teatro The talking cure de Christopher Hampton (basada a su vez en A most dangerous method de John Kerr), la cinta se vuelve demasiado contenida y narrativa. Algo más que inusual para un director que, literalmente, ha sabido hacer de tripas corazón.
Pero acaso una de sus mayores flaquezas sea la de encerrarse ciegamente en las dos líneas argumentales que propone, es decir, en la historia de “amor” entre Jung y Spielrein, que ocupa acaso demasiado tiempo en el filme pero que no parece terminar de redondearse, y en la relación entre el venerado mentor y el brillante discípulo, que gradualmente se resquebraja por la ortodoxia freudiana de rechazar una aproximación al psicoanálisis menos centrada en lo sexual.
El encuentro entre estos dos grandes pensadores, sobriamente interpretados por Fassbender (el actor del momento, presente en otras dos películas en la cartelera uruguaya: Shame y Prometeo) y Mortensen (en su tercera colaboración con Cronenberg) aporta quizás lo mejor de la película, aunque el director abuse del academicismo y los encuentros epistolares.
La sensación es que la fuerza de la película, que proviene de la base real de un momento histórico en el surgimiento y ebullición del psicoanálisis, queda desaprovechada en la reducción melodramática, primero, y en la académica, después. Incluso el papel de Otto Gross, un psicoanalista y paciente libertino interpretado por Vincent Cassel, queda malgastado.
Tibia transformación
Si algo caracteriza la filmografía de Cronenberg son los procesos de transformación que sufren sus personajes, muchos de los cuales padecen metamorfosis físicas (La mosca quizás sea el ejemplo más paradigmático) y alteraciones psicológicas.
Cronenberg incluso fue el inventor del concepto de “nueva carne” (el híbrido que resulta de la metamorfosis corporal y psíquica del ser humano con la tecnología) en Videodrome, para muchos la obra cumbre de su período fantástico, que ha tenido gran influencia posterior en cineastas y escritores.
Aunque Cronenberg fuera dejando paulatinamente los aspectos más escatológicos y viscerales en su representación del monstruo que irrumpe en el individuo, su cine nunca se ha desembarazado del interés por el proceso de transformación del ser humano hacia sus instintos más primarios y anómalos, algo que lo conduce, indefectiblemente, a la soledad.
Luego de haber hecho pasar a sus personajes por el arduo proceso de convertirse en mutantes, violentos y locos de diversa clase, la transformación llevada a cabo por Jung en la película, que es básicamente la de serle infiel a su esposa con una paciente y meterse en puntas de pie en la práctica del sadismo (algo que se devela mirando el tráiler de la película) simplemente sabe a poco para Cronenberg.
Incluso, por increíble que parezca para un cineasta al que se le criticado la recargada sexualidad de algunas de sus cintas, las escenas de sexo sadomasoquista resultan todo menos escandalosas.
Es cierto que si se mirara este filme como la obra de algún ignoto director, quizás otra sería su evaluación. Pero con un material tan rico y un creador tan vasto, resulta decepcionante que Cronenberg haya renunciado a su peligrosidad.




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