Opinión - EDITORIAL
Rechazo popular a la marihuana
El camino ineludible que le queda a Mujica es confirmar el abandono del enredado y socialmente pernicioso proyecto
El presidente José Mujica no tiene otro camino que la sensatez de abandonar el inmaduro y equivocado proyecto de legalizar la marihuana. No necesita esperar más para cumplir su anuncio de que "nos vamos a ir al mazo" si por lo menos el 60% de la población no lo aprueba. Dos encuestas independientes coincidieron en mostrar que una abrumadora mayoría de los uruguayos rechaza la legalización de la droga y que son muy pocos los que están de acuerdo, lejos del porcentaje aprobatorio al que Mujica condicionó seguir adelante con el proyecto. Como en nuestra estructura jurídica no existe el plebiscito consultivo, que en otros países se utiliza para averiguar la opinión ciudadana sobre temas controvertidos, el presidente deberá confiar en la encuestas para dar marcha atrás.
La empresa Cifra informó que 66%, o sea dos tercios de la población, se opone a la legalización. Solo el 24% está de acuerdo y hasta entre los encuestados en el Frente Amplio una mayoría del 51% desaprueba la medida. Una previa encuesta de Interconsult concluyó que el 60% rechaza el curso gubernamental. La oposición popular invalida un proyecto que fue lanzado al ruedo público a medio cocinar. Se habló primero de autorizar 40 cigarrillos de marihuana al mes por consumidor y después se bajó a 20. Nunca se definió si el Estado la cultivaría o se le permitiría hacerlo a los particulares como autocultivo. Y sigue en la nebulosa la forma en que el gobierno controlaría el complejo tema de la producción, distribución y consumo restringido. En medio de cabildeos gubernamentales sobre enfoques encontrados, la Comisión de Adicciones ya ha suspendido dos veces las reuniones que había programado para tratar de aunar opiniones.
Al margen de la dificultad de organizar un sistema operativo, la legalización de la marihuana colapsa en su base conceptual. El argumento presuntamente justificativo fue que permitiría combatir el pavoroso flagelo de la pasta base, reemplazando su consumo con el de otro estupefaciente menos nocivo. Pero son drogas con efectos totalmente disímiles. Mientras la pasta base es un estimulante que alienta conductas delictivas, la marihuana tiene un efecto relajante y es probablemente menos adictiva. Pero esta aparente ventaja se diluye por la improbabilidad de que un consumidor de pasta base, que en muchos casos ya sufre deterioro psíquico por los elementos químicos que contiene este pariente pobre del clorhidrato de cocaína, lo abandone para conformarse con otra droga de efecto diferente y menor. Es como tratar de convencer a un alcohólico empedernido a satisfacer su adicción con una limonada.
Cuando el gobierno anunció su idea, a la adversa reacción interna se agregó un revuelo mundial en el que las objeciones superaron largamente a los aplausos. A esta altura de los acontecimientos, el camino ineludible que le queda a Mujica, después de su anuncio de irse al mazo, es confirmar el abandono del enredado y socialmente pernicioso proyecto sobre la marihuana. En su reemplazo, hay que concentrarse en el hasta ahora claudicante combate a la pasta base, mediante la anunciada internación de adictos, vigilancia fronteriza más efectiva y medidas judiciales y policiales que faciliten el cierre de los cientos de bocas de expendio que todos saben dónde están pero que siguen operando impunemente.




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