Opinión - Editorial
Intolerable patoteada sindical
lo ocurrido con la patoteada de miembros del Sunca en la planta de celulosa que Montes del Plata construye en Conchillas excede los límites de la reiterada tolerancia oficial con los desmanes sindicales.
Hay una larga historia negra de violencia e intimidaciones sindicales ilegales cuando algunos trabajadores no se pliegan a un paro o una ocupación. Pero lo ocurrido con la patoteada de miembros del Sunca en la planta de celulosa que Montes del Plata construye en Conchillas excede los límites de la reiterada tolerancia oficial con los desmanes sindicales. El absurdo mayor fue que los exaltados miembros del sindicato de la construcción atacaron sin fundamento alguno a obreros extranjeros especializados que nada tienen que ver con el Sunca ni forman parte del cuerpo laboral del país. Fue como si en un paro de la construcción, los huelguistas la emprendieran a golpes con los empleados de una joyería o de un estudio de arquitectos por no plegarse al conflicto.
Adicionalmente, las agresiones sindicales crearon un riesgo sin sentido en la mayor inversión privada jamás realizada en el país, en un emprendimiento que actualmente emplea a 3.000 trabajadores uruguayos. En las obras trabajan además cientos de obreros calificados traídos de Alemania, Finlandia y otras naciones para cumplir tareas de alta especialización. Carolina Moreira, gerenta de Montes del Plata, explicó que constituyen un núcleo de trabajadores que viajan por todo el mundo para cumplir esas tareas en instalaciones industriales complejas. Señaló que su presencia es incluso una exigencia de los proveedores de los equipos de alta tecnología, para garantizar su adecuada instalación.
La mayoría de estos trabajadores en Montes del Plata ni siquiera hablan español, por lo que ni entendieron las conminaciones de los sindicalistas de Sunca cuando les exigieron que dejaran de trabajar y se plegaran a un paro en reclamo de mejoras salariales en los próximos Consejos de Salarios, algo que los obreros extranjeros probablemente ni saben que son. Ante la falta de respuesta, los perturbados sindicalistas uruguayos se lanzaron a la violencia. Aparecieron palos y armas de fuego, sacudones de andamios que pusieron en peligro a los obreros extranjeros y agresiones físicas. A un trabajador alemán le quebraron la nariz y debió ser internado en Montevideo. Luego de las agresiones estos especialistas no se presentaron a trabajar por temor y algunos ya han adelantado que se irán del país y abandonarán sus tareas en Montes del Plata, creando serios problemas a todo el emprendimiento.
Pese a que los hechos fueron denunciados a la Policía y la Justicia, hay un incompresible silencio oficial. El presidente del Sunca, Faustino Rodríguez, se lavó las manos al estimar que se trató de “un hecho aislado”, lo cual no sorprende. Pero sí sorprende que, a varios días de los desmanes, no haya habido acciones oficiales concretas y severas para castigar a los responsables. Los dos gobiernos del Frente Amplio han mostrado siempre un sesgado exceso de blandura hacia los excesos en que periódicamente incurren algunos sindicatos. Será una imprudencia si toma igual camino en esta oportunidad. No estará de más tener en cuenta que las agresiones sindicales en Montes del Plata ya son un hecho público que pone en riesgo la reputación de Uruguay como lugar seguro donde venir a invertir, caballito de batalla del presidente José Mujica que tropezará si se deja pasar en silencio lo ocurrido en Conchillas.




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