Espectáculos - CINE: "El casamiento"
En busca del cine humano
Aldo Garay, director de El casamiento, conversó con El Observador sobre este particular documental que narra una historia de amor entre dos marginales
Julia Brian es una mujer muy particular. Hoy tiene 65 años. Hasta la adolescencia su nombre era Óscar Alberto. A partir de entonces, vivió una vida de travestismo, cambió su nombre y una nueva identidad afloró bajo su piel. Ignacio González es un ex obrero de la construcción de 75 años.
Hace 21 años, los caminos de Ignacio y Julia se cruzaron en una plaza de Montevideo. Desde entonces, entre estos dos seres surgió el amor. Hace tres años, la pareja se casó y la cámara del cineasta Aldo Garay estuvo ahí para registrar el momento pero sobre todo para mostrar los pliegues de una relación y de la forma de vida de unos seres marginales por tres vías diferentes: por viejos, por pobres y por su particular vínculo con la homosexualidad. Pero contra lo que podría pensarse, El casamiento no es un documental militante que se embandera con los temas de fondo que plantea su historia. Por el contrario es una película silenciosa, intimista, que mecha algunos momentos de humor en un anécdota dura con dos personajes reales muy sufridos.
“No quise darle una voz a estas personas marginales. La intención es mucho más subversiva: quise darles humanidad, mostrarlos como seres humanos. Que el otro te haga sentir cosas”, dijo Garay, quien charló con El Observador sobre el filme.
¿Cómo surgió la idea de El casamiento?
En 1994, mientras todavía estaba estudiando, filmé un mediometraje titulado Yo, la más tremenda, sobre unas chicas que eran travestis en el barrio de Palermo. Julia ya era un referente entre ellas porque fue de los primeros travestis uruguayos en realizarse una operación de cambio de sexo. Era un personaje interesante pero todavía no veía una película ahí detrás. Sin tener claro el asunto filmé otra historia, Mi gringa, retrato inconcluso, de 75 minutos de duración. En 2009, recibí la llamada de Julia invitándome para que fuera el padrino de su boda con Ignacio. Ahí me dije: ‘acá está la película, esta es una historia de amor’. Pero no me interesaba el casamiento en sí, la ceremonia social y civil, sino rescatar el valor de la anécdota. En realidad, esta película la fui saboreando durante año, sin saber que era una película. Casi podría decir que me la regalaron.
¿Qué ventajas y qué dificultades implica filmar con personajes reales que además son amigos suyos?
La ventaja principal es la empatía con las personas que frente a la cámara se vuelven personajes. Lo malo es que te tienen tanta confianza que te sentís en la obligación de cuidarlos. ¿Qué quiero decir con esto? A veces tenés que cuidar la forma en que dicen lo que dicen, para que no queden mal parados.
¿Cómo es el proceso de crear un guión de documental en base a situaciones reales?
El guión lo construí a medida que iba rodando. Tiene elementos propios de la ficción, como la presentación inicial de un personaje al principio de la acción y que termine totalmente cambiado.
El casamiento no es una película militante.
Es cierto, porque no pretende tematizar. Somos una sociedad muy temática. En un asado pasamos de la política al fútbol y otros temas. Hay varios temas que sobrevuelan el documental, pero la esencia era contar la historia de ellos. Ya que uno como director es un gran manipulador no podía dejar de concentrarme en lo que les pasa. Un documental es un reordenamiento de la vida de los demás. Eso fue lo que me guió.
La película se presentó en varios festivales durante el año pasado. ¿Qué repercusión tuvo?
Se presentó en veinte festivales y obtuvo siete premios. En Trieste, por ejemplo, fue elegida la mejor película, compitiendo incluso contra películas de ficción.
¿Qué cree que le puede aportar la cine uruguayo una película como El casamiento?
Va a ser mínimamente parte de una filmografía, una aporte de diversidad dentro de la diversidad. Por suerte creo que se terminó aquella etapa de que cada película uruguaya debía apuntar a una identidad común. El casamiento habla de identidad, pero prioriza la historia.
Usted trabaja desde hace 14 años en Tevé Ciudad. ¿Qué le aporta el lenguaje televisivo al su cine?
Cuando hago cine, dejo el lenguaje televisivo a un lado, trato de no pensar en formato de televisión, que no posee una curva dramática, es meramente informativa, no tiene punta de vista, los planos son breves. El casamiento es la anti televisión. Son dos expresiones absolutamente distintas.
¿Qué proyectos tiene para el futuro?
En este momento me encuentro estudiando la diferencia entre el retrato y la biografía de un personaje uruguayo no muy conocido. Además soy el realizador del programa Ciudad Más, de Tevé Ciudad, que es un periodístico diario de una hora en la tarde, que estams reformulando y que pronto cambiará su perfil.



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