Estilo - LIBROS
Gorilas en la niebla
A 50 años de su primera publicación, La ciudad y los perros ya es un clásico de las letras hispanas. Su fuerza arrolladora y su rabia se mantienen intactas
Contaba Juan Carlos Onetti en una entrevista que él tenía una relación de amante con la literatura, y que en cambio Mario Vargas Llosa estaba casado con ella. Se refería el uruguayo a que él solo escribía por impulsos, de vez en cuando, y que en cambio el peruano lo hacía con rigurosidad, todos los días, ocho horas seguidas.
El comentario revela, además de una determinada forma de vocación literaria, la obsesión del autor de La ciudad y los perros (1962) por no dejar que nada lo desviara de su destino. La literatura siempre primero, por sobre todas las demás cosas y como forma de vida fue, al menos en su juventud y gran parte de su madurez, el rasgo más destacado del peruano.
Padre del llamado “boom latinoamericano”, Vargas Llosa logró sepultar con esta novela la vieja tradición sudamericana de textos anacrónicos, geográficos, y apegados al componente indígena de América del Sur que prevalecía hasta ese momento.
En torno a un argumento aparentemente sencillo, la vida de los jóvenes en un liceo militar, Vargas Llosa realiza una verdadera proeza literaria que revela la parte más oscura del alma humana en general y del sistema militar en particular.
Novela sin buenos, sin héroes aparentes, para el autor todos son y actúan como animales en el sentido más peyorativo del término. Pero son también animales humanizados, literales, como señala uno de los prologuistas de esta edición de lujo que conmemora los 50 años del libro. Jaguar, Boa, Piraña, Gallo, Mono, Rata, Burro, no son solo apodos casuales: definen un carácter y agregan algo a la descripción física de los personajes. Además le otorgan ese matiz exótico tan característico de estas latitudes, que más tarde se hará más evidente en la narrativa de Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier y tantos otros.
La vida de los cadetes en el Colegio Militar Leoncio Prado de Lima es un infierno en la tierra, a años luz de la ciudad que lo rodea. La relación infame de los estudiantes con la estructura militarizada de la institución genera, como inevitable resultado, una rebeldía mal entendida de los cadetes (los novatos, los perros) que crean una serie de reglas paralelas atroces, mucho peores que las de los militares.
Nace así una cofradía de abuso del más débil, con un código de ética espeluznante, que los arrastra a todos indefectiblemente hacia el abismo. Incapaces de escapar, los cadetes terminan devorándose entre sí.
Pero la denuncia es más poderosa aún, ya que se extiende a los propios cuadros militares. Un sistema castrense jerarquizado, y absolutamente amoral, que arruina vidas sin pestañar, incluso la de sus mejores hombres, como el teniente Gamboa que cree en la vida militar y encarna su mejor versión.Gamboa es un personaje fascinante, que finalmente abrirá los ojos ala realidad que lo rodea, que renunciará a casi todo y que terminará expresando sobre su hijo no nato: “Si es varón, no será militar”.
Vargas Llosa es implacable y muestra, una y otra vez, como se imponen la fuerza bruta, la astucia, los robos, la mentira, la cobardía y la muerte, entre unos personajes que son, en su mayoría, solo unos adolescentes recién llegados a la vida, desde la sierra o la ciudad, desde la pobreza o la clase acomodada.
“Ha olvidado los hechos minúsculos, idénticos, que constituían su vida, esos días que siguieron al descubrimiento de que tampoco podía confiar en su madre, pero no ha olvidado el desánimo, la amargura, el rencor, el miedo que reinaba en su corazón y ocupaba sus noches”, escribe con deliberado lirismo para describir a uno de ellos.
Pero la novela es también una demostración de las virtudes del idioma español. Ese idioma que muchas veces no ha encontrado dignos representantes, pero que cuando es tocado por algunos de sus hijos predilectos, muestra todo su esplendor.
Porque La ciudad y los perros tiene una fuerza arrolladora, una verdad innegable que golpea en cada página, a cada párrafo. La pelea entre Alberto y el Jaguar, por ejemplo, narrada después de sucedida, con los contendientes ya en la enfermería, es memorable en forma y estilo, es realidad narrada: casi se pueden sentir los golpes.
Esos saltos en el tiempo, esa linterna que alumbra ya a uno, ya a otro personaje, que recurre al monólogo interior y al diálogo revelador, dan a la novela un aire de modernidad que aún conserva y que la mantienen viva 50 años después de escrita.
Hoy Mario Vargas Llosa habla más que escribe, y se equivoca más que acierta, pero releyendo novelas como esta es imposible no perdonarle todo.




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