Nacional - TRIPLE CRIMEN
Las últimas palabras de Marta: "¡Es un monstruo!"
Hugo Perrota, esposo, padre y abuelo de las víctimas de El Pinar contó los hechos
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© D. Battiste
Reconstrucción del triple asesinato en El Pinar -
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Reconstrucción del triple asesinato en El Pinar -
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Reconstrucción del triple asesinato en El Pinar -
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Una foto del bebé asesinado -
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El esposo, padre y abuelo de las víctimas -
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Reconstrucción del triple asesinato en El Pinar -
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Reconstrucción del triple asesinato en El Pinar -
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Reconstrucción del triple asesinato en El Pinar
“Es un monstruo”, gritaba Marta. Había visto a su hija y a su nieto de 14 meses cubiertos de sangre. Y había sufrido el ataque de su yerno, el asesino de la familia Perrota. “Es un monstruo, salvá a tu hermana, yo estoy bien”, suplicaba incrédula mientras se desangraba. Daniel, su hijo, conducía la camioneta rumbo a la Asociación Española. En Avenida Italia y Solano López, lo repitió por última vez: “Es un monstruo”.
“Yo se lo presenté a ella hace siete años”, se lamenta el contador Hugo Perrota, quien perdió en la noche del domingo a su esposa, su hija y su nieto. La madre del empresario que reconoció ayer el triple asesinato era cliente del estudio contable de Perrota. “Al principio era todo bandejas servidas, porque nosotros poníamos plata. Él es de guita también, pero no larga un mango”, cuenta Hugo en el Juzgado de Ciudad de la Costa, mientras espera que el juez Juvenal Javier lo llame para tomarle declaraciones.
Dos años después de conocerse, Andrea y su pareja decidieron vivir juntos. Construyeron el hogar de dos pisos sobre la costa de El Pinar, en una manzana que pertenece a la familia Perrota. En una casa vivían Hugo y Marta, en otra Andrea y su pareja y en la tercera Daniel y su familia. A su vez, en esa misma manzana, el 9 de julio de este año, Andrea había inaugurado el Caracalla Spa.
Andrea, de 39 años, era grado 3 en la Universidad de la República y trabajaba como cirujana en Comeca, la Española, el Hospital Policial y el Sanatorio Americano. Su pareja, de 44 años,es dueño de un flota de cinco taxis.
En 2011, la mujer viajó a Alemania a realizar un posgrado. Al poco tiempo de volver, comenzó a crecerle la panza. “Después que quedó embarazada, él quería que se lo sacase”, cuenta Perrota. “Mi hija dijo que no, y ahí empezaron los problemas”, agrega.
La diferencia: US$ 50.000
“Al nene nunca le compró un par de medias ni un chupete. No quería saber nada con él”, se lamenta el abuelo. Después del nacimiento del bebé, la relación entre la pareja se deterioró. “Ella dormía en el segundo piso y él abajo”, explica Hugo, quien en todo momento, hace referencia a las discrepancias económicas.
“Mi mujer le lavaba la ropa y se la planchaba. Los gastos de toda la casa los pagaba mi hija”, recuerda el contador, antes de comenzar a insultar.
El jueves Andrea radicó una denuncia en la Seccional 27 por violencia doméstica. Esa misma tarde, se fue a lo de sus padres con su hijo. Ella quería que él abandonara la casa, pero el empresario pretendía algo a cambio.
En la mañana del domingo, discutieron otra vez. La madre del hombre habló entonces con Andrea para proponerle un acuerdo. Él se iría si le daban lo que había gastado en la construcción de la casa: US$ 50.000.
Andrea, Marta y Hugo pasaron la tarde del domingo sacando cuentas. Los números no cerraban. Según Hugo, él no había gastado ese dinero en el hogar.
El domingo a la hora 18.30, Andrea fue con el bebé a buscar ropa para cambiarlo.
Minutos más tarde, en la casa de al lado, sonó el teléfono. Atendió Marta: “Vení, mamá, vení, mamá, que tengo problemas”, decía Andrea del otro lado del tubo. “¿Pasa algo?”, le preguntó Hugo a su esposa. “No, nada. Vos no vengas”, dijo Marta.
Escena y lamento
Hugo no escuchó los gritos de su esposa. Estaba mirando el informativo central en la televisión. Daniel, sin embargo, sintió el llamado, cruzó el patio y se encontró con su madre sentada en una silla, su hermana tirada en el piso y su sobrino degollado.
El autor del crimen, su cuñado, ya se había ido. Daniel llamó por teléfono a Martín, el vecino.
“Es un monstruo, salvá a tu hermana, yo estoy bien”, repetía Marta. Martín le pidió que la llevara a un médico. Le dijo que él se encargaría de Andrea y del bebé. Marta cruzó el jardín interior caminando, hasta la casa de Daniel, quien la cargó en un auto y la llevó agonizando hasta la Asociación Española, donde falleció.
“Sentí que el bebé todavía estaba caliente”, cuenta Martín. Prendió el auto y lo llevó hasta el Hospital de Lagomar.
Otro vecino fue a buscar a Hugo. Perrota caminó con un revólver nueve milímetros hacia la casa contigua. Solo quedaban charcos de sangre y el cuerpo de su hija. “Si yo iba antes, no pasaba esto”, murmura en el juzgado.
Procesado con prisión
Prefectura encontró al asesino en la mañana del lunes en un médano de la parada 33 de El Pinar. Luego de reconstruir los hechos del crimen, el juez penal de la Costa, Juvenal Javier, dijo a la prensa: “Es un hecho dantesco”.
El juez procesó con prisión al hombre por dos homicidios especialmente agravados y uno, el de su suegra, muy especialmente agravado. El asesino declaró que mató a Marta para cubrir la muerte de su esposa y su hijo.
“Me cortó la felicidad”, dice Perrota antes de partir hacia la morgue a reconocer el cuerpo del bebé.






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