Nuestra torre inclinada del Pisa

Las pruebas Pisa han sido víctimas del extremismo y la obcecación ideológica frenteamplista
El titular no podía sino dejarme atónito: "Datos de economía y enseñanza dan optimismo al gobierno", rezaba la portada de Búsqueda el 8 de diciembre. Y, para ratificar la sorpresa, en el cuerpo de la edición se nos transmitía el inocultable regodeo del presidente del Codicen, Wilson Netto: "Claramente, ha sido esta mañana una jornada más que interesante". ¡Oh!
¿Y por qué?

Se pecharon por aclararlo el mismo Netto y el director de Investigación y Estadística de ANEP, Andrés Peri: Uruguay venía de obtener "los mejores puntajes de su historia (sic) en dos de las tres áreas que examina" el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA), que auspicia la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).

Apronten, pues, las campanas. En su quinta comparecencia a la evaluación que PISA presenta cada tres años y tras jerarquizar resultados de pruebas estudiantiles en 65 países, Uruguay, según dice la nota que dicen los jerarcas, exhibe este año "registros récord (sic) en Ciencias (435) y Lectura (437) ... en Matemática 418 puntos, menos que su mejor resultado (427 en 2006 y 2009), pero superior a los 409 de 2012".

Y así, de la noche a la mañana, las absurdas pruebas PISA que el sistema educativo uruguayo había ridiculizado tres años atrás, amenazando incluso con interrumpir su participación en el programa, han resultado ungidas por el óleo de la respetabilidad burocrática.

La alquimia frenteamplista ha logrado un nuevo milagro: el de descalificar primero, urbi et orbi, el valor de un programa internacional de evaluación académica; el de exhibirlo hoy como un espaldarazo a su trágico fracaso como administradora de la enseñanza pública; el de jugar, sin pudor, a la mosqueta de las cifras.

Empecemos por esto último. El informe de este año aclara, en un anexo referido por Pablo Ravela en el portal 180.com.uy, que la edición 2015 que ahora conocemos incluye cambios metodológicos en relación con los informes anteriores, y estos cambios alteran, hacia el pasado y para diferentes grupos de países en cada disciplina, los números que se presentaran.

En el caso de Uruguay, estamos alcanzados por la corrección tanto en Ciencias, como en
Lectura y Matemáticas, por lo que debemos referir nuestra interpretación no a los números que lucen en el cuerpo del informe y que tan contentos han dejado a Netto y sus muchachos, sino a los que lucen en el anexo, ajustados como puntaje obtenido al emplear la metodología anterior.

¿Y qué nos dicen esos números ajustados? Pues que en Ciencias, donde Uruguay cayera 9 puntos entre 2006 y 2012, ahora mejoramos 7 entre 2012 y 2015. En Lectura, donde cayéramos 11 puntos entre 2009 y 2012, hemos mejorado 13. Y en Matemáticas, donde cayéramos 20 puntos entre 2006 y 2009, hoy estamos apenas un punto por encima de 2012.

Todo lo cual, analizado bajo el estricto prisma de la estadística, es lo que esa disciplina llama irrelevante, a la hora de ubicar a Uruguay en el triste pelotón en el que consistentemente está... o en el que cae, si tenemos en cuenta el hecho de que los registros de los propios países de la OCDE también caen.

¿Y esta mediocridad es lo que celebran Netto y Peri, Peri y Netto, desde el miércoles en todos los medios?

Las pruebas PISA han sido, como todo lo que hay bajo el sol, víctimas del extremismo y la obcecación ideológica frenteamplista. El mismo gobierno que ha corrido, presuroso, a desmantelar su industria financiera a fin de oficiar de cancerbero de las tesorerías de los países integrantes de la OCDE, es el que tuvo y aún tiene la hipocresía de atribuir a las pruebas una intencionalidad "neoliberal" (¡!), o sesgada hacia la economía de mercado.

La realidad, sin embargo, no puede circular por un andarivel más lejano. Si de algo han servido las pruebas, lo ha sido para restar relumbre a sistemas educativos hasta entonces tenidos por sobresalientes, como el estadounidense, dejando en evidencia que la mera competencia entre centros académicos, o la estandarización de los programas y pruebas, o la sola tecnificación de la formación docente, no redundan inexorablemente en mejores aulas.

Al mismo tiempo, el PISA presenta otros problemas, que naturalmente son ajenos al interés de nuestro vetusto sistema educativo, y que nos cortarán, como el cuchillo lo hace con la manteca y la OCDE ya lo hiciera con nuestro sistema tributario y financiero, sin que nadie atine a defender el interés nacional: la ciega generalización de las pruebas estandarizadas; la soterrada irrupción de los emprendimientos corporativos que las burocracias apañan (como los gigantes McGraw-Hill Education, o Pearson) y sus instrumentos de enseñanza y evaluación.

Y, por cierto, la homogeneización de lo que no puede ser equiparado. Como las dos horas diarias que los quinceañeros de Shanghái invierten en hacer deberes, contra el casi 30% de los alumnos de escuelas públicas uruguayas que llegan a sexto año con más edad de la que debieran, y que son 43% en el caso de los más pobres.

Lo que nos trae, una vez más, a la realidad. Porque la realidad no son estos juegos publicitarios o concursos internacionales de belleza académica en los que se embarca el fracasado equipo que administra en los hechos la enseñanza pública uruguaya desde hace, por lo menos, 30 años, sino la peligrosamente inclinada torre de Pisa en la que ha terminado por convertirse esa enseñanza.

Es que si de la OCDE se trata (y sería bueno que algún día alguien nos explicara qué tiene que ver con la enseñanza en Uruguay una entidad que fuera creada en 1948 para administrar el Plan Marshall en Europa), podríamos recordar lo que uno de sus informes nos revelara pocos días antes de conocerse los resultados de las traídas y llevadas pruebas.

Allí, los técnicos contratados diagnosticaron el sistema formal de gestión de la enseñanza pública. Y es casi un calco de todo lo demás que hemos puesto en esa órbita: se gasta mucho; lo que se gasta es insuficiente; se gasta mal; las responsabilidades no están claras; no hay descentralización, ni inspecciones relevantes, y el cuerpo docente puede y debe rendir más.

De estas aguas es que salen, claro, los lodos que ya conocemos, y han pasado ya a ser conversación de peluquería: que un tercio de los estudiantes deserta sus estudios tras completar la primaria; que, de esos, otro tercio deserta al calificar para el bachillerato; que los índices de repetición son repugnantes, y solo pueden abatirse mediante amañadas amnistías curriculares; que los índices de asistencia voluntaria de los alumnos primarios y secundarios asustan, si no fuera porque asustan más los involuntarios, rígidamente aplicados por los sindicatos docentes.

Y que, por cierto, todo ello golpea, como un martillo del más pesado plomo, sobre los uruguayos que ahora llamamos "el quintil" más bajo: las únicas y ya irredimibles víctimas de más de una década de inconducente cháchara frenteamplista, hoy y mañana inempleables (aunque sí sindicalizables).

La educación pública es el exclusivo, excluyente y principalísimo terreno en el que las sociedades deben librar su batalla por la única igualdad posible, que es la de las oportunidades.

Allí debe desplegarse, por ende, la suma del talento y el esfuerzo de los individuos, empresas y familias, por cuanto en esa puja es que se juegan los valores sagrados de la seguridad y la libertad, los del derecho a la intimidad, a la felicidad y al desarrollo personal. Allí se reclutan los talentos que precisamos para emprender, con los que por fuerza tenemos que asociar los nuestros, y los que darán calidad y valor a nuestras familias.

Más de 30 años de desidia y programada destrucción educativa, empeñada en hacer de las aulas tortuosos experimentos de improvisada ingeniería social son más que suficientes para entender que la torre inclinada de nuestra educación pública precisa ser apuntalada por una ciudadanía activa, o caerá sin remedio sobre nuestras cabezas.

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