Nueva vida de las huertas soviéticas

De mañana con bolsas vacías y de tarde con una selección de la cosecha. Así van y vienen las mujeres mayores en Rusia, que se apoderan del transporte público en los meses que el clima las deja trabajar sus huertas

Por Nicolás Kronfeld

Es sábado y demasiado temprano para que el ómnibus que se acerca esté tan lleno. Es extraño que casi todos sus pasajeros sean mujeres mayores, ancianas rusas que van quién sabe dónde. Cuando busco el cartel con los precios del viaje me llama la atención que figure la categoría "paquete" y que cueste apenas menos que el boleto de adulto. Voy de paseo por Suzdal, un pueblo que supera por poco los 10.000 habitantes y tiene más historia que presente. Voy, y lo sabré dentro de unas horas, en el horario equivocado.

Al atardecer la escena es similar. Ómnibus lleno, mayoría de mujeres mayores, pero esta vez con bolsas repletas de frutas y verduras. Son tantas y algunas van tan desbordadas que la primera maniobra brusca provoca un éxodo de papas. A los pocos minutos, una frenada repentina pone a rodar muchos frutos del bosque, minúsculos y ágiles, tantos que nadie atina a recuperarlos.

Soy testigo del fenómeno de las dachas, esas huertas orgánicas que algunas familias recibían durante la era zarista y soviética en Rusia. En los inicios, se trataba de una casa para veraneo. Luego, con el fracaso de la planificación agrícola centralizada del sistema que lideró Lenin, se convirtieron en una fuente de subsistencia para aquellos que pasaban hambre. Ahora, son parte de una tradición y herencia de una época de vacas flacas que dejó un pedacito de cielo para los que no aguantan tanto tiempo encerrados o en la locura de la ciudad. Soy víctima de la redención de las babushkas —que significa abuelita en ruso—, término que utilizan para llamar a las mujeres mayores por acá.

Hibernar y respirar

El invierno ruso petrifica y las mujeres más grandes son las que peor lo pasan. Muy a menudo viudas, se encierran para estar a salvo del clima hostil, pero los meses se acumulan y la rutina monótona de despertar, comer, calentarse y dormir no se rompe casi nunca. El único motivo de salida son las compras, más del tipo surtido de emergencia que del estilo ir de shopping, pero en muchos casos no alcanza para evitar la depresión.

Entonces, los meses se hacen largos y sobrevivirlos no es una forma lírica de decir atravesarlos, sino una explicación de lo que muchas abuelitas intentan hacer entre noviembre y marzo. Pero ellas soportan, esperan y cuando el sol asoma, atacan.

Su forma es pacífica, sin molestar a nadie y haciendo lo que no pueden durante el resto del año: pasar tiempo al aire libre. Viajan desde sus casas hasta las huertas que suelen ubicarse en los alrededores de las ciudades y se dedican a sacar lo mejor de ese pedacito de tierra que les da los frutos con los que agasajan a familiares y amigos. De mayo a diciembre, ellas son el centro de atención y los halagos por sus delicias se repiten en cada cena.

La tierra da lo que quiere pero ellas saben hacerla querer y si no hay variedad de frutos, la originalidad llega por otro lado. Aunque lo más sencillo es ver los frutos sobre la mesa, también las salsas y las mermeladas son consecuencia del trabajo de las abuelitas durante los meses de sol.

Además, la técnica de colocarlos en vinagre para conservarlos es uno de los aprendizajes que los rusos extrajeron de las dachas cuando estas eran su única fuente de alimento. Por eso, cuando en otoño crecen solo papas, las heladeras se llenan con los jarrones que hasta entonces descansaban en el garaje y la ensalada sigue siendo un ritual de cada comida.

En esta tradición también hay razones filosóficas, ideológicas y económicas. Los argumentos del espíritu dicen que al cultivar en casa se evita consumir productos con agroquímicos, además de mantener la conexión con la tierra y promover el estilo de vida autosustentable.

En el terreno de lo ideológico, hay quienes encuentran un escape al sistema capitalista en esta forma de producción. Aunque la Unión Soviética terminó en 1991 y representa un tiempo difícil para muchos, hay quienes recuerdan la época con nostalgia, principalmente debido a la situación posterior a su caída: casi una década de violencia, pobreza e inseguridad extremas.

Además, comer de lo que ellos mismos producen significa ahorrar y aunque la razón económica no era la más fuerte, la tendencia está cambiando. El 40% de la comida que se vende en Rusia es importada y la moneda sufrió una devaluación gigante en los últimos años, por lo que los precios de frutas y verduras subieron mucho. Esta realidad hace que muchos argumenten su cariño por el autocultivo basados en el cuidado de su bolsillo.

De todos modos, los números son menos intensos que el sentir popular. Aunque las babushkas hablen de fertilizantes y pesticidas como si comentaran qué loco está el clima o qué buen mozo es el novio de su nieta más joven, la ciudad y el campo viven realidades diferentes. Un buen número de rusos cultivan sus dachas, pero solo el 15% de los vegetales del país son producidos por habitantes urbanos.

Ellas, las abuelitas del país más grande del mundo, no se preocupan por las razones: con recuerdos todavía frescos de aquellos tiempos de escasez de alimentos, siembran orgullosas y cuidan con detalle su tesoro, que tiempo después se traduce en delicia sobre la mesa familiar.

Un regalo, varios significados

Es cuestión de alejarse un poco de las ciudades o centros poblados para ver las dachas. Las calles dejan de ser todas asfaltadas y el espacio para el tráfico es muy estrecho, tanto que a veces los autos tienen que refugiarse en entradas de garajes cuando viene otro vehículo en sentido contrario.

Muchas de madera, con poca decoración y sin grandes construcciones, las dachas son reconocibles porque toda su tierra está en uso. Los pasajes para caminar entre cultivos son mínimos y en ese escenario, una abuelita de 70 años es mucho más rápida que un joven de la ciudad.

Papas, pepinos, calabazas, tomates y cebollas son los vegetales más populares, mientras que entre las frutas se destacan manzanas y el grupo de frutos silvestres (moras y frambuesas, más que nada). Los más ricos —los que muestran más diferencia de sabor entre los de supermercado y los de la dacha— son los tomates, manjar de las babushkas.

La palabra dacha significa "algo dado" y tiene su origen en la época de los zares, cuando estos regalaban a sus ayudantes favoritos un espacio para recreación en el que podrían relajarse sin alejarse tanto de la ciudad. Sobre 1900, la dacha comenzó a ser el retiro preferido de verano para la clase media y alta rusa, pero los campos eran sembrados con flores, no con alimentos.

Una vez comenzada la Unión Soviética, en 1922, las propiedades pasaron a ser del Estado y empezaron a repartirse entre la elite del Partido Comunista y su nueva nobleza de artistas y científicos afines al régimen. Luego, algunos trabajadores de fábricas recibieron una dacha como casa de verano a la que iban durante los fines de semana. Una parte de la definición implica que no se trate del lugar en el que se vive todo el año sino que sea un lugar para ir a descansar cada cierto tiempo.

La mayoría de las huertas están juntas en una especie de "zona de dachas" cercanas a las grandes ciudades y son de 600 metros cuadrados. En la década de 1980 más de un tercio de los pobladores urbanos tenían una casa de campo y en 1995 ya la tenían el 25% de las familias de ciudad. Pero además del número, cambiaron las condiciones. Al principio no tenían saneamiento ni podían alojar con comodidad a sus dueños. Eran más un consuelo que un sueño, eran la solución para que millones de personas pertenecientes a la clase obrera accedieran a una casa de veraneo. Luego, antes y después de la segunda guerra mundial, en Rusia no había espacio para las quejas ni para discutir acerca de placeres y dónde prefieren veranear los demás. Por eso, ya nadie las veía con el espíritu recreacional con el que fueron creadas, más bien eran oportunidades para aumentar la cantidad de comida a la que accedían los citadinos.

Más cerca en el tiempo, el aumento en el nivel de vida de los rusos provocó que muchos dueños de dachas realizaran reformas y mejoras a sus huertas. Actualmente, muchas están equipadas y aptas para ser habitadas todo el año.

La redención de las abuelitas


Mujeres sacrificadas

No son solo arrugas. Es piel engrosada, generalmente amarronada, medio seca. Son manos ásperas, uñas rotas, piel cuarteada. Son viejas. Así lucen la mayoría de las babushkas rusas; trofeos vivientes de guerra, hambre y vidas difíciles. Las mismas jóvenes altas, rubias y de ojos claros, envejecen con crudeza y se vuelven frágiles a la vista, aunque no renuncian al sacrificio y el trabajo duro.

Las primeras babushkas que veo vendiendo lo que producen en su dacha están en un mercado local de un pueblo en las afueras de Moscú. Me explican que están ahí un poco por necesidad y un poco porque les gusta pasar tiempo al aire libre, hablar con gente, exhibir sus productos, mostrar su orgullo.

Luego, veo muchas, demasiadas, en las salidas de las estaciones de metro de San Petersburgo y Moscú. Y ya no puede ser. Día tras día, a cualquier hora, ahí están ellas, sentadas sobre algún cajón dado vuelta, encorvadas y con semblante triste, esperando que alguien compre lo que ellas cultivaron.

Son mujeres de 70 años o más que vivieron el régimen comunista de fronteras cerradas y persecución estalinista, hijas de soldados que lucharon contra el nazismo en una guerra que Rusia ganó pero cuyo precio fue extremadamente alto y las viudas se volvieron epidemia. Son mujeres de posguerra que vivieron la salida de la Unión Soviética y fueron testigo de las mafias rusas, la delincuencia en niveles impensados durante la década de 1990 y que hoy, con todo eso a cuestas, tampoco tienen un buen pasar.

Según un estudio de 2015 del Centro de Estudios de Ingresos y Estándares de Vida de Rusia, el campo de la salud es el más preocupante de todos. "Muertes tempranas y alta mortalidad asociada a salud débil" son las barreras principales de los adultos mayores de Rusia.

Otro aspecto que preocupa es la falta de "compromiso social y conexiones": casi el 60% de los adultos mayores rusos respondieron "cuidado de familiares" (nietos, por ejemplo) como única actividad social. Según la Encuesta Social Europea, solamente el 37.8% de los rusos mayores de 50 años pasan algún tiempo semanal con amigos, familia o colegas "por el mero hecho de socializar". El 25% de los rusos de 55 años o más tienen empleo, un porcentaje situado en la media de los países de la Unión Europea. Sin embargo, la razón por la que muchos rusos siguen en el mercado laboral responde en muchos casos al objetivo de "mantener su estándar de vida".

Pero las babushkas no se quejan. Ellas sufrieron demasiado como para quejarse por pensiones. Les basta con agazaparse durante el invierno, juntar fuerzas y estar prontas, listas para ver un rayo de sol que calienta el piso y salir para la dacha.

Dachas que se reinventan

En la actualidad, las dachas incorporaron usos modernos sin perder toda su esencia. Por eso, si bien hay dueños que las utilizan para mostrar su prosperidad económica y difundir su estatus, también existen dachnikis (granjeros) y se refiere a aquellos que se mudan a vivir a la huerta y adoptan un estilo de vida más simple y natural.

Además de para cultivar, las dachas de hoy son utilizadas para reuniones familiares o como base de los aficionados a la pesca o la caza. Mientras algunos pueden aprovechar la escapada para disfrutar de unos días de tranquilidad y distensión, hay quienes organizan fiestas interminables al compás de los tragos de vodka.

Es viernes de noche y el tráfico en las rutas es un resumen de las dachas de hoy. Como cada fin de semana entre mayo y setiembre, los autos que viajan hacia afuera de la ciudad se acumulan y quedan atrapados en embotellamientos que traducen una distancia de 75 kilómetros en más de tres horas de viaje. Pero hay un detalle diferente: en los asientos vacíos hay cajas de cartón y envases de plástico llenos de semillas, señal inconfundible de que alguien está yendo a su huerta, en busca de la paz y el aire fresco que la ciudad no le brinda.