O que será

Brasil, que fue un laboratorio del éxito y luego del fracaso, desnuda sus débiles instituciones y convicciones

En Brasil la intolerancia política sube como espuma, en un proceso similar al argentino. El sistema democrático no tiene ni por asomo el arraigo que alcanza en Uruguay. Los manifestantes a favor y contra la presidenta Dilma Rousseff, divididos por el dogmatismo y el odio, tienen un perfil similar: educación superior y renta alta. Pero la mayor parte del cuerpo social, aunque también tome partido, está lejos de ese huracán de pasiones.

La disconformidad es antigua. Ya desde junio de 2013 una multitud de jóvenes vagamente de izquierdas salió a las calles a protestar por el precio del transporte, la mala calidad del gasto público, el dispendioso Mundial de fútbol 2014, la corrupción sistemática. Esas protestas acabaron cuando fueron copadas por grupos violentos de ultraizquierda.

El descontento con el gobierno de Dilma es más fuerte en el sur y el centro del país, de mayor desarrollo, en tanto el PT tiene más apoyo relativo en el nordeste y en las zonas más deprimidas, beneficiarias de los subsidios oficiales. El desempleo va de apenas 4% en Santa Catarina, en el sur, hasta 14% en Bahía. Pero la división atraviesa todas las clases sociales y regiones.

"La amarga lucha por el poder refleja la debilidad institucional" en toda América Latina, escribió un periodista del Financial Times. "No se construyeron instituciones más fuertes durante los años de bonanza". La popularidad de los líderes latinoamericanos, que fue muy alta, se derrumbó junto al precio de los commodities.

No sólo desea la caída de Dilma una oligarquía insatisfecha y clasista –aliada a la omnipresente y tendenciosa Rede Globo–, sino también amplios sectores que ven como sus puestos de trabajo y sus negocios languidecen día a día, año tras año, corroídos por la peor y más larga recesión desde los años '30. Millones de personas han vuelto a la pobreza.

El auge de Brasil se gestó en tiempos de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), autor de la estabilización política y económica, y se disparó durante la era de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), antiguo sindicalista y líder del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT).

Pero la bonanza económica, muy dependiente de la demanda china, se enfrió a partir de 2012, durante el gobierno de Rousseff, quien debía cuidarle el puesto a Lula para, eventualmente, devolvérselo en 2019. Brasil todavía ocupa un modesto puesto 75º en el ranking de desarrollo humano del PNUD (Argentina: 40, Chile: 42, Uruguay: 52).

Los déficits insostenibles provocaron la pérdida del grado inversor, lo que encareció el financiamiento y provocó fugas masivas de capital. Brasil, que estuvo de moda con los Brics, ya no lo está.

El caos político agrava la depresión. La situación es tan loca que, a medida que la destitución de Dilma se torna viable, la moneda, el real, se fortalece y la bolsa de San Pablo sube. Claro que, de la misma forma, mañana pueden caer en picada. Los capitalistas, que ganaron mucho como aliados del PT entre 2003 y 2012, han perdido toda esperanza de que ella pueda desencallar el barco y apuestan por un salto al vacío.

La atomización política brasileña es tan incomprensible como la facilidad con la que cambian de bando por cargos y monedas. Muchos brasileños miran a los pobladores de Brasilia –políticos, burócratas, lobistas, diplomáticos– como a una banda de juerguistas y tránsfugas degenerados. Uno de esos desertores es Michel Temer, cuyo puesto de vicepresidente de la República indica, por un lado, la fragilidad de la alianza que llevó a Dilma al gobierno; y, por otro, el oportunismo del PMDB, partido acomodaticio que se divorció del PT y ahora podría quedarse con la Presidencia.

Casi nadie sale del todo bien parado. Dilma luce torpe y confundida; Lula, el más aventajado de los participantes, hartó a muchas con su arrogancia; el juez Sergio Moro, que pareció un intocable dispuesto a acabar con la eterna corrupción de Brasil, transformó su trabajo en algo parecido a una persecución personal; antiguos líderes políticos del PT, de la oposición, del Estado o de la empresa, hablan como loros indignos cuando van a la cárcel.

La "delación premiada" provocó una hecatombe. Políticos y burócratas se graban unos a otros para protegerse, y lo entregan a los jueces si es preciso. El puzle ofrece "un panorama excepcional de la forma en que un partido de izquierda que llegó al poder y juró acabar con la corrupción de una élite política privilegiada terminó adoptando las prácticas de sus predecesores", narró The New York Times.

Las alternativas de corto plazo ponen los pelos de punta. Difícilmente salga algo bueno de una batalla sangrienta para tumbar a Dilma. Michel Temer, el candidato a presidente menos popular del mundo, ha sido comparado con justicia con un mayordomo de película de terror.


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