Oh cielos, qué horror

El género de terror sigue dando de sí, tal como lo atestigua la magnífica serie Stranger Things que el servicio Netflix estrenó hace algunas semanas y del que todo el mundo está hablando
La del título es una frase célebre de un personaje entrañable de mi infancia. La decía Tristón, el famoso ladero de Leoncio el León y Tristón, una serie de dibujos animados de Hanna y Barbera de los sesentas, que llegaba con retraso a este escondido sur. Tristón era una hiena pero no tenía ninguna razón para reírse, en tanto que Leoncio veía la vida con un optimismo a prueba de cualquier contrariedad que proveyera la dura realidad.

El género de terror se basa en que los agonistas tengan una suerte de optimismo similar al de Leoncio, que sientan que la maldad, aún con poderes sobrenaturales, no los podrá vencer. Es por esa razón que enfrentan con temeridad los peligros más terribles sin más pérdida que la de algún personaje secundario.

Que yo sepa, se suponía que el género había dado ya todas las señales de agotamiento posibles, desde que en el siglo XVIII se popularizara el "terror gótico", con la aparición de El castillo de Otranto, de Horace Walpole.

Walpole usó un truco literario tomado de Miguel de Cervantes. Pretendió ser el traductor de una obra original italiana del siglo XVI, tal como el manco de Lepanto simuló que gran parte del texto del Quijote era una traducción del árabe.

A partir de entonces, apareció un género de ficción que lograba que el lector pudiera vivir una aventura escalofriante sin morir en el intento. La idea floreció en el siglo XIX, con Frankenstein, de Mary Shelley, las pesadillas terribles de Edgar Allan Poe y el clásico de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hide.

El apogeo del género fue en el siglo XX, que empezó con las novelas por entregas de las revistas y floreció en el cine, que parecía haber sido creado para recrear los peores horrores de la imaginación. El primer gran autor del siglo fue H. P Lovecraft y su sucesor contemporáneo es el gran Stephen King.
Los puntos más altos se lograron en la década de los ochentas del siglo pasado. El resplandor, Poltergeist y La cosa, entre varios otros, se convirtieron en clásicos del terror en el cine. A esa época heroica es la que rinde homenaje la nueva serie de Netflix, Stranger Things.

El desafío era interesante, porque parecía que el género de terror estaba condenado a ser un subgénero de comedia, en un mundo posmoderno en el que los propios personajes conocen los trucos.

Entonces lo primero fue ambientar la serie en los años ochenta, en un mundo apacible y suburbano, con personajes creíbles y entrañables, como lo son el trío de niños que buscan a su amigo desaparecido. Todos ellos son nerds, pero se topan con una niña mucho más rara que ellos y la adoptan para emprender la aventura. La ingenuidad del punto de vista de esos niños del siglo pasado les da una perspectiva inmejorable para enfrentar los horrores del mal.

Las huestes del bien también cuentan con una pareja de adultos muy singular, el comisario y la madre del niño desaparecido, que forman una pareja de casi perdedores que resultaron más guerreros de lo que cabía imaginar.

El conjunto es una suerte de realismo nostálgico en el que se manifiesta el terror como Dios manda, con una buena dosis de humor pero sin reírse de sus propios métodos –como sucedía en toda la saga Scream–, sino como un homenaje a un pasado reciente y su cine.

La primera temporada vale la pena. Los personajes son convincentes y logran hacerse querer, incluso el profesor de ciencias, que hace el papel de Google en tiempos previos a la interconexión planetaria.
Ya se puede prever que lo mejor sucedió en esta temporada, como suele pasar en las series. Pero está claro que le voy a dar una oportunidad a la segunda, cómo no. Es un mundo que vale la pena seguir explorando.

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