Olvidando a Dory

La nueva película de Pixar no logra estar a la altura de su antecesora, pero su fauna marítima tiene el carisma suficiente para entretener al público

El cine padece de una fiebre de secuelas. Ese es el último diagnóstico con que los periodistas y críticos estadounidenses han diagnosticado a Hollywood. Una seguidilla reciente de estrenos compuesta de segundas partes que no han estado a la altura de sus primeras, ya sea a nivel narrativo o en cuanto a recaudación, es lo que señalan.

Con la carga más pesada de expectativas de todas las películas que llegarán en vacaciones de invierno a Uruguay, desde hoy se podrá ver Buscando a Dory, el nuevo filme de los estudios de animación Pixar. Y aunque se posiciona como una fuerte candidata para atraer a gran afluencia de público infantil, adolescente y adulto, la secuela sufre otro de los síntomas de esta enfermedad: la falta de inspiración.

Su antecesora, Buscando a Nemo, se estrenó hace 13 años y desde entonces alcanzó su lugar entre lo mejor por parte del estudio de animación, hoy parte del conglomerado de Disney. Como en Toy Story, Up: una aventura de altura, Wall-E e Intensa-Mente, Buscando a Nemo se produjo dentro de la fórmula de encanto multigeneracional que hizo de Pixar el campeón de la animación de la década de 2000. Dirigida por Andrew Stanton y Lee Unkrich, Nemo presentó un relato emocional protagonizado por un padre en la búsqueda de su hijo a través de los océanos. Ese viaje da lugar a la aparición de una galería variopinta de animales marítimos entrañables –tortugas surfers, tiburones vegetarianos y gaviotas mentecatas, por ejemplo–, que proveían las risas de la película.

Pero además de la dupla del pez payaso Merlin y su hijo con problemas para nadar, Nemo, era Dory –un pez con problemas de memoria a corto plazo– la otra presencia más memorable de la película. Con sus canciones sobre nadar, su capacidad para "hablar" el dialecto de las ballenas y su incapacidad de recordar los sucesos más recientes –y aprender a lidiar con ello–, para varios Dory se convirtió en la heroína del filme.

En Buscando a Dory, la olvidadiza pez tiene aquí la oportunidad de emprender su propio viaje, en este caso para buscar a sus padres, a quienes extravió durante su infancia y luego olvidó. El filme inicia con un preludio sobre el trágico incidente, al mismo tiempo que avanza en el tiempo, con Dory creciendo hasta la edad con la que se la conoce, para acoplarse exactamente con su primera aparición en Buscando a Nemo.

Y parece ser a partir de ese exacto momento, el de la unión entre ambas entregas, que el encanto de toda la película comienza a disiparse. Todos los rasgos que hacían del pez –doblado por Ellen DeGeneres en la versión en inglés– un personaje muy carismático, encuentran su origen en la infancia huérfana de Dory, una exploración mucho más trágica de lo que la película presenta rápidamente.

Es cierto que la búsqueda del título es una más introspectiva que la primera parte de esta serie, pero Buscando a Dory no solo repite una premisa similar a la de Buscando a Nemo, sino que abusa de recursos ya vistos como los olvidos de su protagonista. Esto hace que la película se vuelva cansina y repetitiva.

A su favor sí se encuentran los casi 13 años de avances en la tecnología de animación, con los que Buscando a Dory sube la apuesta en varios sentidos técnicos. Los entornos, tanto marítimos como terrestres, se sienten aun más verosímiles y la luz y los colores son explotados de una forma maravillosa, particularmente en dos tercios de la película que suceden en un instituto de biología marina abierto al público.

En tanto, Stanton y su nuevo codirector Angus MacLane vuelven a presentar una variedad de animales marinos de comportamientos hilarantes que hacen que la película sea un entretenimiento asegurado para la mayor parte del público. Entre ellos, se destacan un pulpo capaz de camuflarse donde sea y una ballena beluga que entrena su capacidad de colocación.

Llama la atención, de todas formas, la práctica recurrente de Pixar de incluir y burlarse de personajes con ciertas deficiencias mentales: en Dory hay una foca sin capacidad de habla en un mundo de animales inteligentes.

Son pequeños pero incómodos detalles que provocarán que el público más exigente que vea este filme trate de emular a la protagonista en su rasgo más característico: olvidar.


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