Onegin: bello ballet del desencanto

El BNS cierra el año con Onegin, obra cumbre de Cranko, con una María Riccetto conmovedora
Por Fernanda Muslera - Especial para El Observador

Pocas escenas más hermosas en el ballet como la del acto de Onegin en la que la joven e inocente Tatiana cae dormida una noche mientras le escribe una carta de amor al hombre distante que le ha endemoniado el corazón. En sus sueños se dirige al espejo de su cuarto y allí aparece el apuesto caballero, quien cruza ese artefacto que la literatura ha convertido en puerta a un mundo fantástico. Para Tatiana no hay mayor sueño que el de amar y ser amada por Onegin y entonces él cruza ese umbral, la luz se convierte en azulada y juntos comienzan a danzar.

Esta imagen es parte del espectáculo con el que el Ballet Nacional del Sodre (BNS) cierra otro muy buen año y con el protagónico en el elenco principal de María Noel Riccetto, quien demuestra que a sus 36 años no solo ejecuta con belleza cada paso, sino que su nivel de expresividad actoral está en su clímax.

Onegin es considerada la máxima creación del sudafricano John Cranko, que murió en 1973 a los 45 años, quien desarrolló su carrera al frente del ballet de Sttutgart, donde estrenó esta pieza en 1965. Está basada en la novela en verso de Aleksandr Pushkin, Eugene Onegin, que se estrenó como ópera en 1879, compuesta por Piotr Ilich Chaikovski. La adaptación y concepción de arreglos instrumentales y orquestación de la puesta de Cranko es del alemán Kurt-Heinz Stolze.

En Onegin, el protagonista, un dandy superfluo y cínico, llega al campo desde San Petersburgo y enamora a Tatiana en una fiesta, ese lugar que tan usualmente se convierte en espacio generador de tragedia en el ballet. Tatiana le entrega su carta de amor, pero él rechaza su romanticismo con desdén. Luego, por simple desidia, el joven baila y flirtea con Olga, la novia de su amigo Lenski y hermana de Tatiana, lo que causa el estupor de Lenski, quien lo reta a un duelo, para terminar muerto por una bala de Onegin.

La obra de Pushkin, llamado "padre de la literatura rusa", se convirtió en una especie de premonición de la propia vida del escritor, quien murió a los 37 años luego de que un militar francés tuviera un comportamiento inapropiado con su esposa y el poeta lo retara a duelo.

Con profundidad

El trabajo técnico de la obra es maravilloso e interesante por lo diferente con otras puestas del BNS. Provenientes del Teatro Colón de Buenos Aires, la escenografía fue diseñada por el italiano Pier Luigi Samaritani y el vestuario es de la también italiana Roberta Guidi di Bagno. Con tres actos, la obra transcurre en seis lugares distintos, todos reconstruidos con exquisitez y con un vestuario a la altura. También hay un gran trabajo de iluminación a cargo del argentino Rubén Conde, del Teatro Colón, y un muy buen uso de los telones traslúcidos, que representan los recuerdos y la matriz onírica de la obra de una manera muy bella.

El elenco otra vez se mostró sólido, con una muy buena actuación del español Ciro Tamayo –quien siempre tiene un público que lo vitorea–, en el papel de Lenski, así como también de la venezolana Careliz Povea, en el rol de Olga.

Ciro Mansilla, bailarín entrerriano de 22 años que viene creciendo en el BNS, se mostró convincente desde lo actoral, en el rol principal, aunque un poco tenso en la danza en el primer acto. Pero sin dudas quien volvió a brillar fue Riccetto, que fluyó con su cuerpo y supo imprimir la frescura e ingenuidad de la joven Tatiana y el desconsuelo de su personaje años después, cuando ya casada y en buena posición ve retornar a Onegin, que le confiesa su amor insistentemente. Demasiado tarde para una segunda oportunidad, la escena final, la del desconsuelo de lo que pudo ser y no fue, es inolvidable, y Riccetto hace saltar lágrimas en su último minuto sobre el escenario.

Pero si hay algo que hace especial a Onegin, además de la música de Chaikovski, es la historia que yace detrás, algo que en otros ballets resulta más anecdótico. Cranko trasladó con mano maestra el libro de Pushkin al ballet y lo hizo entendiendo la estupidez de la muerte de Lenski, el dolor del fin de la inocencia de Tatiana y el desgano de vivir del protagonista. Es difícil no identificarse con el desmoronamiento de las ilusiones o incluso con la distancia cínica hacia la vida; quizá por eso la profundidad de Onegin pasa del cuerpo de los bailarines al de los espectadores. l

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