Osama Bin Laden: la cultura del miedo

“La yihad continuará incluso si yo no estoy”

Por Lucía Cohen

Era ingeniero y multimillonario, pero su obra más reconocida fue la de tirar abajo el símbolo de la cultura capitalista estadounidense, asesinando a miles de personas. Osama bin Laden comenzó su relación con el país norteamericano a los 22 años, cuando fue reclutado como agente de la CIA. Su rol: la administración del dinero del organismo en Afganistán para atraer islámicos en la lucha contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Al triunfar, regresó a Arabia Saudita y fue un héroe.

Pero al término de la primera guerra del Golfo, Bin Laden, nacido el 10 de marzo de 1957 en Riad (Arabia Saudita), ya había estructurado su antinorteamericanismo. Aquel que lo llevaría a cometer las mayores atrocidades en el marco de la guerra santa, una lucha despiadada contra los judíos, estadounidenses e "infieles". Contra todos aquellos que no respetaran literalmente la sharía, esa manoseada ley que proviene del Corán y de otras escrituras musulmanas, y que, entre varias reglas, insta a amputar la mano del ladrón.

Aunque educado en institutos seculares, Bin Laden –el número 17 de 52 hermanos, unidos por el mismo padre, el empresario Mohamhed bin Laden– se adentró en el islam más radical, siguió y promovió ese código legal. Ya en 1992, le quitaron el pasaporte saudita.

Creó "La Base", Al Qaeda, con el fin de colaborar con aquellos que se sumaban a la batalla contra la URSS en Afganistán. En 1993 esa red terrorista financió un atentado contra la torre norte del World Trade Center, primer embate contra este ícono estadounidense, que mató a seis personas e hirió a más de 1.000. En 1998, instó a luchar contra Estados Unidos y atacó las embajadas de ese país en Tanzania y Kenia.

El 11 de setiembre de 2001 hizo estrellar dos aviones contra las Torres Gemelas en Nueva York. Bin Laden se convirtió así en el enemigo número uno de Occidente: mató a 3.000 personas y dejó 6.000 heridos. También atacó el Pentágono. Desde entonces, y por 10 años, fue el hombre más buscado. Y su muerte representó uno de los logros indiscutibles, si no el mayor, de la primera presidencia de Barack Obama. Un triunfo que también debe reconocérsele a Hillary Clinton, quien entonces era la secretaria de Estado y aconsejó al presidente concretar la operación.

Este monstruo que cambió la historia, cuyos ataques hundieron a Occidente en la cultura del miedo, que trajo consigo el aumento de la seguridad en los aeropuertos y legitimó la sospecha de los blancos hacia los barbudos con pinta de musulmanes, promovía que todos, incluso los civiles, eran objetivos a eliminar. Lo merecían por infieles, se justificaba.

Pero todo esto, que se asemeja a la definición del mal, parecería estar en las antípodas de la imagen que transmitía. Tal es así que Rahimullah Yusufzai, el periodista paquistaní que lo conoció, lo describió en un artículo publicado en The Guardian como "educado, tranquilo, muy civilizado y tímido".

Sus ataques más recordados en Occidente son los que golpearon, además de a EEUU, a Inglaterra y a España. Al 11-S se sumó el 11-M, en marzo de 2004, cuando cuatro trenes fueron dinamitados en Madrid, matando a casi 200 personas e hiriendo a unas 1.800. En Londres fue el 7 de julio de 2005, cuando el subte y un ómnibus fueron atacados: murieron 56 personas y hubo unos 700 heridos.

En 2011 la operación de un grupo militar de la Navy SEAL lo asesinó en Pakistán. Estados Unidos festejó. Pero además de haber dejado US$ 29 millones y de pedir que la mayoría del dinero fuera destinado a la guerra santa, el legado de Bin Laden fue una red terrorista global. Por sobre todo, instaló el miedo en Occidente, civilización de la cual la nación islámica solo dejaría de ser esclava a través de la sangre. Pues, según él, no había "otro camino" posible.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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