OTRO DÍA EN EL PARAÍSO (FISCAL)

Por Ricardo Calleja Rovira Doctor en Derecho (Universidad Complutense de Madrid). Miembro del Departamento de Ética de los Negocios del IESE Business School @ricardocrc

Los papeles de Panamá no cuentan nada que no imagináramos. Y han generado una reacción muy parecida a la de otros escándalos similares. Son un nuevo episodio de tres historias relacionadas entre sí: el recurso a los paraísos fiscales por parte de grandes patrimonios; la filtración masiva de documentos confidenciales bajo la justificación de la transparencia; el juicio sumario de la opinión pública sobre el modo de gestionar sus asuntos y el estilo de vida del establishment.

Los tres aspectos de esta historia admiten ser tratados de modo maniqueo: las cuentas anónimas y las sociedades mercantiles en paraísos fiscales son inmorales, aunque se encuentren subterfugios legales para justificarlas; los que filtran documentos revelando ese tipo de conductas que los poderosos –de cualquier estamento- buscan ocultar, son los buenos de la película; todo el que participa del establishment es sospechoso de incurrir en prácticas inmorales e ilegales mientras no se demuestre lo contrario.

Hay algo de sentido común que apunta en esas direcciones. Seguramente muchos de los que han recurrido a estos instrumentos lo han hecho con razones non sanctas, y por tanto aunque puedan escudarse en la legalidad gracias a sus bien pagados bufetes, merecerían un reproche moral, proporcional a su responsabilidad social. Podríamos meternos a desentrañar los matices de estos juicios. Pero en estas líneas quiero proponer otra perspectiva.

La crisis nos ha vuelto escépticos de la promesa de la igualdad de oportunidades y de la independencia del poder público respecto de los poderes socio-económicos. Se ha consolidado la idea de que hay una clase dominante que escribe las reglas de juego o es capaz de saltárselas en su beneficio, mientras los comunes mortales pagamos nuestros impuestos y no llegamos a fin de mes. ¿Es inmoral ser rico y vivir como un rico? Quizá no. Pero en nuestra sociedad se está volviendo inaceptable.

Crecen las voces y los recursos mediáticos para hacer rendir cuentas a lo que por un tiempo hemos llamado “la casta”. Y esta a su vez tiene dos estrategias posibles: convencernos de que ser rico y poderoso no es malo y que jugar a Robin Hood es inmoral; o bien, aceptar que son el equivalente a la mujer del César: que además de ser buenos, han de parecerlo. La primera estrategia no parece muy viable. Y para la segunda es bueno recordar que no hay mejor política de comunicación que ser lo que uno quiere parecer. 

Pero no solo los miembros del “establishment” tienen responsabilidades éticas. Parafraseando a un pensador político –hablando, en su caso, del poder- podemos decir: “es cierto, el dinero corrompe. Pero no te creas que eres bueno porque no eres rico, ni tienes sociedades off-shore, ni cuentas en paraísos fiscales”. Lo que está mal –evadir impuestos, abusar de la propia posición para rodear las leyes, traficar con influencias, vivir ostentosamente, etc.-  está mal también cuando las cifras no se miden en millones. También los juicios temerarios, la inversión de la presunción de inocencia, y el incumplimiento del deber de secreto.

No vayamos a crearnos nuestros paraísos “morales” low-cost.


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Acerca del autor

Carlos Loaiza

Carlos Loaiza

Carlos Loaiza Keel es abogado, Master en Tributación y Derecho Empresarial, y director del Postgrado en Tributación Internacional de la Universidad de Montevideo