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¿Por qué la gente paga entrada para asistir a una feria en la cual debe luego pagar nuevamente si quiere llevarse un libro?
Uno no debe pagar para entrar a un shopping y comprar un par de medias. Tampoco debe pagar entrada en un restaurante para comer una milanesa con papas fritas, o en una casa de electrodomésticos para comprar un televisor. Y no se debe pagar entrada en una mueblería para comprar una silla o una mesa. ¿Entonces, por qué la gente debe pagar entrada en una feria de libros para ver en exposición las mismas obras que puede comprar en cualquier librería de la ciudad?

Tal vez como no he podido encontrar una respuesta, es que nunca antes había asistido a una feria de libros, lo cual es algo parecido a un colmo considerando que por encima de todo me considero un lector profesional, forma más o menos precisa de definir mi adicción compulsiva a los objetos de lectura llamados libros. Por lo tanto, me sorprendí a mí mismo al encontrarme caminando por los casi interminables pasillos de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que alcanzó este año su 43ª edición, a la cual asistí invitado por los organizadores, esto es, no tuve que pagar para entrar.

¿Por qué la gente paga entrada para asistir a una feria en la cual debe luego pagar nuevamente si quiere llevarse un libro? Alguien me dijo en el stand de La sensación –un colectivo de editoriales independientes todas muy buenas- que le gustaba ir a la feria ubicada en las instalaciones del Predio Ferial La Rural de Palermo pues sentía que tenía todos los libros juntos en un único sitio, algo así como una versión comercial de la Biblioteca del Congreso de Washington en donde el material de lectura está a la vista. La respuesta tenía que ver con una forma de percibir la realidad y no resulta difícil estar de acuerdo con la misma, pues, es verdad, el laberinto masivo que representa la feria porteña irradia un sentido de totalidad espacial que atrae y al mismo tiempo invita a recorrer todos los stands, aunque la experiencia después de un rato sature, sobre todo los sábados y domingos cuando los pasillos son la versión de un hormiguero superpoblado.

A quienes les interese, tienen hasta el domingo 15 de este mes para cruzar el no tan pequeño charco y visitar ese enorme supermercado de libros, aunque en los supermercados no se cobra entrada.

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