Pago mis impuestos y tengo derechos (siguen risas)

Sobre la contratación de empleados públicos

Cuando esta semana supe que Presidencia hizo un llamado para contratar, primero transitoriamente pero con la posibilidad de quedar presupuestados, cuatro choferes con sueldos nominales de $ 32.553, rememoré, en medio de la indignación, dos episodios que me tocó vivir como periodista.

El primero fue un discurso del dirigente colorado y ex vicepresidente de la República Luis Hierro López, quien advirtiendo la noche que se cernía sobre los batllistas, dijo que durante tanto tiempo el Estado había hecho mucho por el partido y que había llegado la hora de que el partido hiciera algo por el Estado. De una forma sutil, Hierro estaba diciendo que por años el Estado había fortalecido al partido repartiendo cargos a cambio de votos pero que la canilla se había terminado y le llegaba la hora al partido de hacer un esfuerzo por mantener a los colorados al frente del Estado. Era tarde.

Un porcentaje de los votantes uruguayos son muy casquivanos. Si les dan, apoyan, cuando no hay, van a golpear a otro rancho. Y, supuestamente, el Estado ya no podía dar como daba antes.

Lo otro que recordé fue un juicio que el gremio de los funcionarios del Parlamento me hizo porque yo había afirmado que los sueldos “privilegiados” que cobraban, en comparación con los de maestros y policías, eran un acto de “corrupción institucionalizada”. “¿Cuánto cobra usted?”, le preguntó la jueza a uno de los sindicalistas que me querían meter preso. Cuando este le dijo, algo así como 60 o 70 mil, no recuerdo con exactitud, la jueza, mirándolo fijo, le volvió a preguntar: “¿Y usted considera que eso no es un sueldo privilegiado dentro del Estado?”. De más está decir que el juicio quedó en la nada.

Durante un tiempo estuve convencido de que luego del acto de transparencia y el choque frontal que Jorge Batlle (2000-2005) tuvo con los empleados públicos y sus sueldos, el Estado asumiría las injusticias ya consumadas, pero que no abundaría en ellas. Que los gobiernos que se habían aprovechado del Estado cambiando cargos por votos se habían terminado y que los funcionarios privilegiados no tendrían el tupé de ir ante un juez a tratar de demostrar lo contrario.

Pero sin que esto signifique per se un juicio sobre la ética del partido en el gobierno, me encontré que la inercia de un Estado en el que abundan los ñoquis y las oficinas sin sentido, siguió contratando empleados cuya función es de relativa importancia y su sueldo una afrenta para quienes, por ejemplo, tienen en sus manos la educación de los más pobres o la seguridad de nuestras vidas, jugándose las suyas en las calles.

Pero un Estado no funciona así si no hay en la sociedad una enraizada cultura que lo acompañe; si no late en los ciudadanos la expectativa de un llamado público que les asegure la estabilidad de por vida; si en la memoria colectiva no sigue vivo el Uruguay donde el que no había entrado por la ventana tenía un hijo, hermano o amigo que lo había hecho y, quien sabe, lo podría volver a hacer.

Las redes sociales son una medida, parcial, pero medida al fin de estos sentimientos.

Allí se leen opiniones de gente que aún hoy no discrimina la diferencia entre el sueldo que gana su nieto en una empresa privada, y si este es mayor que el que se les ofrece a los choferes, dice que es injusto para los choferes. No diferencian que a los privados los mantiene un empresario y a los públicos los mantenemos todos.

Hay quienes justifican que no se debe emparejar para abajo, o sea que está bien que un chofer cobre $ 32 mil y que lo que está mal es que un maestro, aún de grado 1 y por cuatro horas (y sin corrección de deberes incluída)  cobre $ 21 mil. O sea, que sigan entrando choferes a $ 32 mil.

También están los que cuestionan que se le llame a esto corrupción. Se supone que pagamos impuestos para que se nos brinden dignamente, en primer lugar, los servicios básicos. Cuando esa actitud se pervierte, vicia, desvía, aparta, aleja, descarría, corrompe, desorienta, distancia, desvincula de su fin original, se corrompe.

Estoy seguro que un policía que patrulla por las noches o un maestro que lidia con una escuela de contexto crítico y ven lo que van a ganar estos choferes (o los que sirven café en el Parlamento o los porteros de los bancos estatales), se afiliarán al término corrupción sin que ello signifique un juicio de valor sobre el gobierno de turno porque esto, que mutó en cultura, es tan viejo como el agujero del mate.

En estos días en que la vocinglera ignorante o el coro ideologizado cuestiona la ética de los ciudadanos que decidieron poner su dinero en el exterior, cabe preguntarse cuántos lo harán hartos de esta corrupción.

Desde un lugar más cómodo que el de un policía o un maestro, hay ciudadanos que ven cómo lo que pagan se usa para contratar choferes. Entonces deciden que otra parte de lo que deberían pagar no se lo estafen de esa manera. En todo caso, eso que se ahorran por impuestos también se lo ahorran en gasto al Estado, porque, ellos que pueden, huyen de los pésimos servicios públicos, y aunque pagan impuestos no usan ni los salones de las escuelas ni las camas de los hospitales porque, volviendo a pagar, recurren al servicio de colegios y seguros de salud privados.

Si el individuo utiliza métodos legales para salvarse en parte del Leviatán, su ética está en tela de juicio. Pero si el Leviatán, con el uso que hace de lo que recauda, se ríe en la cara, no solo de los que pueden huir parcialmente de él, sino, y sobre todo, de los que están cautivos de su voracidad fiscal a cambio de escuelas donde las maestras son mordidas por ratones, la horda que masticaba ética con la boca abierta, calla. Los que tienen menos vergüenza o más ignorancia, se animan a exigir un acto patriótico para que regrese el dinero al país, supongo yo que para que haya más choferes.

Admito que cuando alguien me pregunta “¿entonces qué hacemos?”, me quedo sin respuestas. Apenas, a veces, atino a recordar que el historiador Paul Johnson calificó la creación de los Estados Unidos como “la más grande de las aventuras humanas”. Y que los Estados Unidos se crearon cuando los colonos le dijeron a la corona británica que no pagarían más impuestos si no le daban representación en el Parlamento. Los británicos se pusieron duros y estalló la rebelión. En aquel país y en aquel entonces, a cambio de impuestos se exigía representación política. En este país y en este tiempo, a cambio de impuestos no solo no se exige nada, sino que te dan escuelas con ratones. “¿Entonces qué hacemos?”. No lo sé, quizás solo mirar y no ver el horizonte.


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