Palabras en el humo

Soy fumador. Compulsivo. Fumo porque me lo pide la sangre mediante un proceso perverso que se conoce como adicción o vicio
No estoy orgulloso de ser presa de sustancias tóxicas distribuidas por corporaciones que solo buscan el lucro. Me banco el desprecio que genera mi conducta, incluso entre quienes no me conocen. Me banco que me hablen del cáncer, de la presión arterial, de la muerte temprana.

Me parece muy bien que ya no se pueda fumar en lugares cerrados, yo, que solía fumar en restaurantes, almacenes, supermercados e incluso en el liceo nocturno, en aquel glorioso IAVA.

Estoy de acuerdo en que no se permita la propaganda de los cigarrillos, que no estén a la vista en los lugares de expendio, que haya que retirarlos en un rincón del supermercado, que tengan impuestos monstruosos. En el juicio de Phillip Morris contra el Estado uruguayo estoy del lado oriental.

Me consta que vivimos en una suerte de estado policial sanitario, en medio de una población plagada de soplones. Y sé que soy culpable. Fumo mis dos cajas de cigarrillos diarias en los rincones que me quedan.

Entre quienes se solazan en manifestar su desprecio, los peores son los que fumaron y dejaron de fumar. Son personajes que suelen exhibir el orgullo de su triunfo con sonrisa socarrona de superioridad: "Un día dije no fumo más y no fumé más", me encajan, y yo pongo mi clásica actitud ovina y los felicito por ser mejores que yo.

La más gloriosa de las sobradas que recibí sucedió en un diario para el que trabajé hace unos cuantos años. No se podía fumar en la redacción pero sí en un espacio que quedaba entre las escaleras y el ascensor, por donde pasaba todo el mundo.

Ahi estábamos cuatro o cinco adictos y una allegada que se enorgullecía de ser fumadora pasiva; cada uno, salvo ella, conversaba con su cilindro tóxico entre mano y boca, cerca de un cenicero de arena tapizado de desperdicios. Por ahí pasó el editor de economía y saludó: "buen provecho".

Hubo un tiempo en el que di pelea. Solía discutir con los no fumadores, les explicaba que no buscaba la longevidad, que conocía demasiados casos de personas respetables que habían sufrido diez o veinte años más de lo que les correspondía, por culpa de cuidados excesivos.

Era entonces cuando me hablaban de la responsabilidad frente a los demás, de la contaminación del aire común, del mal ejemplo. Les decía que soy un tipo que no consume ningún tipo de pastillas, ni siquiera aspirina. Nunca. Que no voy al médico (otra irresponsabilidad), que no me duele la cabeza, que duermo bien. Sin embargo me miraban como quien mira a un poseído por una voluntad ajena.

Es muy probable que unos cuantos de ustedes pertenezcan al gremio de los acusadores y que sientan que hacen lo que hacen en el terreno de la buena voluntad y el respeto a la vida, incluso en el terreno del amor. Puede que no sean conscientes de que forman una red de acoso que mueve a disfrutar de un cigarrillo en silencio.

Pues sépanlo: no voy a dejar de fumar porque ustedes me repitan hasta el cansancio lo que ya sé de memoria. El argumento cuantitativo tampoco funciona; nadie dejó de fumar porque le dijeran "che, estás fumando mucho".

Seguramente ustedes sepan que a los adultos nos les gusta que les digan cómo conducirse en la vida. Sepan que el hábito de fumar no es una excepción a esa regla.

Yo, que tantos consejos he recibido, me permito hoy el lujo de darles uno a ustedes. Qué tal si cuando ven a alguien que se está lastimando por dentro, en lo que ustedes ven como una imperdonable debilidad de la voluntad, aprovechan el episodio –en silencio– para mirarse a sí mismos y abocarse a mejorar esas taras que les evitan llegar a la plenitud.

Podrían empezar con una promesa para este año recién nacido: "no repetiré consejos baratos".

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