¡Pare de sufrir!

Hay pocas cosas más poderosas en el mundo que una consigna
"A buen entendedor, pocas palabras bastan". El dicho se refiere a los sobreentendidos necesarios para vivir en armonía, pero la virtud de la brevedad en el discurso va mucho más lejos. Si se puede sintetizar una idea en una frase corta, el poder de dicha idea se concentra y mueve montañas.

La publicidad vive de eso y ha encontrado perlas extraordinarias a través del tiempo pero a mí me interesan más las consignas ajenas al comercio. Destaco tres, totalmente distintas en sus intenciones, pero todas ellas con un gran poder de sugestión: "Prohibido prohibir", "¿Qué hacer?" y la que me sigue pareciendo la mejor y por eso la elegí en el título: "¡Pare de sufrir!".

La primera se convirtió en la consigna de un movimiento juvenil conocido como el "mayo francés". Sucedió en 1968 y fue una revuelta estudiantil que luego se extendió a la mayor huelga general que hubo en Francia. El espíritu de la sublevación se sintetizó en una frase que tuvo eco en otros intentos de sublevación alrededor del mundo: Il est interdit d´interdire.

"El eslogan de Mayo del 68 legitimó la idea de que toda autoridad es sospechosa. No destruyó el Estado, pero sí la educación", dice melancólicamente Mario Vargas Llosa.

Yo diría que dicho eslogan no destruyó ni estado ni educación, sino que fue una alegría de primavera que murió de inanición, pero su poder de sugestión todavía me subyuga: qué tal si se prohíben las prohibiciones y todos hacemos lo que se nos venga en gana, ¿eh?

Pronto llegaríamos a otra consigna que también tiene lo suyo: "Viva la Pepa", que en un principio se refería a una Constitución de Cádiz que se promulgó el día de San José, pero luego derivó en una suerte de "vale todo".

"¿Qué hacer?", es el título de un libro de Vladimir Ilich Lenin, publicado en 1902. A mí me parece la síntesis última antes de lanzarse a la acción. Es como si Lenin hubiera dicho: 'Ta, la cosa está que arde y hay que hacer la revolución. Pero, ¿cómo hacemos?'

"Según el plan inicial del autor, el presente folleto debía consagrarse a desarrollar minuciosamente las ideas expuestas en el artículo ¿Por dónde empezar?", dice Lenin en el prólogo. Está claro que el hombre era un pragmático.

A mí me vuelve ese título cada vez que el análisis de la situación está claro pero el problema persiste. Qué hacer y por dónde empezar son cuestiones tan pertinentes que queman.

A Lenin en un principio le fue muy bien y logró derrumbar el orden establecido durante siglos en Rusia, aunque después del triunfo de la revolución fue cada vez más difícil saber qué hacer.

Y entonces vamos a la madre de todas las consignas: "Pare de sufrir". La impuso una iglesia fundada en Brasil por Edir Macedo, un ex cajero de la lotería de Río de Janeiro. Es el nombre de un programa de televisión que me persiguió desde Montevideo a Miami, diciéndome que era hora de ser feliz de una vez por todas.

El hecho de que esté implícito, en una frase de tres palabras, que la angustia es una decisión equivocada, me parece un gran triunfo de la retórica. Sí claro, hay que parar de sufrir, eso es lo que hay que hacer; por ahí hay que empezar.

Puedo entender con claridad que, ante la desesperación, la consigna que invita a detener el sufrimiento es muy pero muy seductora. Yo me lo digo muy a menudo, cada vez que la solución a un problema me es esquiva, aunque me he resistido con todas mis fuerzas a escuchar el mensaje de esos pastores brasileños como si fueran la encarnación del mal.

En todo caso, me queda claro que la consigna es de una astucia diabólica y no me llama la atención que haya conquistado millones de voluntades y de dólares con su prédica.

Yo creo que lo que nunca habría que hacer con las consignas es tomarlas muy en serio. Son falsas por definición. La verdad no se deja acorralar por la retórica.

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