¿Patria o muerte?

Hay decisiones que no se pueden tomar a la ligera y otras, en cambio, que es necesario adoptar sin pestañear
Es famosa la anécdota del humorista uruguayo Julio E. Suárez, Peloduro, de visita en La Habana, a pocas semanas de consumada la revolución cubana. Ya en la habitación del hotel, discó el número de recepción y escuchó del otro lado de la línea el saludo de rigor: "Patria o muerte". Peloduro dudó solo un instante: "Y bue... si hay que elegir, patria".

La genialidad fue interpretar la disyuntiva como una pregunta y no como una fatalidad revolucionaria. "Si hay que elegir...", dice Peloduro, y vale para interpretar el himno uruguayo y la bandera de los Treinta y Tres. La elección, en cada caso, debería ser "patria" y "libertad", ya que la tumba y la muerte pueden esperar.

En este caso las decisiones son intuitivas. Pero hay composiciones patrióticas un poco más inquietantes. En particular, la canción que más me gustaba en la escuela, ya que se entonaba para dar fin al acto, era Mi bandera, que en un pasaje dice: "No ambiciono otra fortuna, otra fortuna/ni reclamo más honor, más honor/que morir por mi bandera/la bandera bicolor".

Los niños uruguayos cantan a voz en cuello el deseo de terminar con sus vidas por fidelidad a un símbolo patrio. La marcha llega a decir del mismo que '...es su sombra la que buscan/los valientes al morir". Está claro que se refiere a los orígenes de la patria, cuando los nacidos en este suelo se habían emancipado del poder colonial y se declaraban dispuestos a defender la conquista de su soberanía con sus propias vidas.

Puedo comprender el contexto en que el poeta dedica sus versos a simbolizar la patria y entiendo que haya querido expresar 'prefiero no ser que ser esclavo' y 'prefiero morir defendiendo a los míos que vivir bajo el peso de la tiranía', pero a mí siempre me sonó un poco truculento eso de buscar la bandera para morir a su sombra.

En todo caso, si se trata de evitar la molestia del sol en los últimos momentos de vida, cabría haber pensado en una bandera un poco más oscura. No puedo dejar de imaginar al agónico valiente mirando hacia arriba, la tela blanca y celeste, con su sol sonriente, dejando traslucir al astro real.

Es siempre difícil de definir el concepto "patria" –más allá de exaltaciones retóricas airadas– y también es complicado el concepto "muerte". Para algunos la patria es orgullo y para otros es un concepto obsoleto en la aldea global; para muchos la muerte es un pasaje a otro estadio del alma, en tanto que otros la ven como el final, la habitación fantasmal de la nada.

Yo prefiero no someterme a esas disyuntivas. No elijo la vida ni la muerte, ni la patria ni la libertad. Al final me eligirá la muerte; hasta entonces me elige la vida; la patria son mis costumbres y ejerzo la libertad de manera modesta, cuando pido la cerveza con espuma, en vez de sin, cuando prefiero la tolerancia al rechazo a lo distinto y Jorge Luis Borges a Eduardo Galeano, para dar tres ejemplos polémicos.

Ahora que lo nombro no puedo dejar de recordar lo que tenía para decir Borges sobre la responsabilidad del ser humano en el cosmos: "Desconocemos los designios del universo pero sabemos que razonar con lucidez y obrar con justicia es ayudar a esos designios, que no nos serán revelados".

Parecería que Borges limitara el concepto de libertad a la forma de cada quien de cumplir con su destino y que intentar rechazarlo sería un desatino.

Yo creo que –si hubiera tenido una lucidez similar a la de Peloduro en ese instante en que le proponen "patria o muerte" en el hotel de una isla tropical– yo habría respondido, "estoy bien por ahora, gracias", insinuando una tercera vía, en la que no hubiera parca ni fronteras, hasta que pasara lo que tuviera que pasar.

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