Pensador profundo y penetrante observador

Era filósofo, porque era tolerante, humilde y abierto a los diferentes puntos de vista
Hana Fischer
Ramón Díaz fue antes que nada un filósofo de la libertad. Es decir, alguien que ponía como centro de sus preocupaciones al hombre común. Su obra es equiparable a la de los pensadores de la Ilustración porque como ellos, dedicó su vida a traer "las luces" a los uruguayos. Desde ese punto de vista, Búsqueda fue su "enciclopedia" y más tarde El Observador. Y como ellos, estaba convencido que las batallas por las ideas se libraran con la pluma y no mediante fusiles.

Se suele mencionar que Ramón fue abogado y economista como si se tratara de dos áreas desligadas; no se percibe que derecho y economía son las dos caras de una misma moneda. Según sea su naturaleza, las leyes inducen prosperidad o por el contrario miseria generalizada. A su vez, ambos factores inciden en la calidad democrática de una nación. En sus didácticos artículos Díaz enseña, que el Estado de Derecho nació en las ciudades libres de Flandes y el norte de Italia de la mano de sus comerciantes. De ahí la singularidad del derecho mercantil tan diferente al que surge de los códigos "napoleónicos".

Ramón no se cansaba de subrayar las íntimas conexiones existentes entre moral, economía y política. Según su apreciación, la división entre libertad política y económica es arbitraria y artificial: ambas se nutren de un sustrato común y por tanto, se fortalecen o debilitan conjuntamente.
Esencialmente era filósofo porque era tolerante, humilde y abierto a los diferentes puntos de vista. Le gustaba debatir con los que pensaban diferente porque como señala John Stuart Mill, es la forma de hacer posible que la verdad salga a la superficie. Por ese motivo tituló a la publicación que creó Búsqueda, porque es la postura de aquellos "que conocen que el alcanzar un saber definitivo no está dentro de las posibilidades del intelecto humano. Y que están dispuestos a emprender, en pos de la verdad, un viaje que dura toda la vida".

Fue un pensador profundo y un penetrante observador de la realidad, que se esforzaba por esclarecer los asuntos complejos que los políticos se empeñan en oscurecer. Como sus observaciones iban al fondo de las cosas, tienen vigencia intemporal. Por ejemplo, en un artículo publicado en 1981 sobre las transferencias de ANCAP a Rentas Generales, expresa: "Cabe preguntarse" si ese aporte de ANCAP decretado por el Poder Ejecutivo no constituye una arbitrariedad, dado que hace "uso de una potestad tributaria que no posee" y por medio de las tarifas públicas establece tributos sobre la población.
Y afirma que ese es un hecho preocupante que debilita a la democracia representativa, dado que uno de sus fundamentos esenciales es "que no hay impuesto sin representación". Enfatiza que el mencionado principio es el "máximo garante de la limitación del poder del gobierno y, por tanto, piedra angular del Estado de Derecho".

Asimismo, a través de sus escritos nos sigue alertando sobre medidas opresivas gubernamentales como por ejemplo la llamada "ley de Inclusión financiera" o la que debilita al secreto bancario. Lo cierto es que el Ejecutivo prefiere transacciones electrónicas y conocer el dinero que la gente posee en los bancos, para así poder controlar mejor a sus "súbditos". Ergo, somos menos libres porque como recuerda Ramón citando a Fyodor Dostoyevsky, "la moneda es libertad acuñada".

En el trato directo Ramón fue una persona cálida y afectuosa, muy alejada de esa falsa imagen que sus detractores le pretenden endilgar de "frío y deshumanizado". Sufrió injusta prisión en la época de la dictadura por denunciar con valentía ciertos abusos cometidos por los militares. En esas circunstancias fue humillado, denigrado y tuvo que limpiar los baños del recinto carcelario. Sin embargo, no lograron quebrarlo espiritualmente.

Ramón se fue físicamente pero no ha muerto. Nos seguirá hablando, enseñando y alertando a través de sus escritos. Como todo gran pensador, se tornó inmortal