Pilsen Rock: Apogeo multitudinario del rock nacional

En la historia local y contemporánea del género hay varios hitos, pero ninguno con la resonancia del Pilsen Rock

A pesar de las dudas, lo que iba a suceder en Durazno generaba en los asistentes una expectativa diferente. El Pilsen Rock se presentaba como un festival de dos días con bandas disfrutando de un crecimiento inusitado de popularidad a nivel local junto a un grupo invitado de Argentina. Pero incluso, a pesar de las 45 mil personas que tomaron por sorpresa a la ciudad de Durazno en la primera edición de ese festival, era difícil proyectar lo que representaría el evento para la música nacional y el rock en particular. Concebido por el conductor Kairo Herrera y el productor Claudio Picerno, el Pilsen Rock se transformó en el mascarón de proa y el símbolo de la explosión de un género que a partir de la década de 2000 ofreció al público joven uruguayo algo que este parecía haber estado deseando durante mucho tiempo: una escena masiva de bandas locales capaces de salir de los circuitos emergentes y dar paso a una nueva era de conciertos en vivo en Uruguay, una sin ningún tipo de precedente más allá del valor fermental del rock uruguayo en los años 1980 y 1990, que de algún modo pavimentó lentamente el camino hacia el estallido.

Todo tuvo que ver, en primer lugar, con esa necesidad emocional: la juventud uruguaya poscrisis encontró en el rock masivo un espacio de pertenencia espiritual catalizado por los éxitos que llegaron a partir de la permanencia e insistencia de bandas como Buitres y Trotsky Vengarán, la consagración internacional de La Vela Puerca, la emergencia de Hereford y el potencial de No Te Va Gustar (NTVG). La gente ya tenía los discos, escuchaba las canciones y hasta había experimentado el formato festival con artistas locales en las recordadas entregas de la Fiesta de la X (luego Fiesta Final), pero en el Pilsen Rock se reconoció como parte de una generación. Las imágenes de las peregrinaciones por la ruta hacia Durazno en el medio de transporte que fuera, los trenes llenos arribando a la estación, los enormes campamentos en las cercanías del Parque de la Hispanidad, los testimonios de los vecinos de una ciudad de servicios colapsados, que abrió negocios, clubes y casas para que los asistentes pernoctaran, son la prueba de una mancomunión musical difícil de conseguir que también fue llevada al momento de los espectáculos: nunca se registraron grandes problemas entre la inmensa muchedumbre dentro del parque.

El Pilsen Rock fue, además, un espacio de vidriera para bandas sin convocatoria masiva, pero que a partir del evento se hicieron de un público fiel más amplio. Si bien el tirón del Pilsen Rock siempre fueron los grandes nombres (Buitres, Trotsky, NTVG, El Cuarteto de Nos, La Vela o La Trampa), otros ascendentes como Graffolitas, La Triple Nelson, Snake, Bufón u Once Tiros vieron crecer temporalmente su popularidad y base de fanáticos, fenómeno que generó que bandas con larga historia como La Tabaré o grupos legendarios como El Peyote Asesino tuvieran baños de masas inconcebibles tiempo atrás. Las transmisiones de las radios desde el parque eran una constante, así como las primeras planas en los diarios y las coberturas extendidas de los medios.

A la vez que un negocio redondo para la marca que puso nombre al evento, la recompensa para el costado más convocante del rock nacional y muchas bandas emergentes fue inmediata: a cada edición, las cifras de público fueron aumentando, llegando incluso a asegurarse que en el año 2006 hubo 205 mil personas en los dos días de recitales.

Generar un tipo de evento masivo de esta índole también fue una experiencia de profesionalización no solo para los músicos locales, sino para la generación de festivales de este tipo a nivel nacional, algo que hizo que el modelo se replicara por todo el país, aunque con grillas no tan extensas.

La primavera del rock masivo en Durazno continuó hasta 2009. A partir de su pico de asistencia de algunos años antes, el Pilsen Rock mantuvo su multitudinaria convocatoria pese a que la concurrencia comenzaba a decrecer. El escrutinio que empezó a recibir el evento fue tomado por algunos músicos y productores como un golpe intencional más que como una medida de la importancia que había adquirido el festival. Incluso hoy, algunos artistas señalan a la prensa como uno de los principales culpables de que el festival haya dejado de realizarse. Pero más allá de esas recurrentes y simplistas miradas, lo que queda claro es que, como hecho cultural decisivo y paradigmático de su tiempo, el Pilsen Rock fue una fórmula que se agotó a medida de que muchos artistas fueron incapaces de sostenerse a sí mismos o de mantener su convocatoria. ¿Qué vino después? Nada demasiado dramático: muchas de las bandas se resignificaron en otros espacios de convocatoria más cercanos, mientras que algunas se convirtieron en destacadas figuras del panorama musical a nivel continental. Mientras tanto, el Pilsen Rock como concepto se convirtió en un reservorio histórico de conexión inédita entre jóvenes uruguayos y una expresión musical local. El valor de ese encuentro y su capacidad de derribar mitos y fantasmas crece a medida que pasan los años y lo seguirá haciendo.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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