Plasticidad del cerebro

Durante la infancia, el cerebro absorbe toda la información que registra, algo que en las etapas más tardías de la vida ya no se logra, lo que muestra que las circunstancias en las que nacemos y crecemos nos marcan
Es el término que se utiliza en neurociencia para referirse a la capacidad que tiene el cerebro para cambiar a cualquier edad - para bien o para mal -. Es decir, el cerebro humano es un órgano plástico, se construye por información; la contenida en nuestros genes y la que recibimos del mundo exterior.

Hasta hace bien poco se creía que se nacía con una cantidad determinada de neuronas y estas se conectaban entre sí de una determinada manera y para siempre. Hoy sabemos que hay formas de fortalecer las conexiones ("plasticidad sináptica") que se establecen entre las neuronas. Si bien hay períodos óptimos (críticos), donde ciertos aprendizajes son más efectivos, hay acumulada evidencia indicando que el cerebro retiene su plasticidad hasta bien avanzada la edad adulta o tal vez toda la vida.

El cerebro funciona porque las neuronas se comunican (conectan) entre sí. Al nacer nuestro cerebro no está completo; hay un rápido crecimiento de conectividad cerebral en los primeros meses del desarrollo (los primeros 2 a 3 años de vida). Es decir, hay considerable crecimiento durante la infancia y hay cambios dinámicos que se van dando a lo largo de la vida. En mucho, resultado de la interacción y adaptación al entorno. Importa, y mucho, la cantidad y calidad de los estímulos que se reciben del entorno y lo que uno hace en ese entorno.

Nuestra maquinaria cerebral básica se desarrolla en un "período crítico". A lo largo de este período crítico, cada zona funcional del cerebro es remodelada para hacer su contribución en ese largo y lento proceso de creación de la persona que llegamos a ser (nuestra individualidad). Este proceso de autoorganización funcional del cerebro se inicia en el útero, alrededor del comienzo del tercer trimestre.

La plasticidad en el período crítico no está regulada y está siempre con la llave encendida. Es decir, todo lo que el bebé ve, oye, siente y hace genera cambios en su cerebro. El cerebro del bebé es como una esponja; absorbe toda la información que le llega. El bebé no sabe (no puede saber) exactamente qué es importante en su mundo. Todo importa. Todo estíulo produce cambios en su cerebro. Con el desarrollo de la maquinaria de procesamiento del cerebro viene la especialización para registrar y grabar "¿Qué es eso?" y "¿Qué está pasando?". El bebé necesita captar y entender el ambiente en el que le tocó nacer. La meta es lograr una comprensión efectiva y útil de ese mundo y aprender a controlar su propio accionar en él.

Llegamos al mundo real teniendo primitivas capacidades perceptivas, cognitivas, motoras y de control del funcionamiento corporal. En otras palabras, al nacer, la maquinaria del cerebro es muy caótica, desorganizada, imprecisa, lenta en sus operaciones, y muy poco confiable. Las interconexiones de las neuronas con otras neuronas circundantes son desorganizadas, débiles y difusas. Esto se traduce en una muy baja cooperación y trabajo de equipo entre las neuronas. Una buena cooperación entre las neuronas trae certezas y confiabilidad. Una muy baja cooperación, ausencia de certezas y confiabilidad.

En niños mayores y en adultos, en la mayoría de las regiones del cerebro, esta "llave" de la plasticidad está casi siempre apagada. Los cambios solo se permiten para aquellas cosas que han captado la atención e interés del cerebro. Es decir, cosas importantes para la persona. En otras palabras, llega un punto donde la maquinaria del cerebro alcanza un nivel de desarrollo que le permite controlar acciones. Concluye el período crítico y de ahí al resto de la vida, el cerebro controla su propio autodesarrollo –controla su plasticidad–. Ya no absorbe todo lo que ve, oye, y siente. Por eso, podemos decir que el desarrollo individual dependerá del uso que se haga de los recursos cerebrales que se heredan.

En los primeros años el cerebro establece muchas conexiones. La repetición de una acción o experiencia ayuda a consolidar estas conexiones (caminos) en el cerebro. Cuando estos caminos son lo suficientemente fortalecidos, se hacen permanentes. Más allá del tercer año de vida, la práctica hace a lo permanente. El cerebro de un niño entre los 4 y los 8 años contiene muchas más conexiones que las que tiene un niño de mayor edad. Es un tiempo de oportunidad, un período crítico para ciertos aprendizajes.

A medida que las distintas áreas del cerebro son modificadas por nuestras experiencias se van haciendo más confiables, refinadas, ágiles, y organizadas en sus operaciones. Esto las va haciendo más capaces de enviar información de mejor calidad a distintas regiones del cerebro; cosa que a su vez permite mayor maduración.

Desde los 10 años hasta pasada la adolescencia, el cerebro comienza a recortar algunas de estas conexiones (una especie de poda). Hay conexiones neuronales que se preservarán y hay conexiones que se eliminarán. Las conexiones que se utilizan poco o no se utilizan se pierden. Las conexiones utilizadas, sobreviven. El cerebro asume que lo que no se usa no se necesita. Esta sobreproducción y subsiguiente selección de sinapsis que se da secundariamente a la exposición al medioambiente, parecería ser uno de los más importantes mecanismos de la plasticidad cerebral.

Dicho todo esto, y espero haberlo hecho con claridad, la primera preocupación debe estar en aquellos niños que acumulan atrasos en su desarrollo desde muy temprano en sus vidas; desde su nacimiento o incluso antes. Niños que tienen mayor chance de presentar un funcionamiento deficitario temprano; empezando por los "períodos críticos" de crecimiento y desarrollo cerebral en los que se activan y estimulan circuitos neurales complejos que resultan luego fundamentales para el funcionamiento cognitivo-intelectual y el desarrollo de las capacidades sociales, lingüísticas y emocionales.

Sin caer en inaceptables visiones estigmatizantes y determinismos que condenan, las circunstancias en las que nacemos y nos desarrollamos en nuestra infancia marcan. Me refiero a distintas carencias de importancia durante los años de crianza y a las circunstancias de la vida familiar diaria. No se puede comprender a un niño si no lo consideramos en relación con su grupo familiar. De esta relación surgen los estímulos imprescindibles para que el niño pueda organizar su mente, construya su relación con la realidad exterior, construya las bases de su socialización, y construya la capacidad de aprender. El peor de los escenarios: familias de alto riesgo funcionando en entornos de alto riesgo.



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Guillermo Fossati