¿Por qué nos costará tanto progresar?

La historia de los países está marcada por cambios en el poder

* Nicolás Albertoni (Desde Georgetown University)

La historia de los países está marcada por cambios en el poder, en las ideologías y por otra inmensidad de cosas sujetas a variaciones naturales. A lo que no debe estar sujeta necesariamente es a la espera casi eterna por alcanzar un pedacito del progreso que otros supieron conseguir.

Hace pocos días, tras terminar una clase en la universidad, salí caminando hacia la parada de ómnibus con un amigo de Finlandia muy conocedor de la realidad política y económica de América Latina. Conocimiento que, según me contó una vez, heredó de su familia que tiene muchos lazos en la región.

Inspirado seguramente por las casi tres horas de clase en las que habíamos hablado sobre nuevas formas de medir el desarrollo en los países, me dijo: "Con la recuperación que empiezan a mostrar los principales mercados del mundo, sumada a la caída de las materias primas, ahora tu región volverá al estado que conoce muy bien: el de soñar con el desarrollo". No había ironía en sus palabras. Me lo dijo sabiendo muy bien de lo que hablaba. Él viene de un país que no se ha resignado ante la fuerza de las grandes potencias que lo rodean (Rusia y Suecia). Menuda deshonestidad intelectual habría tenido yo si me enojaba ante sus palabras. Nuestra conversación no fue más allá del silencio que generó en mí su reflexión. Nos despedimos. Él tomo un ómnibus rumbo a su casa y yo otro, rumbo a la mía.

Su reflexión perspicaz y sincera me hizo pensar una vez más sobre algo que desde hace años me devela: ¿por qué le cuesta tanto a América Latina hacer del crecimiento económico un proceso estable y duradero en el tiempo que se transforme en cambios reales para la sociedad y no solo en sueños esbozados en discursos? Lejos de ser innovadora esta pregunta ha sido estudiada por muchos a lo largo de los años. Algunos, hasta se animaron a formular respuestas.

Tras casi 15 años de inmensa prosperidad, hoy, cuando el mundo parece empezar a reírnos menos, todo pareciera querer volver al principio. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) lanzó hace algunos meses un estudio titulado Perfil de estratos sociales en América Latina, en el que evalúa cuánto hemos avanzado realmente tras estos años de bonanza que hoy empiezan a cantar su retirada. El informe muestra que, en su conjunto, la región redujo la pobreza (personas que viven con menos de US$ 4 diarios) del 41% en el año 2000 a 25% en 2012, lo que significó, realmente, un logro muy importante. Sin embargo, no todos los que salieron de la pobreza alcanzaron la clase media que, para este estudio del PNUD, se compone por aquellas personas con un ingreso diario de entre US$ 10 y US$ 50.

La población que quedó estancada entre la pobreza y la clase media, definida como "vulnerable", ha aumentado en los últimos años de 34% de la población en el año 2000, al 38% en 2012. Son 200 millones de personas las que se ubican dentro de esta población vulnerable. De todos ellos, menos la mitad (98 millones) están ocupados; de estos, 54% son trabajadores informales, el 49% no tienen acceso a servicios médicos, 46% no tienen derecho a pensión para el retiro y 53% no tienen contrato laboral.

A todas estas personas la coyuntura las empujó hacia arriba pero sin herramientas. Es decir, se los ha largado al bosque a cazar osos pero sin armas. Sucede que la población "vulnerable" solo saldrá adelante si además de empujarla socialmente, se la acompaña con herramientas necesarias (educación, salud, empleo) para no empantanarse.

Hace pocos días, la agencia Bloomberg publicó un índice sencillo pero bien significativo. Es conocido como el "índice de la miseria". Combina dos variables: desempleo e inflación. De las 63 economías analizadas, hay tres países claves en nuestra región, encabezando la lista: Argentina, Brasil y Venezuela. Argentina, por ejemplo, a pedido de la expresidenta Cristina Fernández, pasó casi un período entero de gobierno sin medir la pobreza "para no estigmatizar" a esa población. Sin darse cuenta que no hay peor estigmatización que hacerlos invisibles a las estadísticas.

Cada bonanza mal aprovechada es como goles perdidos que se transforman en goles en contra. Ya pasaron todas las ideologías que nos podemos imaginar y seguimos peleándonos por los mismos temas de siempre. No es un tema de derechas ni de izquierdas. Es hora de que –cómo dijera alguna vez el gran Ortega y Gasset– "¡Vayamos a las cosas, a las cosas! Y nos dejemos de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos".

En la última cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) celebrada en Quito hace algunas semanas, el objetivo central que se habían propuesto sus miembros era el de planificar acciones conjuntas en contra de la pobreza extrema. La cumbre concluyó con 13 puntos, solamente cuatro se refirieron tangencialmente al objetivo central de la cumbre. El resto, al igual que la inmensa mayoría de los discursos de los mandatarios presentes, se basó en críticas al resto del mundo por los males que hoy vive la región.

En nuestra interminable pelea por dejar algún día de sentirnos colonia, estamos siendo nosotros mismos colonizados. Sucede que desde hace varios años el imperio que nos corrompe es nuestro propio discurso. Un discurso convencido de que la forma de prosperar pasa por buscar culpables y no soluciones. Hasta que esto no se revierta, el pueblo seguirá esperando y se cansa de ver cómo cada tanto tiempo el progreso le pasa por delante pero al poco tiempo ya lo debe volver a despedir. Una vez más, él toma el ómnibus rumbo a su casa y nosotros el otro, rumbo a la nuestra.