Principales figuras mediáticas "K" le soltaron la mano al grupo político

El caso López fue repudidado por Echarri, Romano, Brieva y Brancatelli, entre otros
Para los que tienen más de 40 años y conservan el recuerdo personal de la apasionada militancia izquierdista de hace algunas décadas, lo que está ocurriendo hoy entre los adherentes al kirchnerismo trae reminiscencias del colapso del mundo socialista entre 1989, cuando cayó el muro de Berlín, y 1991, cuando se disolvió la Unión Soviética.

Es la misma sensación de desamparo, de engaño, bochorno, de haber profesado una fe que se demostraba falsa. La misma ingenuidad de reconocer que, recién entonces, se había aceptado una verdad que se había elegido rechazar durante muchos años. Pero no sólo se trata –como hace tres décadas fue la desazón por el fracaso comunista– solamente de tener que aceptar la evidencia de que el kirchnerismo fue un gobierno corrupto en su esencia. Hay, al mismo tiempo, una nostalgia por la ingenuidad perdida.

Es lo que en estos días están expresando los militantes K, desde los más connotados, como el filósofo Ricardo Forster, los actores Pablo Echarri y Gerardo Romano, el comediante Dady Brieva o el periodista Diego Brancatelli. Y miles de militantes anónimos en las redes sociales. Resultan bien expresivas frases tales como "es indefendible, fue obsceno; hoy para mí fue el límite, el hartazgo total", de Brancatelli, o "hemos puesto en peligro nuestro patrimonio, que es el cariño de la gente; me veo embarrado", de Echarri.

Lo que se puede percibir detrás de esas declaraciones es la convicción de que fueron bienintencionados, de que sigue existiendo la necesidad de creer en "un proyecto nacional y popular" porque les sigue causando rechazo la alternativa de "la restauración neoliberal".

Esa necesidad desesperada de que haya una alternativa que les diga que toda su militancia no fue en vano podría sintetizarse en la letra del inmortal tango Cuesta abajo: la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

Esos mismos krichneristas que atestaban los patios de la Casa Rosada en cada acto de Cristina Kirchner, los que llenaron la Plaza de Mayo en una multitudinaria despedida de su mandato el 9 de diciembre pasado, están expresando no sólo bronca, sino también nostalgia. Extrañan los días en que parecía una verdad obvia que cualquier crítica contra el modelo K no podía ser otra cosa que la invención de un aparato mediático adicto a los poderosos. Por entonces se cultivaba "la grieta": los militantes K podían resistir todo y siempre tenían a mano un argumento justificativo o conspirativo.

Ahora, la contundencia de las imágenes de los bolsos llenos de dólares, euros, yuanes y riyales cataríes, embolsados para ser escondidos tras los muros de un convento, dejan una sola convicción: los tiempos de ingenuidad militante ya no volverán.

Nadie entendió esta situación mejor que la propia Cristina Kirchner. Es por eso que su carta tiene, en primer lugar, el mensaje directo para la militancia. La ex presidenta, al reconocer que sus adherentes se sienten ahora como si les hubieran pegado "una trompada en el estómago" pretende salvar lo que queda de ese amor que parecía indestructible. Pero no será fácil. Si algo quedó en evidencia en las últimas horas es que las cosas no volverán a ser iguales. Algo se rompió. Para los kirchneristas, es la pérdida de la inocencia. Para Cristina, también.

Posible desbande en el kirchnerismo

"Un temblor grado 11 en el peronismo". Así definió la situación José Luis Gioja, exgobernador de San Juan, actual presidente del Partido Justicialista y uno de los más connotados dirigentes kirchneristas.
Un día antes se había conocido la noticia de que un sector de cuatro legisladores ligados al peronismo de Misiones se había separado del bloque parlamentario K. Y cada hora que pasa, hay rumores sobre nuevas disidencias. Ese "sálvese quien pueda" ha sido un recordatorio de que, en el peronismo, la única lealtad indestructible es con la propia supervivencia política. Y que, aun cuando se quiera acotar el tema en López y evitar que salpique hacia arriba y hacia los costados, incluyendo al ex "superministro" Julio de Vido, a Cristina Kirchner y a empresarios contratistas, la sensación que está empezando a asentarse es la de que el caso López puede tomar una dinámica indetenible.

A fin de cuentas, como se han encargado de difundir los propios medios kirchneristas, López fue un funcionario encargado de supervisar la construcción de 2.000 kilómetros de autopistas, las obras viales de la represa Yacyretá, de la central nuclear Atucha y de la construcción de colegios y viviendas en todo el territorio nacional.

A lo largo de sus 12 años como secretario de Obras Públicas y "mano derecha" del ministro De Vido, el funcionario manejó un presupuesto estimado en US$ 107.000 millones. Y tuvo poder para tomar decisiones en un ministerio que, además, manejó temas sensibles como la importación de combustibles una vez que el país perdió el autoabastecimiento petrolero.

Esto ha hecho que el peronismo adoptara un discurso ambiguo: por un lado, el argumento oficial es el de que López fue un "traidor del modelo", que actuaba por su cuenta en su conducta delictiva. Pero, al mismo tiempo, ya empezaron las operaciones de "desmarque" por si ese argumento falla, como todo indica que ocurrirá.

Por ahora, De Vido, que fue jefe de López durante 12 años, sigue con protección política: oficialmente considera al exministro como "una víctima" y los diputados le dieron su apoyo para mantener los fueros y evitar un allanamiento. Pero, aunque se evitó caer en la acusación "preventiva", nadie se anima a una defensa total. A fin de cuentas, como dijo el diputado Fernando "Chino" Navarro, "es muy difícil que un funcionario como López pueda actuar en soledad".

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