¿Puede la moda de origen industrial brillar más que la alta costura artesanal?

La última gala del Museo Metropolitano de Arte se cuestiona el lugar de la tecnología en la disciplina

La prenda que da la bienvenida a los visitantes de la nueva exposición del Instituto de Indumentaria en el Museo Metropolitano de Arte es un vestido de novia color marfil eclesiástico, con un velo de 20 pies que se aloja en una galería débilmente iluminada bajo una cúpula dramática que evoca la nave de una catedral. La música de Brian Eno susurra calma y de fondo, lo que sirve como una invitación a la contemplación silenciosa de esta obra maestra de Chanel de la alta costura, que el diseñador Karl Lagerfeld ha construido a partir de tejido de un traje de buceo.

El vestido es escultórico en su forma y profusamente adornado. Lagerfeld esbozó el patrón vagamente barroco, que fue manipulado y pixelado digitalmente. Los diamantes de imitación se adjuntan a continuación usando una prensa de calor. Luego, todo fue pintado a mano en oro. Un poco de bordado a mano se aprecia en la mezcla, lo que añade valor a su belleza real.

El vestido es testimonio de una impresionante colaboración entre el hombre y la máquina, que es el tema de la exhibición "Manus x Machina: Fashion in an Age of Technology" (Moda en la edad de la tecnología) que se extiende hasta el 14 de agosto. Esta exposición, curada por Andrew Bolton, sucede a su éxito de taquilla: "China: Through the Looking Glass" (A través del espejo), que fue el tema del documental The First Monday in May (El primer lunes de mayo). Esa película ofrece una mirada detrás de escena a los obstáculos que hoy existen para montar estos espectáculos de moda.

Pero la película también subraya cómo las formas de sus últimas exposiciones de vestuario, incluyendo "Alexander McQueen: Savage Beauty", se han conectado con los visitantes. En este caso, el comportamiento de Bolton puede ser reservado, pero él tiene un ojo para el espectáculo y ha sido capaz de cautivar al público con instalaciones que deslumbran con tanto drama como emoción. Es experto en hacer la magia de la moda dentro de esas paredes decorosas del Museo Metropolitano.

Pero esta exposición, sin embargo, es diferente. Es menos sobre la emoción de la ropa que sobre su construcción, a pesar de que un montón de estas prendas dan razones para que el visitante sonría, ría o incluso jadee de temor ante una blusa plisada de Iris Van Herpen impresa en 3D que se parece a un exoesqueleto prehistórico. El entorno es apropiadamente elegante pero no tiene el alarde publicitario de los hologramas, palos de luz o templos flotantes. En cierto modo esta exposición es similar a un concierto de un cantante a capela: no hay nada salvo la voz. Aquí, no hay nada salvo la moda. Esta es una exposición reflexiva acerca de la técnica y el oficio y de lo que significa conectar con la forma humana.

En cierto modo, esta exposición es también una crítica hacia la alfombra roja de la gala, ya no más escenario de la innovación y la belleza que los diseñadores aportan a su oficio, sino solo otra explosión de celebridad, narcisismo y extravagancia temática. La gala solía mostrar actores y músicos que usaban las más magníficas piezas de la colección de un diseñador; vestidos fascinantes que mostraban a la moda en su forma más consumada. Pero en los últimos años, la alfombra roja de la gala ha sido invadida por (el canal) E! y se ha convertido en una competencia por la atención. ¿Quien ganó, Madonna con su desnudo trasero Givenchy que ella declaró "una declaración feminista", o Beyoncé en su enjoyado látex que sirvió como cierre de esa alfombra roja ? ¿O Kanye West en su jeans y lentes de contacto azules rasgado?

Met Gala

Bolton le pide a su audiencia desarraigarse de esas distracciones y considerar la compleja tensión entre las prendas hechas a mano y lo hecho a máquina. Nos pide reflexionar sobre el poder de la imperfección y -a la vez- del encanto de la velocidad. Celebra las maravillas de la tecnología a la vez que se atreve a apagar nuestros iPhones y vivir en el presente.

En la mitología de la moda, la alta costura es considerada como el pináculo de la industria; un arte que apunta al ajuste perfecto para un cliente individual. Su valor intrínseco siempre se ha basado en nuestra creencia en la experiencia humana y en las habilidades transmitidas a través de las generaciones. Decir que un encaje está hecho a mano o que un vestido está bordado a mano es decir que se ha trabajado sobre él. Sus imperfecciones son signos de su singularidad. El toque humano sugiere que el vestido es más que simplemente un vestido. Es parte de un diálogo continuo sobre la belleza, la emoción y el cuerpo. La ropa hecha a mano es una forma de tejer un romance que protagonizamos.

"Hecho a máquina" fue un concepto asimilable a la producción de ropa en masa, un producto sin sentimiento. Y por un tiempo, las ropas hechas a máquina carecían de carácter y creatividad. Pero la tecnología ha cambiado: un encaje hecho a máquina puede ser tan hermoso que se hace difícil argumentar a favor del costoso proceso que consume el tiempo necesario para crear con la mano. La tecnología ayuda a mover la moda hacia adelante. De hecho, las chaquetas de Chanel impresas en 3D que imitan el acolchado de la firma de sus bolsas se ven mucho más contemporáneas y vivas que uno de los trajes de la marca en lana bouclé clásica.

Pero Bolton no brinda un argumento a favor de que las máquinas puedan ahora hacer el trabajo de los seres humanos. La exposición explora esas prendas híbridas que utilizan tanto al hombre como a la máquina. Él nos obliga a cuestionar qué es lo que hace que un vestido sea digno de su precio. ¿Es el trabajo de parto? ¿Son los materiales? Algunos algoritmos? Dos vestidos del el diseñador Gareth Pugh, cuidadosamente adornados con pajitas de plástico cortadas a mano, fuerzan este punto. Uno hecho de plástico negro con pajitas reluce como un cuervo exaltado bajo las luces. El vestido construido a partir de la paja clara es casi angelical. Ambos son de una deslumbrante inventiva. Pugh ha elevado el producto más básico, producido en masa a través de la imaginación y, a la vez, del trabajo artesanal.

La exhibición es patrocinada por Apple, lo que sirve como recordatorio de cómo una tecnología sobre la que nadie siquiera debe haber soñado en una época es hoy una parte inseparable de nuestras vidas. La tecnología puede ser estéticamente placentera y también -considerando el pánico que puede generar un iPhone perdido- algo emocionalmente pesado. Los productos de Apple hacen todo tipo de cosas fantásticas. Pero hasta ahora, la moda tecnológica de avanzada no hace demasiado por nosotros. Mucha de la tecnología usable (los wearables) se siente efectista, y todavía su belleza no nos quita el aliento.

"Manus x Machina" nos muestra lo que es posible cuando abrazamos la tecnología sin renunciar totalmente a lo demás. Hay prendas hechas a mano en su totalidad, como el vestido de novia de la camelia que Lagerfeld creó para Chanel. Es hermoso, pero también es un poco demasiado; es un vestido hecho para perderse en medio de una ola de sentimentalismo.

La combinación es lo que impresiona. Las máquinas nos dejan ver el futuro concierta precisión. El toque humano nos deleita con su sublime falta de lógica. Así, un vestido impreso a chorro de tinta de Miuccia Prada de 2008 cautiva más que el encaje que imita era impresión, porque conecta a nuestro presente marcado por las computadoras con la nostalgia del pasado. En tanto, un vestido de encaje irlandés del siglo 19, hecho con mano experta, hoy parece pesado, aburrido.

La moda seguirá luchando con la tecnología mientras busca determinar la mejor manera de usarla para su provecho. En tanto, ¿qué debemos saborear del pasado y qué debemos abandonar de él? Esta exposición reflexiona sobre estas cuestiones con calma y en forma deliberada. Y Bolton no proporciona una respuesta definitiva. Pero una cosa es cierta: la respuesta está en la ropa, no en las celebridades que las usan.
Fuente: Robin Givhan / The Washington Post

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