¿Puede una película mejorar la educación en América Latina?

El aula vacía reúne a distintos directores de latinoamérica para reflejar la situación educativa de cada uno de sus países

Por Gador Manzano Especialista lider en Comunicaciones del Departamento de Relaciones externas del BID

Hay películas que te cambian la vida. O por lo menos eso dicen. Para probar la hipótesis, de forma poco experimental, pero práctica, decidí preguntar a mis amigos si había alguna película en esta categoría. La respuesta fue un rotundo “sí”.

A algunos la gran pantalla les enseñó a ser optimistas. Siempre. Aun en las situaciones más difíciles. Quién no recuerda La vida es bella de Roberto Benigni, la historia de un padre que en un campo de concentración nazi crea un mundo de fantasía para proteger la inocencia de su hijo. La lección aprendida es que lo importante no es tanto lo que pasa sino cómo lo vives.

La leyenda del indomable, con una actuación estelar de Paul Newman, nos muestra que no poseer nada puede ser bueno. Él que poco tiene que perder y puede ganar mucho. “Luke me enseñó que no hace falta demasiado para salir adelante, solo carácter”, señaló uno de mis amigos. Y añadió: “Nadie te puede derrotar sino te das por vencido”. Y una de mis encuestadas me comentó cómo cambió su forma de consumir tras ver Historias de dos ciudades.

Otras películas te salvan la vida, literalmente. Este es el caso de Thin Blue Line. La cinta mostró que Randall Dale Adams, que estaba en el corredor de la muerte, no era un asesino. Tras la película se le hizo otro juicio y salió de la cárcel.

En otras ocasiones, el cine ha hecho que empresas y gobiernos cambien sus políticas. ¿Se acuerdan de Super Size Me? Tras la película, McDonald’s dejó de vender los combos gigantescos. O Bowling for Columbine de Michael Moore, sobre la violencia con armas de fuego, que hizo que Kmart dejara de vender armas. O Una verdad incómoda, de Al Gore; uno de los documentales más taquilleros en la historia de EEUU que no solo contribuyó a que ganase el Premio Nobel de la Paz sino que hizo del cambio climático un tema atractivo.

Con todos estos antecedentes, la pregunta es: ¿se podría hacer una película que nos ayude a mejorar la educación en América Latina? La necesidad es clara, en la región casi la mitad de los jóvenes no acaba la etapa secundaria. Déjenme que lo repita de nuevo. En las aulas de América Latina no están la mitad de los jóvenes que deberían estar.

¿Sería entonces posible mostrar de forma cautivadora, no dogmática y con pasión los retos de millones de jóvenes en lugares tan diversos como San Salvador y Montevideo para acabar la escuela, y en menos de dos horas? ¿Podríamos reclutar al mejor talento de América Latina para contar una historia universal con voces locales? ¿Tendríamos compañeros de viaje para esta aventura? La respuesta, de nuevo, fue un rotundo sí. Así nació la película El aula vacía.

Gael García Bernal se convirtió en nuestro director creativo, y con él vinieron 11 fabulosos directores de cine que cuentan 10 diferentes historias desde una óptica muy personal. Por ejemplo, Pablo Fendrik, argentino y director de El ardor y La sangre brota, entiende muy bien la importancia de acabar la secundaria. Él no lo hizo, y sabe lo duro que puede ser la vida sin educación. A él le salvó el cine, su pasión, pero reconoce ser la excepción. También desde Argentina Lucrecia Martel nos habla de lo difícil que es para la escuela tradicional integrar a nuevos grupos como, por ejemplo, jóvenes indígenas.

Mariana Chenillo, desde México, retrata los obstáculos que enfrentan los jóvenes con discapacidades. En su corto Chenillo cuenta qué pasa si eres sordo en un mundo de oyentes y quieres ir a la escuela. Tras verlo, uno se queda con la duda de si el protagonista es sordo o si el sordo es el sistema escolar al no escuchar las necesidades de los jóvenes. Desde este mismo país Nicolás Pereda reflexiona sobre el costo de ir a la escuela para familias de bajos recursos sobre todo si la calidad no es buena y el valor de un título de secundaria no está claro.

La violencia, el tema que más preocupa a los ciudadanos en América Latina, tampoco se escapó de El aula vacía. Tatiana Huezo señala cómo la educación es una herramienta poderosa para prevenir la violencia. Pero la trágica paradoja es que, en algunos lugares, hasta las propias escuelas son peligrosas y eso es lo que Huezo muestra en su corto desde El Salvador. Carlos Gaviria, desde Colombia, también investiga los vínculos entre la deserción escolar, la violencia y el bullying. Y va más allá preguntándose qué rol debe jugar el sistema educativo al integrar a los jóvenes que han vivido situaciones de violencia.

En Brasil dos directores de cine Flavia Castro y Erik Rocha se preguntan si la educación está diseñada para usar los talentos innatos de los jóvenes, y como llegar a los jóvenes en riesgo a la vez que reflexionan sobre el poder de los maestros en el futuro de sus alumnos.

Desde Lima, dos cineastas peruanos, Daniel y Diego Vega se plantean si para los jóvenes tiene algún valor la educación de secundaria que reciben, o tan solo necesitan “el carton”.

Y desde Uruguay, un país donde solo un tercio de jóvenes acaba la secundaria, vemos, de la mano del cineasta Pablo Stoll, lo difícil que puede ser regresar a la escuela para retomar la enseñanza.

El aula vacía no busca cambiarte la vida, pero sí pretende poner su grano de arena para que la deserción escolar esté en la agenda pública de los gobiernos y la sociedad civil. Busca que millones de jóvenes tengan una mejor educación y pasen más tiempo en las aulas aprendiendo, formándose. Déjenme que me corrija: El aula vacía sí busca cambiar la vida. ¿Nos ayudas?


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