Punta del Este se ríe de Hitchcock

La obra Los 39 escalones parodia la película del director de cine de suspenso
El nombre de Alfred Hitchcock, el maestro del cine de suspenso, no es uno que se suela escuchar en verano. Sin embargo, el director encontró la forma de colarse entre las actividades de los veraneantes de Punta del Este de una forma inusual: sobre las tablas. En el Teatro Nogaró se presenta Los 39 escalones, una obra de comedia que parodia el thriller del director inglés de 1935 basado en la novela de aventura escrita por John Buchan.

Con dirección de Manuel González Gil y Sebastián Irigo, la obra se basa en una adaptación del dramaturgo Patrick Barlow. Los 39 escalones se propone replicar la película de una manera minimalista, con solo algunos objetos conformando la escenografía y cuatro actores que interpretan múltiples papeles. Esa tarea recae en los argentinos Adrián Navarro, Osqui Guzmán y Andrés Rovetto, que son acompañados por la actriz y comediante uruguaya Luciana Acuña.

La tarea del elenco es demandante. Navarro toma el papel protagónico de Richard Hannay, quien se ve erróneamente acusado de un asesinato que lo llevará a adentrarse en una conspiración de espionaje. Por su parte, a Acuña le tocan todos los papeles femeninos del filme de Hitchock, mientras que Guzmán y Rovetto conforman un dúo que va transformándose en una galería de personajes secundarios encargados de proveer la mayoría de las risas en la audiencia.

Porque aunque la figura del director de Psicosis –filme que en la obra también cuenta con un guiño– suela verse con seriedad, la puesta de escena de Los 39 escalones tiene el fin de entretener escena a escena sin importar cómo lo haga. Aunque en un principio las actuaciones (de comportamientos y acentos exagerados, dignos de los doblajes de películas en español neutro) puedan resultar excedidas, basta con unos pocos diálogos para entender que la obra se trata de un juego.

Minimalismo irreverente

Con cajones que hacen de compartimientos de tren, marcos sueltos que funcionan de ventanas o un actor arrojado en el piso con una manta verde interpretando a un pantano, Los 39 escalones hace un uso perspicaz y simpático de los elementos en el escenario para completar una narración que atraviesa una casa, un teatro, un puente, un tren y una fiesta que construyen una persecución que no se limita al escenario.

Conscientes de un minimalismo escénico que es reforzado por un activo despliegue de sonidos y luces, en varios momentos los actores rompen la cuarta pared o se salen del guión a propósito para generar complicidad con la audiencia. Al tratarse de una sala pequeña, el Teatro Nogaró potencia esos recursos.

Tal vez el mayor desacierto de la obra sea su duración, que en casi dos horas podría prescindir de algunos diálogos reiterativos. Por momentos, esas repeticiones –que van agolpándose a medida que la audiencia conoce más a los personajes– funcionan, pero otros recursos que mezclan un efecto de sonido determinado con una palabra clave como "asesinato", van perdiendo su efecto en la audiencia.
Sin duda que el mayor disfrute de esta propuesta de teatro en verano son los actores. Mientras que Navarro y Acuña utilizan una simpatía burlona con sus papeles de galán y dama en peligro, Guzmán y Rovetto se permiten exagerar al extremo sus roles secundarios, cambiando constamente sus voces y movimientos al recorrer el escenario. Las escenas en que los cuatro actores están sobre el escenario son los mejores logradas, ya sea mientras andan en un auto o durante el clímax final.

Los 39 escalones es una apuesta creativa y entretenida para quienes disfruten del teatro de comedia sin grandes pretensiones. Al presentarse como una parodia, la obra se toma la libertad de desmembrar un thriller de suspenso y convertirlo en un juego de gato y ratón en donde los animales corren en círculos y se tambalean para el goce de la audiencia expectante.

Como alternativa veraniega, es una opción ideal para desconectarse por un par de horas de cualquier pantalla luminosa.

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