Que el espía no se olvide

El "JB" estadounidense es de mejor calidad que el británico; tiene un
componente humano que le da una dimensión real: el dolor
Vi las cinco películas de la saga Bourne, el James Bond americano. Incluso la última, Jason Bourne, que se estrena este mes en Montevideo. Al contrario de lo que sucede con frecuencia, se trata de un universo muy superior al de su similar británico, el del agente 007.

El personaje se presenta a los espectadores en la primera entrega de la saga, como un cuerpo flotando en el mar, con un par de balas encima, pero vivo. Desde el principio el protagonista lleva una carga que lo acompañará siempre: el dolor de ser quien es, un asesino a sueldo de una organización de malvados.

Es verdad que, durante las primeras películas, Jason Bourne no sabe ni siquiera su nombre, pero le queda claro que tiene una serie de cualidades que tienen que ver con dos cosas: matar y sobrevivir.

Y eso es lo que ha hecho durante toda su existencia cinematográfica, mientras intenta averiguar cómo empezó todo, por qué está metido en este lío que no tiene ningún sentido moral.

Y esa es la gran virtud de la saga. En ningún momento importa en qué problema se metió Estados Unidos sino que la lucha es interna. La CIA trata de tapar sus propios pecados intentando asesinar a los suyos, especialmente al protagonista, pero todos los recursos de la agencia, que en la ficción son casi mágicos, no alcanzan para acabar con su mejor creación.

Comparado con el agente inglés, que todo lo hace con alegría –matar, seducir, disfrutar de la buena vida– el espía estadounidense solo pretende sobrevivir para averiguar quién es e incluso trata de enmendar lo poco que puede de su vida de atrocidades cometidas por un supuesto amor a la patria, que resultó ser un engaño.

Con esas premisas se mueve toda la serie, con la posible excepción de la penúltima entrega, en la que no está Bourne sino otro supersoldado de una serie fabricada por la agencia. La CIA asesina a todos sus colegas de generación menos a él, quien escapa por un pelo durante toda la película.

Ahora, en esta quinta entrega, Bourne vuelve a su papel de héroe torturado por una conciencia que afloró cuando perdió la memoria, y en el camino de acción trepidante recobra el horror de su existencia.

La artesanía en la que está envuelta la trama es excelente. Desde la primera entrega, cada una de las escenas de acción tiene siempre una pizca de realidad, la que hace que, aún en los momentos más frenéticos, se sienta la atrocidad de lo que está pasando.

En esta última entrega hay una escena muy lateral pero muy significativa. Uno de los asesinos es contactado por la CIA para terminar con Bourne. Atiende el celular en su casa y dice que todavía no terminó el trabajo que le encomendaron. Escucha lo que le dicen del otro lado y asiente. Corta la comunicación y va hasta el baño, donde hay un tipo malherido en la bañera, con cara de pánico. Le pega dos tiros y va a ocuparse de Bourne.

Es un toque de realismo muy interesante, ya que una de las funciones esenciales de la CIA es averiguar, obtener información de los supuestos enemigos de Estados Unidos. Y es público y notorio que los métodos de los que se vale la agencia para recabar esa información no respetan las buenas intenciones que reflejan los líderes en sus discursos.

Ese tipo de detalles son los que hacen que la saga se sienta con una intensidad que nunca tuvieron las películas de James Bond, que son un entretenimiento más sano, si se quiere, están más cerca de la cultura de las historietas, con definiciones claras del bien y del mal y el sobreentendido de que toda la sangre es tinta.

La buena noticia es que vuelve Bourne, vuelve Matt Damon y el director Paul Greengrass. Tal vez las mejores secuencias de la saga estén en las primeras tres entregas, pero vale la pena seguir a este porfiado individuo que sobrevive con una dignidad sobrenatural a un destino que le reservó tanta crueldad.

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