¿Qué le pasa a Hillary Clinton?

Candidata está lejos de sectores medios; “americano de a pie” le da la espalda
Cuando hace un año Hillary Clinton lanzó su campaña presidencial en un video de cuidada factura, todos los principales diarios, los analistas y comentaristas de Estados Unidos coincidieron en vaticinar que sería "la interna demócrata menos disputada en la historia reciente". Y en efecto, los prospectos demócratas de mayor peso desistieron inmediatamente de hacer lo propio para abrirle paso a quien sería la primera mujer nominada por el partido para postular a la Casa Blanca.

Todos entendieron que era "el turno de Hillary", tras su peliagudo revés frente a Barack Obama en las primarias de 2008. Y además, nadie estaba dispuesto a enfrascarse en una larga contienda contra la formidable maquinaria política de los Clinton, que ya desde el lanzamiento de su candidatura anunciaba que recaudaría US$ 2.500 millones a través de sus "super PACs" (comités de financiamiento de campaña), para una candidata que concitaba el apoyo de todo el establishment demócrata, y que en ese entonces —según informaba The New York Times— acaparaba el 81% de la intención de voto en el partido.

Hasta el vicepresidente, Joe Biden, veterano peso pesado del aparato demócrata, renunció a sus longevas aspiraciones presidenciales. Hillary era invencible. Sin embargo, el mensaje central de aquel recordado video denotaba, sino una preocupación, al menos una intención de captar un electorado que seguramente no le mediría del todo bien en sus encuestas de preparación previas al lanzamiento.

"Los americanos de a pie necesitan un defensor. Y yo quiero ser esa defensora. Por eso me estoy lanzando al ruedo para ganarme tu voto. Porque este es tu momento", dice Hillary, en un claro guiño a la clase trabajadora, que nunca la ha visto con gran simpatía.

Aquello en su momento pasó desapercibido. Pero apenas nueve meses después, un desconocido político de Vermont de 75 años de edad, sin aparato, apoyos partidarios ni dinero, quedaba a solo cuatro votos de ella en la primera contienda de las primarias: el emblemático "Caucus" de Iowa. Sería solo el comienzo de una pesadilla para Hillary llamada Bernie Sanders.

A Iowa le siguió una verdadera paliza en las primarias de Nuevo Hampshire, donde Sanders le sacó más de 20 puntos de ventaja y se convirtió en un fenómeno que atraía a jóvenes estudiantes, trabajadores, votantes independientes y desencantados de la política en general. "El americano de a pie" al que aludía Hillary en su mensaje de lanzamiento de campaña.

Pronto, el movimiento de base que Sanders generó acuñó la frase popular "feel the Bernie" (siente al Bernie), en un juego de palabras con el dicho coloquial "fell the burn" (siente el ardor), que alude a cualquier tipo de iniciación, ruptura o sufrimiento pasajero destinado a deparar algo mejor.
Hillary se recuperó ni bien la interna empezó a viajar a los estados del sur, donde el voto negro, que la apoya en forma abrumadora, y el aparato del partido juegan un papel determinante en las primarias demócratas. Pero Bernie siguió dando batalla en el norte y en el medio oeste; y entre el 26 de marzo y el 5 de abril, le asestó siete humillantes derrotas consecutivas desde Idaho hasta Wyoming.

De pronto, el veterano socialista declarado (con todas las connotaciones que el sólo término acarrea para los votantes norteamericanos), un completo desconocido, venido de un pequeño estado de Nueva Inglaterra, que entre sus proezas contaba con haber pasado su luna de miel en la Unión Soviética, le estaba aguando la fiesta a la gran favorita, a la hasta hace poco "invencible" exprimera dama, exsenadora, exsecretaria de Estado y un símbolo del establishment demócrata.

De todos modos, es un casi hecho consumado que Hillary se alzará con la nominación de su partido. Sobre todo, porque nada menos que un tercio de los delegados que se necesitan para ganar los pone el partido; y se trata de "agentes libres", que no responden a la decisión de las urnas. Responden justamente a los designios del Partido Demócrata. Son los famosos superdelegados, de los cuales 521 apoyan a Hillary, y solo 41 a Sanders.

Por eso desde hace ya unos meses, varios desde tiendas demócratas le vienen diciendo a Sanders que se retire y deje de hacerle sombra a quien será la segura candidata para enfrentar a Donald Trump. Pero el socialista insiste en que él sigue hasta la convención de Filadelfia, y no se baja.
El martes pasado se disputaron las primarias en Kentucky y en Oregon. En el primero, Hillary se impuso por unas pocas décimas, y ambos candidatos tuvieron que repartirse los delegados a partes iguales. Pero en Oregon Sanders obtuvo una clara victoria y se alzó con la mayoría de los delegados, ubicándose a menos de 300 de Hillary en el total (sin contar los superdelegados).

Tal fue el revés, que Hillary ni apareció; mientras Sanders daba un encendido discurso ante sus seguidores que lo vivaban entusiastas a cada frase. Y promete seguir hasta el final, con lo que continuará horadando la imagen electoral de la exsecretaria de Estado.

Y para rematar una semana para el olvido, el jueves se difundió una nueva ronda de encuestas nacionales donde, por primera vez, Trump la supera en la intención de voto para las generales de noviembre.

¿Qué le está pasando a Hillary?
Básicamente parece tener dos debilidades como candidata, que además ambas están íntimamente ligadas: Por un lado un problema de credibilidad; encuesta tras encuesta, la gente dice que "no le cree a Hillary". Y por el otro, ha llegado a esta elección como representante (y de hecho, como emblema) de un establishment en franco desprestigio. Las clases medias y los sectores populares parecen hartos de la forma de hacer política en Washington, y en estas primarias se han inclinado por Trump y Sanders.
Lo que le está pasando a Hillary, entonces, es que "el americano de a pie", a cuyo apoyo apelaba en aquel primer mensaje de campaña, le está hoy dando la espalda.

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