¿Qué significa estar de acuerdo con Trump?

El desafío para los medios de comunicación debe ser asegurarse de no copiar la actitud de hostilidad de Trump.

Por Fareed Zakaria

Luego de su riña con México, después de la prohibición de viajar, esta semana Donald Trump hizo algo que me sorprendió: puso en marcha una política con la cual estoy de acuerdo. Colocó un chequeo inteligente en cualquier regulación federal proliferante. Su acción ejecutiva requiere que cualquier departamento que desee añadir una nueva regulación, elimine dos existentes. Podría parecer efectista, pero el gobierno británico adoptó justamente esta regla “una nueva, dos fuera”, en 2012 y ha funcionado bien. De hecho, mientras encuentro la mayor parte de la visión del mundo de Trump alarmante, estoy de acuerdo en general con algunas partes importantes de su programa: la reforma de impuestos, la inversión en infraestructura, la desregulación y la reforma del servicio civil. Sin embargo, la pregunta más amplia que me pregunto constantemente es: ¿acaso Donald Trump querrá que alguien como yo esté de acuerdo con él?

La Casa Blanca de Trump ha decidido que la mejor manera de lidiar con cualquier institución o grupo que podría interponerse en su camino es intentar deslegitimarlo, sin descanso. Esto ha llevado a una estrategia feroz de ataque hacia los medios de comunicación, que ahora el presidente dice que es “son el partido de oposición”. Su estratega principal, Stephen Bannon, urge a los medios a “mantenerse callados y simplemente escuchar por un tiempo”. Sean Hannity, el anfitrión de Fox News, que se ha convertido en un vocero no oficial para la Casa Blanca, describe a los medios de comunicación como: “un montón de millonarios pagados en exceso, fuera de foco y perezosos, que no poseen nada sino desprecio hacia las personas que hacen que este país sea grandioso”.

A esta altura, uno podría darse cuenta que, si escuchamos a Estados Unidos, casi 3 millones más de estadounidenses votaron a Hillary Clinton que a Trump (que recibió una parte del voto popular que fue menor a la de Mitt Romney, de hecho menor que la mayoría de los perdedores de las elecciones presidenciales recientes). Y en cuanto a cuál de estos grupos hace que Estados Unidos sea grandioso, no estoy seguro acerca de cuál criterio utilizar. No obstante, si está generando riqueza y contribuyendo con el PIB, no está ni cerca. De acuerdo a la Institución Brookings, los 500 condados ganados por Clinton produjeron el 64% de la producción económica estadounidense, mientras los 2,600 condados ganados por Trump produjeron solo el 36 % del PIB. Utilizando cualquier medida económica (el empleo, las nuevas empresas, la innovación), las áreas que tienen el puntaje más alto votaron fuertemente contra Trump.

Las elites urbanas más malignas podrán estar alejadas de la realidad del resto del país pero, aún así, pagan sus cuentas. Algunos años atrás, The Economist comparó cuánto contribuía cada estado de Estados Unidos con los fondos federales contra los fondos que ellos recibían de Washington. El patrón básico es simple: son los estados azules, que votaron contra Trump en el 2016, que financian los estados rojos que lo votaron. Desde 1990 hasta 2009, excluyendo a Maine (que dividió sus votos entre los dos candidatos), los estados de Clinton pagaron colectivamente US$ 2,4 billones más en impuestos federales que lo que recibieron en el gasto federal, mientras los estados de Trump conjuntamente recibieron US$ 1,3 billones más que lo que pagaron.

Sin embargo, esta no es la manera en la cual pienso que debemos mirar a Estados Unidos. Es un país, y diferentes partes y personas contribuyen de diversas maneras. Estamos viviendo en tiempos en los cuales la economía y la tecnología nos separan; algunas personas y lugares prosperan mientras otros languidecen. La meta debería ser utilizar la política como un mecanismo para juntarnos a través de tanto la política pública como el discurso público. La verdad es que no hay estadounidenses verdaderos y falsos (a pesar de que sí existen las noticias verdaderas y falsas).

La mayoría de los presidentes comienzan su ejercicio intentando llegar a sus oponentes políticos, señalando que desean representar a aquellos que no lo votaron así como a aquellos que sí lo hicieron, y generalmente tratando de unir al país. Trump no ha realizado casi ningún esfuerzo en este ámbito; simplemente afirma que el país estaba dividido antes de que fuera electo y por tanto, se absolvió a sí mismo de cualquier responsabilidad por unificarlo. En su ejercicio, ha atacado despiadadamente a cualquiera que se anime a enfrentarse con él, ya sean senadores, primeros ministros o estudiantes que protestan. Podría ser una buena manera de jugar con su base pero es una manera terrible de conducir el país.

El desafío para los medios de comunicación debe ser asegurarse que no copiemos la actitud de hostilidad de Trump. No podemos absorber y reflejar esa negatividad. No somos la oposición. Somos una institución cívica, explícitamente protegida por la Constitución, destinada a exigir al gobierno que rinda cuentas y provea información real a la ciudadanía. Espero ser capaz de hacer esto. A lo largo del camino, cuando tenga que hacerlo, disentiré vigorosamente con Donald Trump. No obstante, igualmente importante, cuando esté justificado, sin importar si le guste o no, estaré de acuerdo con él.


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