Quién necesita Fuerzas Armadas

La muerte de cuatro pilotos militares en cuatro días renueva viejas preguntas

El helicóptero UH-1H, caída en Carrasco el martes 16 a costa de la vida de dos pilotos, es uno de los aparatos más usados del mundo, una suerte de Ford A del aire, que todos conocen al menos por el cine y la televisión, volando sobre campos de arroz vietnamitas al son de Paint it black. El legendario "Huey" ha servido para todo en todas partes del mundo, inclusive en Uruguay, pero ya está viejo y gastado.

El avión A-37 Dragonfly, como el que usaban los dos pilotos muertos en Durazno el viernes 12, es un pequeño jet que los estadounidenses desarrollaron en la década de 1960 para atacar a la guerrilla vietnamita. La Fuerza Aérea ha perdido algunos en accidentes mortales y otros se han gastado. No es un avión de combate caro, rápido y repleto de electrónica, sino un merodeador lento y con armas ligeras, desde ametralladoras a cohetes y bombas, que ataca como quien juega al ping-pong.

La Fuerza Aérea y la Armada de Uruguay cuentan con personal poco motivado, entrenamiento dudoso y equipos desvencijados, salvo excepciones minúsculas, como el helicóptero Dauphin. Son fuerzas prácticamente testimoniales. El Ejército, en tanto, gracias a las misiones de paz en el exterior, ha logrado rejuvenecer parcialmente sus vehículos blindados de transporte de personal e incorporó el fusil de asalto austríaco Steyr AUG, uno de los más modernos del mundo.

El gasto militar en Uruguay cae sin pausa desde hace más de 30 años, cuando terminó la dictadura, y los efectivos se redujeron alrededor de 50%.

En ciertos ámbitos se discute en voz baja si el país necesita Fuerzas Armadas o sólo una guardia nacional o fuerzas policiales especializadas. En realidad, parecería más adecuado definir primero qué funciones requiere el Estado, y luego el cuerpo que las cumplirá y el material que necesitará. Así, y admitiendo que un debate sobre este asunto puede resultar interminable, es una posibilidad cierta que Uruguay hoy demande más funciones de seguridad aérea y naval, menos ejército y más policía especializada.

Los Dragonfly A-37 como los biturbohélices argentinos Pucará fueron desarrollados para enfrentar una guerrilla rural pobremente armada. Paradoja: Uruguay los compró cuando la guerrilla en su territorio, que fue urbana y casi nada rural, ya había sido derrotada.

Ahora Uruguay más bien necesita helicópteros modernos para patrulla, rescate, transporte sanitario y otros servicios urgentes, más aviones de transporte y un puñado de cazas sencillos aunque rápidos que puedan interceptar vuelos clandestinos en la frontera terrestre o en el mar. La Fuerza Aérea ha mejorado la cobertura radar en el norte. Pero los A-37 y los Pucará, suponiendo que puedan volar, son demasiado lentos y simples para detectar y alcanzar –y eventualmente derribar– a un avión que introduzca drogas, contrabando o personas desde los países vecinos, o para disuadir a un navío a 350 kilómetros de la costa.

La Fuerza Aérea ha soñado mucho tiempo con el F-5 Freedom Fighter, un "caza para pobres" que dio excelentes resultados desde Brasil a Suiza, o con similares contemporáneos, como el ruso Yak 130, el brasileño Embraer AMX, el italiano M-346 o el chino L-15.

Mientras tanto la frontera marítima es un enorme espacio librado a su suerte. Las aguas uruguayas se extienden hasta 200 millas náuticas de la costa, unos 370 kilómetros. Ese territorio suma unos 120.000 kilómetros cuadrados, que equivalen a casi el 70% de la superficie terrestre del país, y en él hay recursos pesqueros y yacimientos de gas y tal vez petróleo. El tráfico marítimo es cada vez más intenso y la pesca industrial clandestina campea sin riesgo. Un barco que naufrague o una plataforma petrolera que se incendie deberán encomendarse a Dios y a naves de paso. El brazo del Estado no llega hasta allí.

La Armada está en bancarrota, no sólo por su vieja colección de buques, su escaso adiestramiento y el presupuesto ceñido, sino también por los escándalos de corrupción que en los últimos años hundieron su moral. Debe ser reedificada casi por completo: más dinero, más entrenamiento, nuevos radares costeros, nuevos helicópteros y aviones y nuevos buques de patrulla.

Necesita al menos tres patrulleras oceánicas OPV (offshore patrolvessel), barcos modernos que cumplen a bajo costo múltiples tareas, no sólo militares, y permanecen un mes en alta mar. Pero sólo ese equipo, las tres OPV, cuesta más de 200 millones de dólares.

En este y otros asuntos públicos es preciso redefinir tareas, personas y herramientas y asumir los costos.


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