Quién no quiere ser presidente

El cine y la TV de Estados Unidos han sido prolíficos en ficciones sobre el poder
Por Eduardo Espina, especial para El Observador

Samuel Arthur Treschin, Constance Payton, Mackenzie Allen, Fitzgerald Grant III, Standrich Dale Gilchrist, Josiah Bartlet, Frank Underwood, Tom Kirkman. ¿Reconoce estos nombres? Todos han sido presidentes de Estados Unidos en algún momento, aunque no en la vida real. Son presidentes ficticios que fueron interpretados en series televisivas por figuras prestigiosas del entretenimiento: George C. Scott (ganador del Oscar en 1970 como Mejor actor por Patton); Alfre Woodard (nominada en 1984 como Mejor actriz secundaria por Cross Creek); Geena Davies (ganadora del Oscar en 1988 como Mejor actriz de reparto por El turista accidental); Tony Goldwyn; Bill Pullman (quien también fue presidente en la película Día de la Independencia); Martin Sheen (protagonista de uno de los clásicos del cine Apocalypse Now); Kevin Spacey (ganador del Oscar en 1999 por Belleza americana), y Kiefer Sutherland, respectivamente.

La industria del espectáculo con cuarteles de operación en Hollywood, California, ha encontrado en lo que sucede a miles de kilómetros de distancia, en la señorial residencia ubicada en Avenida Pennsylvania 1600, una fuente de inspiración para algunos de los mejores libretos que se han escrito en la historia de la televisión. Algo de sinonimia guía la cuestión de fondo: para ser presidente de EEUU hay que ser inteligente (o eso al menos el cargo exige), y para escribir sobre este en términos de ficción también se necesita hacer pensar bien a la imaginación. Quizá por eso, por tratarse de libretos por lo general muy bien escritos y porque el personaje en cuestión no es un cualquiera, sino el hombre más poderoso del mundo, es que actores de primer rango, que han hecho su fama en cine, deciden pasar a formar parte de un elenco televisivo durante más de una temporada. Además, encarnan a alguien con patente de éxito, pues son raros los casos de series que presenten al presidente estadounidense como personaje principal en situación de fracaso.

La serie State of Affairs, la cual, contrario a la opinión de la mayoría de los críticos, me pareció muy buena y con una trama argumental de gran originalidad, y en la cual aparecía la primera mujer negra presidente, solo duró 13 capítulos al aire en la temporada 2013-2014, seguramente porque el público que la seguía con lealtad nunca logró incrementarse y los ratings estuvieron a nivel del piso. Eso no fue obstáculo para que una audiencia fiel le siguiera todos los lunes de noche y luchara sin éxito para que fuera mantenida en la programación. Precisamente, una de las características de la "series presidenciales", es la condición de culto que algunas alcanzan, generando una teleplatea adicta a las peripecias del hombre que ocupa la Casa Blanca, y que en la mayoría de los casos es tan humano como todos nosotros.

La industria televisiva, tal vez por exceso de respeto al cargo en cuestión, no había involucrado a la figura presidencial con regularidad en series o miniseries sino recién hasta la década de 1980. Luego de la debacle de Richard Nixon, la figura del mandatario perdió el aura de semisacralidad que tenía, por lo que el cine y la televisión sintieron que no estaban profanando nada, ya que nada sagrado había para profanar en el cargo de presidente, pues los propios políticos, no los guionistas ni productores, lo habían profanado primero.

En la década señalada, con la llegada de Ronald Reagan al poder es que comenzó la primera oleada de interés en la figura presidencial, la cual continuó aumentando, hasta tener su primer pico de interés masivo a fines de la presidencia de Bill Clinton, cuando en 1999 se estrenó The West Wing (El ala oeste de la Casa Blanca), la cual estuvo en el aire hasta 2006. Durante sus siete temporadas fue una lección de televisión a gran nivel. Ganó tres Globo de Oro y 26 Grammy. The West Wing fue en cierta forma una doble ficción, pues la figura del presidente Josiah Bartlet (interpretado por Sheen), no estaba basada en un presidente real sino en Andrew Shepherd, primer mandatario que Michael Douglas interpretó en la película The American President (creo que en español se llamó El presidente y Miss Wade), de 1995, en la cual, por cierto, Sheen hizo el papel de A.J. MacInerney, jefe de gabinete de la Casa Blanca. La democracia estadounidense es tan generosa con sus ciudadanos, que cualquiera puede dar un salto cualitativo en su trabajo y llegar a ser incluso presidente del país.
Designated survivor trailer

Una historia parecida es la de Tom Kirkman, quien era secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano hasta que una explosión de grandes dimensiones tiró abajo el Capitolio, acabando con la vida del presidente, de todos los integrantes del gabinete y de todos los congresistas (salvo uno). El hecho convirtió a Kirkman en el "sobreviviente designado", esto es, el mandatario elegido por las circunstancias. Después de un debut auspicioso, que ha hecho olvidar a los otros dos presidentes de turno (Frank Underwood, de House of Cards, y Donald Trump interpretándose a sí mismo) Designated Survivor, regresó esta semana a la pantalla para cumplir con las altas expectativas creadas en la primera parte de la temporada. Como en todas las series y películas que tienen al presidente estadounidense y cuya intensidad dramática depende de las fuerzas desconocidas que operan tras las bambalinas del poder, Designated Survivor basa su premisa en la conspiración organizada para minar la efectividad del mandatario.

La conspiración, ¿responde a intereses ideológicos, políticos o económicos, como en la mayoría de los casos? Todavía no lo sabemos, y seguramente deberemos esperar hasta mayo, cuando la primera temporada culmine, para saber quién o quiénes (el mal nunca actúa solo) están detrás del mayor ataque que ha sufrido la democracia estadounidense desde el 9/11, claro que este solo tiene lugar en la imaginación al servicio de la pantalla chica. Así pues, una hora por semana, una serie basada en una realidad hipotética nos hace olvidar de la realidad verídica, aunque también nos dice que el paso de la ficción a lo real puede darse con mayor facilidad de lo previsto y a la hora menos pensada.