¿Quién teme a los acuerdos comerciales?

Buena parte del partido de gobierno prefiere seguir durmiendo el letargo comercial del Mercosur, cuyos gobiernos podrían calificar para un concurso de los peores del mundo

Ya sabemos que el Plenario del FA le dijo recientemente que “no” al TISA. Y que hace ocho años el entonces canciller Reinaldo Gargano se había parado frente al presidente Tabaré Vázquez para decirle que “no” al TLC con Estados Unidos. Y que Gargano representaba a varios sectores de su fuerza política, con lo cual el tren del TLC pasó de largo y en su lugar vino un modesto TIFA, que nunca sirvió para mucho y que hoy debe estar durmiendo el sueño de los justos. Sabemos también que, en 2007, Argentina y Brasil le dijeron a Uruguay que “no” a un acuerdo bilateral con Estados Unidos, aunque en 2003 nos habían autorizado a un TLC con México (quizá allí los agarramos dormidos y se les escapó la tortuga).

Sabemos también por encuestas, que una mayoría de la opinión pública era favorable a un acuerdo con Estados Unidos y que sigue siendo favorable a este tipo de acuerdos como la Alianza para el Pacífico. Pero naturalmente, el público no vota y el que sí vota es el Plenario del FA. Plenario que carece de representatividad, incluso del electorado del propio Frente Amplio por la peculiar forma en que se conforma (mitad en representación de las “bases” y mitad en representación de los “sectores del FA”). Y las “bases”, por supuesto, se representan a sí mismas y a nadie más, distorsionando la representación de todo el Plenario. Pero el FA se ha dado esa forma de constitución y es libre de hacerlo.

Ahora se acaba de aprobar el primer acuerdo comercial multilateral en más de 20 años: el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés). Participan 12 países de América y Asia que representan el 40% de la economía mundial. Incluye a dos gigantes como Japón y Estados Unidos, a tres países latinoamericanos como Chile, México y Perú, y completan el grupo Brunéi, Nueva Zelanda, Singapur, Australia, Vietnam, Malasia y Canadá.

El TPP agarró fuerza cuando Obama consiguió autorización del Congreso para negociación rápida (fast track) y va a ayudar a reducir tarifas en bienes y servicios. Pese a que tiene muchas provisiones de cumplimiento de normas laborales de la OIT y de normas ambientales, el TPP enfrenta aún desafíos. Debe ser ratificado en los 12 países. En Estados Unidos, ya se han puesto en contra dos singulares precandidatos presidenciales como Donald Trump y Hillary Clinton, que quizá solo estén de acuerdo en oponerse al TPP. En Canadá, la elección del 19 de octubre será clave para la conformación del Parlamento que tendrá que aprobar o rechazar el acuerdo.

Nosotros no tenemos nada que temer. Nadie nos ha invitado a participar ni como observadores ni como negociadores. O sea, debe reinar tranquilidad en las filas de quienes no gustan de este tipo de acuerdos. Nadie debe expedirse si debemos o no estar ahí. Lo único preocupante, pero eso se sentirá a largo plazo, es que vamos quedando fuera de todos los acuerdos comerciales que se celebran entre los países que quieren progresar. No estamos en la Alianza para el Pacífico, más que como observadores y eso no genera problemas. Nos fuimos del TISA antes de saber de qué se trataba y de saber si podíamos incidir o no en negociaciones. Nadie nos invitó al TPP.

Pero no nos engañemos: los efectos de estar fuera de estos acuerdos no se van a sentir en los próximos meses sino en los próximos años y entonces nadie será responsable cuando veamos que nos cuesta cada vez más vender productos o servicios. Tal vez incluso nos asustemos si finalmente China entra en el TPP, como señaló Jeffrey Schott, un experto negociador americano. Porque Australia y Nueva Zelanda llegarán al mercado chino con menos barreras que nosotros.
Por ahora estamos alineados con el señor Trump y la señora Clinton, aunque no sabemos si serán finalmente los candidatos. El señor Trump porque es un extremista y la señora Clinton porque no logra explicar por qué los mails que enviaba como secretaria del Departamento de Estado estaban en su servidor privado con información “clasificada de seguridad nacional”.

Lo cierto es que buena parte del partido de gobierno prefiere seguir durmiendo el letargo comercial del Mercosur, cuyos gobiernos podrían calificar para un concurso de los peores del mundo. Para zafar de esta situación, claramente perjudicial para Uruguay, se necesita liderazgo político, empuje empresarial y recurrir al sentido común. ¿Lo conseguiremos o seguiremos temiendo a los acuerdos comerciales?


Comentarios

Acerca del autor