Reforma electoral de 1996: Instauró el mano a mano

Una reforma constitucional con el fin de modificar el sistema electoral fue aprobada por la ciudadanía. Atrás quedó la ley de lemas

El exdiputado colorado Daniel García Pintos es uno de los pocos políticos –en este caso, ya retirado– que se define como "de derecha". Y esa sinceridad también la exhibió cuando tuvo que explicar claramente el motivo de la reforma electoral de 1996 que, entre otras cosas, instauró el sistema de segunda vuelta. "Lo hicimos para parar al Frente Amplio", dijo verbalizando públicamente lo que, con matices, casi todos los dirigentes admitían en reserva.

Aquella reforma finalmente fue aprobada un 8 de diciembre y, como –efectivamente– lo que se jugaba era la posibilidad de que la izquierda llegara por primera vez al poder, la campaña fue especialmente agresiva e intensa, a tono con la importancia de lo que se estaba decidiendo.

El caso era que todas las señales indicaban, como finalmente ocurrió, que el Frente Amplio se convertiría en la fuerza más votada en los comicios de 1999. Con la Constitución vigente hasta ese 8 de diciembre de 1996, Vázquez se hubiera convertido en presidente cinco años antes de la fecha que la historia le deparaba.

Pero la reforma aprobada lo obligó a participar de una segunda vuelta en la que blancos y colorados juntaron sus votos para ungir a Jorge Batlle como presidente.

Aquella reforma, que hoy rige las elecciones uruguayas, cambió drásticamente las reglas del juego obligando a un balotaje que en principio le sirvió a los partidos tradicionales para seguir compartiendo el poder, pero que luego se volvió ineficaz para detener el ascenso de la izquierda.

Las exhortaciones a votar por el Sí a la reforma de parte de blancos y colorados eran, en ocasiones, dramáticas. El entonces líder del Partido Nacional, Alberto Volonté, comparó la disyuntiva con la que enfrentó a los partidarios de la ley de Caducidad y a aquellos que intentaron tumbarla. "Ahora todos nosotros vamos a tener que resolver un tema en el que le va la vida al país. Si el 8 de diciembre nos equivocamos, habremos perdido los uruguayos, nuestros hijos, nietos y hasta bisnietos", alertó Volonté.

La propuesta fue resistida por la mayoría del Frente Amplio, con Vázquez a la cabeza, aunque contó con el respaldo de Líber Seregni y de Danilo Astori (la apretada victoria del Sí a la reforma fue estímulo para que de la izquierda se le achacara a Seregni y a Astori la culpa por haber colaborado con el retraso de la llegada del Frente Amplio al poder).

Por aquellos días la sensibilidad política estaba erizada y el senador socialista José Korzeniak acusaba a la Asociación de la Prensa del Uruguay (APU) de hacer campaña a favor del Sí y apuntaba directamente contra El Observador: "Yo he dicho, digo y seguiré diciendo que El Observador es un diario que tiene pujos racistas", advertía.

Mientras que Vázquez hablaba de una "campaña de terror" por parte de los partidos tradicionales, el constitucionalista Horacio Casinelli Muñoz decía que la reforma era "una vergüenza internacional". "Más que un híbrido, es un aborto", se quejaba.

Aquel 8 de diciembre triunfó el Sí con el 50,5 % de los votos; luego, en las elecciones nacionales de 1999, la izquierda llegó primero, pero en el balotaje se juntaron blancos y colorados, y le dieron el triunfo a Batlle, quien había llegado segundo por delante de Luis Alberto Lacalle.

Después, Batlle tuvo que tragarse la crisis de 2002, que apuró la llegada al gobierno del Frente Amplio en las elecciones de 2004. ¿Qué hubiera ocurrido si le tocaba a la izquierda encarar aquella circunstancia que puso al país en un atolladero histórico? ¿Hubiera sobrevivido a la emergencia económica?

Nunca se sabrá. Lo que se sabe es que, para algunos, aquella reforma ya tiene grietas que consideran preciso arreglar. En el Partido Nacional se afirma que la separación de los comicios nacionales y de los departamentales sume al país en un larguísimo año electoral. También dicen que las elecciones internas salen carísimas y los obliga a tener una sola candidatura.

Por su lado, el Frente Amplio quiere destronar el balotaje y los partidos tradicionales lo acusan de propiciar ese cambio movido por el miedo de perder en una próxima y eventual segunda vuelta.

Veinte años después de aquel 8 de diciembre de 1996, la Constitución sigue siendo ese reservorio en el que buena parte de los políticos depositan sus esperanzas y también sus frustraciones.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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