"Reglas fiscales ayudan a enfocar discusión de las finanzas públicas"

El economista jefe del Banco Mundial para América Latina y Caribe respondió sobre los retos que enfrenta la región y la economía uruguaya en la actualidad
Es el primer uruguayo en llegar a la silla de economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe. El economista Carlos Végh ha pasado más de la mitad de su vida en el extranjero cursando estudios, dictando clases en universidades y trabajando para organismo internacionales como el FMI. Su apellido tiene un larga vocación por la disciplina económica. Es hijo del recientemente fallecido Alejandro Végh Villegas, un ingeniero que el periodista Miguel Arregui calificó como el "príncipe ilustrado de la dictadura" por la magnitud de las reformas que propició en la historia económica reciente. En 1974 liberó el mercado cambiario luego de 43 años de controles, lo mismo hizo con algunos precios de la canasta de consumo, alquiler de vivienda y abolió cuotas de importación. Carlos dice que admiraba de su padre las "ideas claras y prácticas". Su abuelo, Carlos Végh Garzón, fue uno de los primeros gerentes generales de ANCAP, ministro de Hacienda de Óscar Gestido y presidente del Banco República.

A tres meses de asumir en el Banco Mundial, El Observador se contactó con Végh –radicado en Washington– para dialogar sobre algunos retos que enfrenta el país como el manejo de las cuentas públicas, donde ve con buenos ojos apelar a una regla fiscal para ahorrar en las épocas de vacas gordas. También consideró que se debería considerar elevar la edad de retiro del sistema previsional para los trabajadores más productivos y sugiere paciencia para que los proyectos PPP (Participación Público-Privada) puedan consolidarse. Pese a sus 35 años en el exterior, dijo estar dispuesto a considerar ocupar un cargo en la función pública en Uruguay en un futuro.

¿Cuánto incidió su padre en la decisión de estudiar economía?
Empecé estudiando agronomía, es decir, la carrera de ingeniero agrónomo. Pero cuando me tocó hacer el curso de botánica, me di cuenta que eso no era para mí. El único curso que me había gustado era uno de análisis matemático. Dejé agronomía en el segundo semestre y empecé economía en el semestre siguiente. Hablaba mucho con mi padre de economía y política, así que eso influyó mucho. Pero él quería que yo hiciera lo que más me gustara, así que trataba de mantenerse lo más objetivo posible.

¿Qué virtud admiraba de su padre en el terreno profesional?
Sus ideas claras y prácticas. Más que las cuestiones puramente técnicas, le interesaba más la economía como política pública y su relación con la tarea de gobernar. Por eso le fascinaban también la historia y la política. Él siempre decía que para ser un buen ministro o presidente bastaban un par de ideas buenas y claras. Ronald Reagan era un excelente ejemplo en el campo político internacional. Y él (por su padre), si me permiten decirlo, fue un excelente ejemplo en su primer ministerio.

¿Por qué tomó la decisión de radicarse en el exterior?
Hice mis estudios de doctorado en Estados Unidos (Chicago) y luego me dediqué a la investigación académica. Ese no es un campo que se pueda seguir en Uruguay o en muchos países de América Latina. No hay una tradición de investigación científica a nivel económico y ciertamente sería casi imposible vivir de eso. Llevo 35 años en el exterior, pero me siento tan uruguayo como el día en que me fui. Uno lleva eso en la sangre y nada ni nadie lo cambia.

¿Consideraría la posibilidad de volver a Uruguay en un futuro para desempeñarse en algún cargo público?
Sí, por supuesto. Bajo circunstancias apropiadas, lo consideraría seriamente.

¿Lo sorprendió su designación en el Banco Mundial? ¿Qué lo llevó a aceptar el cargo?

La vicepresidencia del Banco Mundial para América Latina y el Caribe tiene una larga tradición de buscar economistas jefe con un fuerte sesgo analítico que les permita enfocarse en temas relevantes para la región y, de esa forma, contribuir a un diálogo fluido y fructífero en una gran diversidad de temas relacionados con el desarrollo económico. Dada mi trayectoria académica de casi 30 años, he tenido la oportunidad de estudiar en detalle muchos de estos temas (política fiscal y monetaria, flujos de capitales, regímenes cambiarios, crecimiento, y finanzas públicas, entre otros). Por lo tanto, tenía el perfil que el Banco Mundial buscaba para el cargo. Y no dudé un segundo en aceptarlo. Es un enorme desafío y mucho trabajo, pero una gran oportunidad para tratar de contribuir al crecimiento sostenido y equitativo de la región, continuar reduciendo la pobreza, y brindar oportunidades para todas las generaciones futuras.

¿Cómo observa el desembarco en la presidencia de Donald Trump en la marcha de la economía global y regional?
Aunque es todavía muy pronto para hacer muchas predicciones, creo que algo se puede decir. En materia comercial, es claro que la incertidumbre de las políticas futuras, tanto a nivel regional como mundial, ha aumentado. Pero la reacción de la región frente a tal eventualidad ha sido muy adecuada y positiva. La región debe hacer un gran esfuerzo en aumentar el comercio intrarregional –el acercamiento de Mercosur a la Alianza del Pacífico es un excelente ejemplo– e internacional –la reanudación de las negociaciones con la Unión Europea y un posible tratado del Pacífico que incluya a China, ahora que Estados Unidos se ha retirado del TPP, son excelentes iniciativas–. En otras palabras, un alejamiento de Estados Unidos implicaría un mayor acercamiento a China y Europa. Es también difícil predecir qué pasará en materia fiscal e impositiva en Estados Unidos, aunque no veo mayores riesgos por ese lado para la región o el mundo. La "normalización" de la política monetaria (es decir, una suba de las tasas de interés en Estados Unidos) era inevitable, por lo que hubiera ocurrido de cualquier forma.

¿Es posible proyectar cuáles podrían ser los principales desafíos a los que estarán expuestas las economías de América Latina bajo la era Trump?
Un posible aumento del proteccionismo y restricciones a la migración son claramente el mayor desafío. México y las economías de América Central son las más expuestas como es de esperar. Pero, otra vez, es todo muy incierto. Y, como ya mencioné, buscar nuevos mercados dentro y fuera de la región es una excelente forma de prepararse, de comprar un "seguro", por así decirlo. El otro desafío será la suba de las tasas de política monetaria en Estados Unidos. Eso tenderá a apreciar el dólar y debilitar a las monedas de la región (y pondrá presión para que haya salida de capitales). También obligará a los bancos centrales a elegir entre subir tasas de interés (para combatir inflación y defender la moneda) o bajarlas (para estimular la economía). Pero, en general, la región está bien preparada; ya hemos visto en Brasil y Colombia, por ejemplo, cómo hay espacio monetario –es decir, la inflación ha bajado– para bajar tasas de interés y combatir fuerzas recesivas.

En la última década se dio un debate en América Latina sobre si efectivamente los países lograron aprovechar la bonanza. Hoy, algunas economías de la región como Uruguay, Argentina y Brasil enfrentan restricciones fiscales. ¿Qué evaluación hace del desempeño de Uruguay? ¿Cree oportuno o necesario replantear la necesidad de instaurar una regla fiscal?
En nuestro último informe (que se dio a conocer el 18 de abril), analizamos la política fiscal de la región en detalle en las últimas cinco décadas. Hay buenas y malas noticias. Las buenas son que antes del año 2007, sólo 10% de los países de la región tenían política fiscal contracíclica; ahora son el 45%. La mala noticia es que no hay duda de que, en su conjunto, la región ahorró poco en los tiempos de bonanza, lo que implica que los espacios fiscales se han reducido en la mayoría de los países y ahora hay que ajustar fiscalmente. Uruguay no es una excepción. En cuanto a las reglas fiscales, claramente no son una panacea; no van a producir milagros, pero ayudan –pensemos en Chile y ahora Colombia– porque enfocan la discusión de las finanzas públicas, tanto a nivel de las autoridades como de los analistas financieros, en el balance fiscal estructural que es el que importa. Por ejemplo, de poco vale golpearse el pecho en épocas buenas si uno tiene un superávit del 1% del producto cuando, ajustado por el ciclo, debería ser de 6% o 7%. Una regla estructural ayuda a ver la película con más claridad y eso, en general, conduce a mejores políticas fiscales. En particular, una regla fiscal que requiera por ejemplo un balance estructural cero obligaría a las autoridades fiscales a ahorrar en los buenos tiempos, lo que les permitiría desahorrar o pedir prestado en los malos tiempos, y de esa forma ayudar a estabilizar la economía.

La debilidad del dólar en la plaza financiera uruguaya es vista como una de las principales amenazas para la mejora de la competitividad de Uruguay por parte de los sectores productivos. ¿Qué acciones sugiere el BM para que la economía uruguaya pueda lograr tasas sostenibles de crecimiento?
En un régimen de tipo de cambio flexible, es de esperar y deseable que el tipo de cambio tenga fluctuaciones en el corto plazo para absorber diferentes shocks. Es más, en Uruguay la tendencia de largo plazo ha sido hacia la depreciación del peso (el tipo de cambio era, por ejemplo, $ 20 en el 2012 y está alrededor de $ 28 ahora). Es decir, que no tiene mucho sentido contar con el tipo de cambio como motor de crecimiento en el corto o mediano plazo. El crecimiento sostenido proviene de aumentos en la cantidad y la productividad de los factores de producción. Y la clave son las reformas estructurales, en áreas tales como infraestructura, educación, y mercados laborales.

"No tiene mucho sentido contar con el tipo de cambio como motor de crecimiento en el corto y mediano plazo", dijo Végh.

La infraestructura sigue siendo una necesidad para el desarrollo de la economía. Los proyectos de PPP en Uruguay han avanzado a paso lento. ¿Cree que debería replantearse la apuesta a esa herramienta?
Cuando existe un déficit de financiamiento y las inversiones en infraestructura (y otras áreas) son críticas, como en el Uruguay, es esencial que se aproveche al máximo el potencial del sector privado. En ese contexto, las Alianzas Público-Privadas (APP) pueden constituir una herramienta clave. Pero para ir por ese camino en forma eficiente, se requiere, entre otras cosas, de un buen marco institucional y regulatorio. La construcción de un pipeline (canal) de proyectos de largo plazo, adecuada estructuración financiera, y asignación de riesgos, entre otros. Poner en marcha toda esta ingeniería lleva tiempo. Y los países deben tomarse el tiempo para hacerlo en forma seria. Países como Chile, Colombia, y México, que están más avanzados en el financiamiento de infraestructura mediante el modelo de las APP, no lo han logrado de un día para el otro. Colombia, que cuenta más de 18 contratos bajo esta modalidad y moviliza más de US$ 14.000 millones en financiamiento comercial, empezó con estas reformas en 2010 y adjudicó los primeros proyectos a finales del 2014. En otras palabras, los PPP pueden ser una herramienta muy útil, pero requieren tiempo y eficiencia en el diseño y ejecución.

¿Qué acciones podrían provocar un shock en la actual gestión y rumbo de la educación?

Una de las claves para un crecimiento sostenido y equitativo es una fuerza laboral productiva, y para eso Uruguay debe analizar cómo dotar a los jóvenes con las habilidades que respondan a las demandas de los empleos del futuro. En este proceso Uruguay enfrenta serios desafíos; por ejemplo, solamente el 37% de los jóvenes entre 18 y 26 años ha terminado la escuela secundaria en las zonas urbanas. Esto implica cambiar la forma en cómo se organiza el sector educativo, cómo se prepara a los docentes y qué se enseña en las aulas. Aunque este es un desafío que enfrentan muchos países, por supuesto, es particularmente relevante para Uruguay dado un contexto de cambios demográficos y tecnológicos que requerirá una fuerza laboral adecuadamente capacitada, flexible, y adaptable.

El sistema previsional de Uruguay está actualmente bajo revisión. ¿Debería aprobarse una suba en la edad de retiro para darle sustentabilidad al sistema a futuro? ¿Qué tan urgente debería implementarse un cambio?
Este es otro tema que no es un desafío exclusivo para el Uruguay. En Brasil está planteada la misma discusión, por ejemplo. Como tantos otros, el sistema previsional uruguayo fue diseñado pensando en un mercado de trabajo y contexto demográfico correspondiente al siglo XX. Hace 60 años, la media de esperanza de vida en la región de América Latina era de 56 años, hoy es casi 75 años. La pregunta a formularse, como lo ha hecho el Banco Mundial en un análisis del tema demográfico en el Uruguay, es si en este nuevo contexto es razonable pensar en una sociedad donde la población trabaje unos 35 años (entre los 25 y los 60 años) y luego esté jubilada durante los restantes 30 años de vida (de acuerdo a las proyecciones al año 2100). Es importante discutir cuál es el esquema que mejor puede funcionar para la sociedad uruguaya. Tal vez pueda pensarse en ajustes progresivos, donde haya flexibilidad para aquellas personas que puedan o quieran seguir trabajando, y permitiendo que los trabajadores más productivos posterguen su edad de retiro. Es muy importante que estos temas se discutan en diferentes ámbitos y con amplia participación de diferentes sectores, lo que permitirá llegar a los consensos que tales temas requieren.

PERFIL
58 años
Casado, una hija

Végh tiene un doctorado en economía de la Universidad de Chicago y una licenciatura en economía de la American University en Washington DC y la Universidad de la República en Uruguay. Actualmente es el profesor Fred H. Sanderson de Economía Internacional en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados (SAIS, por sus siglas en inglés) de la Universidad John Hopkins e investigador asociado en la Oficina Nacional de Investigación Económica. Se desempeñó como profesor de economía y vicepresidente de Estudios Universitarios en la Universidad de California, Los Ángeles. Fue investigador del FMI y el BID. Es jefe de redacción de Economía, una publicación de la Asociación de Economía de América Latina y el Caribe.

La pasión por el ajedrez y el deporte

"Mis hobbies han cambiado mucho. Cuando era chico, jugaba mucho al fútbol como todo buen uruguayo. Luego me obsesioné con el ajedrez y jugué competitivamente tanto en Uruguay como en Estados Unidos", comenta Végh. Más tarde se volcó al tenis y recientemente corrió maratones y triatlones. "Justo antes de tomar el cargo en el Banco Mundial, había vuelto a jugar al ajedrez
–luego de casi 30 años de no tocar una pieza– pero me temo que el cargo en el banco ha liquidado mis pretensiones de una segunda carrera como ajedrecista", se lamenta.




Populares de la sección

Acerca del autor