Rodó, la reforma constitucional y la ley de Proteo

Que pensemos como los otros podría ser, apenas, cuestión de tiempo

La semana pasada escribí que José Enrique Rodó aportó de dos modos distintos a la instauración de la democracia uruguaya. Sostuve que, por un lado, contribuyó directamente al proceso democratizador cuando les dijo a sus correligionarios que no podían mantenerse en el poder sobre la base del “fraude que envilece” y de la exclusión de sus rivales. Y, por otro lado, que contribuyó indirectamente a la democratización al brindar lecciones persuasivas de tolerancia. Quiero aportar evidencia adicional a estos dos argumentos.

No habrá “paz permanente” sin instituciones incluyentes, repitió. Por eso, la reforma constitucional no podía elaborarse en una Cámara de Diputados dominada por los colorados. Debía surgir de una Asamblea Constituyente electa mediante la regla de la representación proporcional en comicios libres. Dijo en 1911: “Si queremos tener Constitución estable, si queremos evitar el peligro de que a cada cambio de situación, a cada vuelta de los vientos políticos muera una Constitución y nazca otra, para morir al día siguiente; si nos inspira pavor esa perspectiva que nos rebajaría a la inestabilidad rayana en la disolución, de que han dado triste ejemplo otros pueblos en esta misma América, hagamos de la reforma constitucional un acto que por las condiciones en que realice lleve en sí la promesa de una resistencia duradera a la veleidad de las pasiones y a la rotación de los círculos”.1

La representación proporcional era clave para asegurar la inclusión de todas las corrientes de opinión. Desde luego, de colorados y blancos, las “dos grandes colectividades en las que se divide tradicionalmente la opinión”. Pero, además, para dar cabida a las corrientes minoritarias. Menciona explícitamente tres corrientes adicionales. En primer lugar, la socialista: “esa suma de opinión obrera que, orientada en el sentido de sus reivindicaciones sociales y económicas, forma un partido naciente”. En segundo lugar, “ese núcleo de opinión católica, que ha empezado a tomar ya forma orgánica y militante, y que representa una tradición (…) poderosa, con vinculaciones profundas en las más arraigada sociedad del país”. En tercer lugar, “ese numeroso conjunto de elementos dispersos, y frecuentemente caracterizados, ya por su significación intelectual y su cultura, ya por la importancia de los intereses gremiales que representan”.

Pero además de estas soluciones concretas en el terreno de la ingeniería política, aportó insumos indirectos cuando contribuyó, junto a Carlos Vaz Ferreira, a la abolición de las tentaciones dogmáticas. Rodó no solo brindó lecciones profundas de tolerancia cuando criticó el “jacobinismo”. Además lo hizo cuando nos recordó que “el tiempo es sumo innovador”. La ley de Proteo, la ineluctabilidad del cambio, es también un argumento extraordinariamente poderoso a favor de la tolerancia. A medida que pasa el tiempo van cambiando nuestros intereses y vocaciones: “De la acción a la contemplación”; “De la contemplación a la acción”; “Del arte a la ciencia; de la ciencia al arte; del arte a las letras; de un arte a otra; de la producción a la crítica; de la ciencia a la fe religiosa”. Rodó nos invita a aceptar la ley de hierro de Proteo, a disfrutarla, y a procurar orientar la “reforma” mediante nuestra voluntad.

Rodó nos convoca a tener la valentía de revisar nuestras convicciones, especialmente las más queridas: “Trabaja, pues, sobre la convicción adquirida; relaciónala con nuevas ideas, con nuevas experiencias, con nuevas instancias de contradicción, con nuevos espectáculos del teatro del mundo. Si ella resiste y prevalece, ¿cuánto más probada no quedará su energía? (...). Pero nadie puede afirmar: ‘Esta es mi fe definitiva’; y cuando llevamos adelante ese empeño de airear y ejercitar la convicción de nuestra mente y se levanta ante nosotros una idea que no sólo se niega a subordinarse en formar alguna a aquella convicción, sino que, planteado el conflicto, las resiste y la hiere en lo íntimo de modo que no podamos escudarla, ¿qué queda por hacer sino declarar la vieja potestad vencida, y pasar a la idea nueva el cetro de nuestro pensamiento (…)?”.2

Y nos recomienda no escuchar las “voces que se oponen a la emancipación”. Ni la voz del orgullo: “¿Cuál es la más necia forma del orgullo? El orgullo de la inmovilidad”. Ni a la que te llama “apóstata, traidor”: “Esta es la canción de la nodriza para el alma que nace a la vida del pensamiento personal después de su vegetar inconsciente en el útero de una tradición o una escuela”. Ni la de la “ternura y gratitud”: “¿Es quizás un sentimiento de fidelidad el que detiene tu impulso de ser libre?”. Ni la que te advierte sobre el “temor a la soledad”: “El mar por donde se arriesgan los que dudan está lleno de naves inmóviles o errantes, sobre cuyo mástil más alto domina, (…), un triste cuervo, posado en desolante quietud…”.

Me parece obvio que aceptar que el tiempo es el “sumo innovador” implica volverse más comprensivo. Al fin de cuentas, buscar descubrir “su parte de verdad” no es más que intentar entender las convicciones que nosotros mismos podríamos llegar a tener pasado mañana. Que pensemos como los otros podría ser, apenas, cuestión de tiempo.

1 José Enrique Rodó: “La reforma constitucional”, discurso en Cámara de Diputados, 9 de diciembre de 1911, Obras completas, Madrid: Aguilar, 1967, pp. 1144-1155.

2 José Enrique Rodó: “Motivos de Proteo”, Obras completas, Madrid: Aguilar, 1967, p. 460.

Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República.

adolfogarce@gmail.com


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